Sandra Lorenzano

Para que no lo olvidemos

22/02/2026 - 12:02 am

"Quizá, la manera de entender estos años tan oscuros para los migrantes sea registrar la mayor cantidad de historias posibles. Para que no sean olvidadas".

Hay algo vinculado a la fragilidad, a la vulnerabilidad, a la indefensión de niñas y niños que hace que los datos sobre las violencias que sufren sean una llaga brutal en nuestras sociedades. O deberían serlo. Por lo menos, son una llaga en nuestro cuerpo: en el mío, en el de ustedes, en el de quienes queremos gritar y a la vez llorar de indignación y de furia ante el maltrato que sufren.

Lo cierto es que en la catarata de noticias que recibimos cada mañana, las de las infancias vulneradas son pocas y suelen pasar inadvertidas. Sin embargo, hace algunas semanas la foto de un niño fue primera plana en los periódicos de  -por lo menos- esta parte del mundo: la de Liam Conejo Ramos, un niño ecuatoriano de cinco años que fuere detenido por ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas), víctima de la criminal política de Trump contra los migrantes. 

Tiempo atrás nos habían horrorizado las fotos de niños en jaulas, en la frontera sur de Estados Unidos, durante la Presidencia de Obama. ¿Se acuerdan? Está claro que los menores migrantes, acompañados o no, han sido y son un foco rojo en el respeto a los derechos humanos de uno y otro lado de la frontera entre el país del norte y América Latina.

Hace unos días me sacudió una nota cuyo encabezado es “Los horrores del centro familiar del ICE de Dilley relatados por los niños detenidos: No nos tratan como humanos”.

Sin medicamentos, con comida en mal estado, insultos, agua contaminada, separación de familias, aquello es un infierno. Los testimonios son estremecedores. 

Los tratados internacionales protegen a las infancias migrantes, comenzando por la “Convención sobre los Derechos de la Niñez”, donde se establecen ciertos principios derivados del Derecho internacional, tales como: (i) el interés superior del niño y niña, (ii) la igualdad y no discriminación, (iii) el derecho a expresar su opinión y ser oído/a; y (iv) el derecho a la vida. No obstante, a pesar de todo el andamiaje legal, y de que, como lo establece UNICEF, “los derechos de los niños viajan con ellos”, lo cierto es que atraviesan múltiples situaciones de peligro durante su camino.

Como explica Tania Ramírez Hernández, Directora Ejecutiva de la REDIM (Red por los Derechos de la Infancia en México):  “Los peligros a los que están expuestos las poblaciones migrantes en México -tanto mexicanas como extranjeras- amenazan su seguridad, su integridad física, su libertad y sus derechos humanos. Entre los más comunes que enfrentan están el robo, la extorsión, el secuestro, la trata de personas, la desaparición; o adversidades como los climas extremos, falta de comida, agua y cobijo; e inclusive actitudes xenófobas y racistas. Esto se agudiza para niñas, niños y adolescentes no acompañados. Ellos son más susceptibles a caer en redes de tráfico, trata de personas y reclutamiento forzoso por parte de grupos del crimen organizado. Durante su travesía, su salud se puede ver amenazada por las hostilidades del clima, la falta de alimentación, de agua, el acceso a servicios básicos, y la exposición a enfermedades. A esto hay que sumarle acoso, abusos sexuales y violaciones, así como las cada vez más frecuentes desapariciones.”

Nuestro país se ha convertido en uno de los más peligrosos del mundo para las y los menores en situación de movilidad. 

En audiencia ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, REDIM documentó, con investigaciones realizadas en 2021 y actualizadas en 2025, que entre 145 mil y 250 mil niñas, niños y adolescentes se encuentran en riesgo de ser reclutados o utilizados por grupos de la delincuencia organizada en México.

Es necesario insistir en que el Estado mexicano tiene la obligación internacional de fortalecer su protección y de garantizar medidas de prevención efectivas, bajo un enfoque de derechos humanos que coloque el interés superior de la niñez en el centro de las políticas públicas.

Pero -lo sabemos- la pesadilla no termina al cruzar el río Bravo.

Al hablar de estos temas suelo proponer en mis clases la lectura de uno de los libros más entrañables y dolorosos que conozco sobre las infancias migrantes: Los niños perdidos. Un ensayo en cuarenta preguntas, de Valeria Luiselli (México, Sexto Piso, 2016).

“¿Por qué viniste a los Estados Unidos?” Ésa es la primera pregunta del cuestionario de admisión para los niños indocumentados que cruzan solos la frontera. El cuestionario se utiliza en la Corte Federal de Inmigración, en Nueva York, donde trabajo como intérprete desde hace un tiempo. Mi deber ahí es traducir, del español al inglés, testimonios de niños en peligro de ser deportados. (p. 16)

Así comienza el texto, y a lo largo de las páginas cada una de las preguntas dará pie a que la historia de alguno de los niños o niñas entrevistados y la insensibilidad del sistema de justicia, se cruce con la de la propia Valeria, mexicana que vive en Nueva York, con una hija que tiene, en ese momento, aproximadamente la misma edad que esos chicos. Estas historias ponen en escena el drama de la migración infantil. Los menores no acompañados que entran a Estados Unidos se cuentan por miles, y por miles también los deportados.

Mientras escribo estas líneas se publica que el deportado más reciente es un bebé de dos meses con problemas respiratorios, que estaba con sus padres y su hermanita en la prisión de Dilley, Texas, donde jamás fue atendido. Los cuatro fueron abandonados del lado mexicano de la frontera.

Si cuando se publicó, en 2016, el libro de Valeria Luiselli era ética y políticamente imprescindible, lo es aún más en esta criminal “era Trump”. 

Quisiera cerrar con uno de los párrafos de Los niños perdidos :

Y, quizá, la única manera de empezar a entender estos años tan oscuros para los migrantes que cruzan las fronteras de Centroamérica, México y Estados Unidos sea registrar la mayor cantidad de historias individuales posibles. Escucharlas, una y otra vez. Escribirlas, una y otra vez. Para que no sean olvidadas, para que queden en los anales de nuestra historia compartida y en lo hondo de nuestra conciencia, y regresen, siempre, a perseguirnos en las noches, a llenarnos de espanto y de vergüenza. Porque no hay modo de estar al tanto de lo que ocurre en nuestra época, en nuestros países, y no hacer absolutamente nada al respecto. Porque no podemos permitir que se sigan normalizando el horror y la violencia. (p. 32)

No, no podemos permitirlo. Vaya este artículo de hoy para que no lo olvidemos.

Sandra Lorenzano

Es "argen-mex" por destino y convicción (nació en Buenos Aires, pero vive en México desde 1976). Narradora, poeta y ensayista, sus libros más recientes son "Herida fecunda" (Premio Málaga de Ensayo, 2... Ver más

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