Un Quijote en Tenochtitlán
Juan Carlos Monedero
Cuando la democracia abandona al pueblo: una clase sobre política
18/06/2026 - 12:03 am
"La paradoja es que las derechas hacen todas las trampas posibles mientras la izquierda es la única que cree en la democracia liberal".
A Taty Almeida, madre de la Plaza de Mayo
Cuando se miran los discursos incendiarios de Abelardo de la Espriella en Colombia, de Ricardo Salinas Pliego en México, de Javier Milei en Argentina, de Nayib Bukele en El Salvador, de José Antonio Kast en Chile, de la familia Bolsonaro en Brasil o las extremas derechas españolas, queda claro que dan por amortizada la democracia parlamentaria. Dejan claro que les molesta y que les sobra. Nunca han aceptado perder las elecciones, pero ahora se han quitado los complejos.
Estas derechas amenazan a sus adversarios políticos e, incluso, a sus propios disidentes, señalan y estigmatizan a la izquierda en los medios y redes, los acusan y condenan con jueces prevaricadores, los inhabilitan de sus cargos públicos, los meten sin pruebas en cárceles de alta seguridad, les privatizan la sanidad, la educación, el agua, le entregan la vivienda a multinacionales y plataformas, persiguen a las familias de los líderes de izquierda o simplemente progresistas, limitan las manifestaciones y huelgas, persiguen a los sindicatos, se apoyan en EU para perseguir adversarios y ahora prometen con mandar al paro a una parte importante de la fuerza laboral por el uso de la Inteligencia Artificial.
Los pueblos que perdieron gobiernos progresistas que sacaron a millones de personas de la pobreza y devolvieron la dignidad a los sectores populares y a las clases medias, no están dispuestos a seguir perdiendo derechos y se han echado a las calles en Bolivia, en Argentina, en Chile, incluso en EU, y prometen hacerlo si gana en Colombia el abogado de paramilitares y narcos Abelardo de la Espriella. Porque, además, ese pueblo tiene la sensación de que les roban las elecciones con trampas comprando votos, manipulando los medios de comunicación, confundiendo en las redes, financiando campañas millonarias, acorralando en definitiva a la izquierda.
La pregunta de fondo es ¿con qué fin? Durante la guerra fría entre los EU y la URSS, los servicios secretos occidentales siempre usaron la violencia con falsa bandera para golpear a la izquierda. En Italia era común que atentaran para echarle la culpa a la izquierda, e, incluso, cuando islamistas atentaron en España en 2004, el entonces Presidente José María Aznar dijo que había sido ETA para intentar sacar rédito electoral.
¿Qué tiene que hacer la izquierda en un momento de vaciamiento democrático?
EEU, que se ha deslizado hacia una monarquía teocrática (aunque aún aguantan algunos jueces y algunos congresistas) ha perdido la guerra con Irán, que es una república teocrática. Lo que han acordado es humillante para Trump: reparaciones de guerra, fin de todas las sanciones, incluida las que frenaban la venta de petróleo y control iraní del Estrecho de Ormuz. Todo muy material. Lo único que interesa en este momento histórico son las cosas del dinero. Las cosas de la energía atómica es parte de lo mismo: a Corea del Norte no la tocan porque tiene armas nucleares. Y mientras todo el mundo habla de dinero, la izquierda, que siempre ha hablado de valores, está despistada como una cabra en un submarino.
¿Qué tiene que hacer la izquierda? Buenos diagnósticos y no tomar decisiones apresuradas. Si algo desearía la derecha mundial es que regresara la lucha armada.
Después de la caída de la Unión Soviética, toda la izquierda mundial entendió que la única vía de acceso al poder político era la vía electoral. Una parte importante de la izquierda ya lo había hecho después de la Segunda Guerra Mundial, ayudados por la puesta en marcha de los estados sociales en Europa y los estados desarrollistas en América Latina que justificaban la renuncia al asalto al palacio de invierno y la vía insurreccional. Salvo en los lugares donde la represión y la pobreza no dejaban muchas salidas.
