Jorge Alberto Gudiño Hernández
El dilema del tranvía
03/05/2026 - 12:01 am
"Esos sentimientos suelen justificar una respuesta poco ética si alguien a quien queremos fuera a ser atropellado por un tranvía teórico".

El dilema del tranvía es un famoso experimento mental ideado por Philippa Foot en 1967. Como muchos saben, en él se busca hacer que el cuestionado se enfrente a un problema sin una solución sencilla. En su primera aparición, el problema parecía bastante simple. Se sabe que un tranvía va a pasar por unos rieles donde están amarradas cinco personas, que morirán al ser atropelladas. El sujeto del experimento está en condiciones de presionar un botón para que el tranvía cambie su curso a otra vía donde sólo está amarrada una persona, quien también moriría si el vehículo le pasa encima.
Hoy en día se cuentan con resultados considerables en torno al dilema. Se sabe, por ejemplo, que alrededor del 90 por ciento de las personas optarían porque muriera sólo una persona y no cinco. También, que la inacción podría no calificarse como culpa y sutilezas de ese tipo.
Más interesantes aún son las variables que se han ido acumulando a lo largo de los años. Las hay por decenas: en lugar de desviar al tranvía hay que aventarle a un gordo para que se atore y así se salven los cinco; se cambian las identidades de los amarrados, de forma tan que hay dos mujeres y tres hombres o cuatro ancianos y una niña que competirán contra una madre soltera y un chico con alguna discapacidad; se incluyen perros y mascotas, para que descubramos que hay quienes piensan que valen más que las vidas humanas; se les ponen nombres propios, así los dictadores compiten con los magnates y demás variantes.
Algunas suenan absurdas y otras dan pie a intensas discusiones (que es el fin último de estos ejercicios mentales). Nuestras respuestas se supone que modelan nuestro comportamiento y nuestros valores, pese a que es claro que el experimento es lo que es y, difícilmente, alguno de nosotros estará en condiciones de enfrentarse a una decisión de ese tipo.
Más allá de las variantes extremas, llama la atención cuando se incluyen los afectos. Si la madre del encuestado está amarrada en las vías (o su padre, su esposa, sus hermanos, sus hijos e, incluso, sus amigos o la chica que le gusta y no le ha hecho caso), casi no hay espacio para la duda: prefieren salvar a alguien a quien quieren que a varias personas. Ni hablar, así es como funcionamos y eso no está del todo mal (se pueden explorar razones tanto antropológicas como desde la biología para justificar esa clase de comportamiento: lo que nos importa vale más que lo que no; quien nos importa vale mucho más).
Hace tiempo, un gran amigo me confesó que él había acordado con su madre que, en el caso de ser llevado a la cárcel tras haber cometido un delito, ella no debería usar su poder o influencia para sacarlo. Él le respondió que haría lo mismo en el caso de que quien cayera presa fuera ella. Eso, siempre y cuando, en efecto, hubieran cometido un delito. La noción de civilidad y de justicia se anteponía a sus afectos (al menos, de forma teórica, pues nunca acabaron en la cárcel). Fuera de ellos, lo más probable es que el resto de nosotros opte por hacer hasta lo imposible por salvar a los suyos de condenas de ese tipo.
Pero esto sólo opera cuando hay una relación de por medio: afecto, entusiasmo, amor o amistad. Esos sentimientos suelen justificar una respuesta poco ética ante un problema (real o imaginario) en el que alguien a quien queremos vaya a ser atropellado por un tranvía teórico o esté en riesgo de acabar en la cárcel.
De ahí que no pueda explicarse a cabalidad, al menos no desde la ética o la deontología, cuando alguien decide defender a otro sin que medien esos tipos de vínculos. Salvo que, claro está, haya algo más en riego en esa ecuación.
Sigamos pensando en tranvías imposibles, pero no nos relajemos. Éstos también pueden descarrilarse.
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