Lo que Gramsci había explicado para los países europeos también vale para América Latina. Decía el político italiano nacido en Cerdeña que no era tan sencillo la toma del poder político como había hecho Lenin en Rusia en 1917. Esa “guerra de posiciones” no era posible en Italia porque la conciencia de los sectores populares era otra. Convenía una “guerra de movimientos” que había que entenderla como un ataque dual a las posiciones del viejo régimen: en primer lugar, un ataque ocupando espacios en el Estado entendido de forma ampliada, es decir, en los espacios más identificables del Estado, como parlamentos, municipios, puestos de funcionarios, judicatura, y también en los medios de comunicación, en la superbowl o en el mundial de fútbol. Esa ocupación paulatina de los espacios del Estado debía acompañarse, de ahí la idea de dualidad, de la lucha de masas en las calles que, hoy diríamos, es igualmente paulatina y va construyéndose en cada manifestación, en cada marcha, en cada protesta, en cada disidencia con voluntad democrática, es decir, que reclama derechos para todos, no para una minoría, va actuando como una escuela de ciudadanía.
Después de la caída de la URSS, todo cambió. El 4 de febrero de 1992, tiene lugar en Venezuela la “Operación Zamora” o el 4F. El Movimiento Bolivariano Revolucionario- 200, liderado por Hugo Chávez y otros cinco tenientes-coroneles, se alzan contra el gobierno del Presidente Carlos Andrés Pérez, que había llegado al gobierno prometiendo no aplicar ajustes neoliberales y que, no solamente las aplicó, con enormes subidas del precio de la gasolina y de los transportes, sino que ante el levantamiento popular en Caracas, mandó reprimirlo a sangre y fuego en lo que se conoce como el Caracazo. El intento fracasó y los responsables pasarían dos años en la cárcel hasta que el Presidente Caldera los indultó. El famoso “por ahora” de Chávez sería sustituido por la renuncia a la lucha armada, la presentación a las elecciones y la victoria en 1998.
El primero de enero de 1994, los zapatistas se levantan con las armas en Chiapas contra el gobierno neoliberal del PRI y la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio, que implicaba que los indígenas iban a perder los derechos sobre sus tierras. En San Cristobal de las Casas y en Ocosingo tuvieron éxito, con la toma como prisionero de guerra de un exgobernador de Chiapas, el general Absalón Castellanos Domínguez. Doce días después, y tras una oferta de diálogo del Presidente Carlos Salinas, dejan las armas reales y cargan fusiles de madera, lo que les da la presencia internacional y les llena de legitimidad en sus reclamaciones.
La caída de la URSS no era solamente el fin de cualquier ayuda militar en los levantamientos, sino que se disipó el referente hacia el cual, de manera consciente o inconsciente -porque se buscaba o porque así se lo atribuían los medios-, configuraba el espejo de la izquierda. Incluso en las fuerzas socialistas y comunistas que habían roto con la Unión Soviética, principalmente por el estalinismo, la desaparición de la patria de Lenin implicaba que toda la izquierda iba a ser vista como carente de proyecto alternativo.
Con el cambio de siglo, y desde la victoria de Chávez en 1998, la izquierda latinoamericana deja atrás la lucha armada y empiezan a ocupar los palacios de gobierno antiguos guerrilleros o militares que protagonizaron actos armados: Hugo Chávez en Venezuela, Daniel Ortega en Nicaragua, Álvaro García Linera en Bolivia, Dilma Roussef en Brasil, Salvador Sánchez Cerén en El Salvador, Lucía Topolansky y Pepe Mujica en Uruguay, Gustavo Petro en Colombia. Toda la izquierda asume el nuevo momento: el poder política se gana en las urnas. Y es precisamente el fin de la lucha armada lo que permite que la izquierda empiece a ganar elecciones. En España no hubiera existido el 15M ni Podemos si ETA hubiera seguido matando.
Hay una idea clave: los partidos de izquierda, los viejos y los nuevos, los dirigentes y los militantes, los votantes, los medios progresistas, los intelectuales, toda la familia de la izquierda abrazó el liberalismo político, esto es, la lucha electoral para autorizar a través de elecciones libres a los representantes políticos en el Poder Legislativo y en el Ejecutivo. Ayudó a que la izquierda asumiera esta democracia liberal no solamente que ya no había alternativa en el horizonte -recordemos que Francis Fukuyama publicó en 1992 el cacareado libro El fin de la historia- sino que los gobiernos de la llamada “década del cambio” pudieron cambiar algunas cosas: juzgaron y encarcelaron a represores, redistribuyeron la renta, acabaron con el analfabetismo, establecieron derechos sexuales a las minorías, fomentaron la igualdad de la mujer, sacaron a millones de personas de la pobreza, abrieron las universidades a los sectores populares, impulsaron la sanidad pública, construyeron vivienda, regularon la economía en favor de los trabajadores y de la soberanía nacional, restablecieron una base fiscal en los Estados, nacionalizaron bienes esenciales, redujeron el poder de las multinacionales… No cambiaron el sistema pero se pudo empezar a hablar de “posneoliberalismo”. Y es aquí donde está la trampa: creyeron que el sistema era verdaderamente democrático.
Pero las élites latinoamericanas que, al igual que las europeas no supieron oponerse a las primaveras ciudadanas y a los levantamientos indignados, empezaron a reaccionar, ayudados por unos EU que habían visto cómo perdían influencia en lo que siempre había sido su patio trasero y con los que habían sido sus socios privilegiados.
Y pasaron tres cosas:
- La derecha se fue corriendo hacia la extrema derecha, que es una derecha que ya no está dispuesta a cumplir ninguna regla del contrato social. Allí donde había existido la democracia cristiana o derechas institucionales, dejó paso a Meloni, a Orban, a Macri, a Milei, a Bolsonaro, a AFD, a Noboa, a Narendra Modi, … Es lo que alguna autora ha llamado “nihilismo”, esto es, un momento político donde todo vale para la derecha. Donde se vota a líderes que te autorizan a dejar atrás los escrúpulos. Lo resumía Trump diciendo que podía disparar a alguien en la V Avenida y nadie le diría nada.
- Esa extrema derecha empezó a hacerse “iliberal” (concepto adelantado por O’Donnell y acuñado por Zakaria), es decir, a cumplir con el requisito de hacer elecciones pero entrampando prácticamente todo lo demás. Incluido hacer trampas en las elecciones.
- La democracia empezó a vaciarse a pasos agigantados. Colin Crouch lo había visto con claridad en su libro de 2004 “Posdemocracia”. Este politólogo británico sostenía que las democracias occidentales mantienen intactas sus formas externas —elecciones, parlamentos, libertad de prensa— pero han perdido su sustancia: el poder real ha migrado silenciosamente hacia las grandes corporaciones transnacionales (financieras y ahora tecnológicas), que condicionan las decisiones de gobiernos elegidos democráticamente sin responder ante ningún electorado. Este vaciamiento tiene su herramienta en partidos políticos convertidos en maquinarias de marketing sin arraigo social, en la privatización de funciones públicas que crea actores con acceso privilegiado al poder sin ninguna rendición de cuentas democrática (el ejército norteamericano ha nombrado tenientes-coroneles a ejecutivos de Meta, Palantir y OpenAI), y en una política reducida a espectáculo mediático donde el ciudadano es interpelado como consumidor y no como participante. Crouch señala además que la socialdemocracia europea fue cómplice activa de este proceso al aceptar las premisas del neoliberalismo, abandonando a sus bases sociales tradicionales y dejando sin representación a amplios sectores populares. La posdemocracia no es dictadura ni colapso: es algo más perturbador, inquietante. Una democracia que, además, ha encontrado su legitimación afirmando que no hay alternativa, con el populismo, en la lucha contra los inmigrantes, el nacionalismo excluyente o una defensa autoritaria de la seguridad.
La paradoja, como decía, es que las derechas hacen todas las trampas posibles mientras la izquierda es la única que cree en la democracia liberal y que respeta los fundamentos de estos sistemas.
Así tenemos que las derechas controlan la práctica totalidad de los medios de comunicación, además de, ahora, las redes digitales y las granjas de bots; con ayuda de la IA, mandan millones de mensajes personalizados a la ciudadanía; tienen una parte no pequeña de la judicatura (a la que captan con prebendas), de la policía y del ejército, que les ayudan en lo que precisan: el lawfare o la guerra jurídica contra los líderes de la izquierda es una constante en todas las democracias liberales. Con el apoyo de Trump, interfieren en las elecciones prometiendo catástrofes si la gente vota a la izquierda. O manipulan los votos del extranjero a través de los consulados. Manejan enormes cantidades de dinero para comprar votos, diputados, senadores o cargos públicos. Se cambian las circunscripciones para perjudicar a la izquierda o las leyes electorales no cumplen el principio “un hombre, una mujer, un voto”, sino que se distorsiona para que los puestos de diputados y senadores sean mucho más caros para la izquierda. Se permite la financiación por parte de las empresas de los partidos políticos de la derecha, mientras que se estigmatiza a las fuerzas progresistas con mentiras; se reducen radicalmente la libertad de reunión, el derecho de asilo, el derecho de manifestación, de huelga. Se usan las nuevas tecnologías para vigilar a los ciudadanos.
Esta erosión de la democracia utiliza las herramientas de la democracia —mayorías parlamentarias, legislación ordinaria, nombramientos reglamentarios— para socavar sus fundamentos. No te manifiestas contra el nombramiento de este o aquel Juez, pero cuando dicta una sentencia prevaricando ya es tarde para protestar. No hay un momento de ruptura claro contra el que movilizarse. El sistema está lleno de selectividades, de inercias que la izquierda se había olvidado de que existen. Pero cuidado con otro error: no se trata de que haya un deslizamiento gradual, como sostienen Levitsky y Ziblatt, que impide que la sociedad perciba con claridad lo que ha ocurrido. Claro que esto ocurre, Pero lo relevante es entender que el sistema no está pensado para que gobierne la izquierda y haya un cambio en la composición de clase de nuestros países. Cuando eso pasa, las élites se rebelan y se hacen contrarrevolucionarias, mientras que la izquierda simplemente es parlamentaria. Esto tiene lugar en el ámbito nacional y ahora, con los planes de Trump para el mundo, también en la arena internacional.
Si la izquierda, además de reformista, no vuelve a ser revolucionaria y rebelde, vivirá en esta paradoja democrática. Esto implica que hay que seguir disputando los cargos institucionales con la pelea electoral (es más fácil cambiar al Estado que al capitalismo), pero que hay que acompañarla de una férrea lucha de masas en las calles en consonancia con los derechos y las obligaciones de los marcos constitucionales. Es decir, hay que cambiar la correlación de fuerzas, que es la que permite que puedan cambiarse las inercias en el Estado. Especialmente cuando la derecha quiera recortar derechos e inventar obligaciones.
Y mientras las élites, que son las que se benefician de la imposibilidad de cambios estructurales que brinda la democracia parlamentaria, disparan contra ella, la izquierda, que necesita formas más profundas de democracia que sean realmente participativas, defiende esta democracia demediada y luego se pregunta que cómo es posible que el pueblo vote a sus verdugos. El pueblo vota a sus verdugos porque la izquierda no es capaz de hacerse de una manera clara y decidida profundamente reformista, profundamente revolucionaria y profundamente rebelde.
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