El Oasis de la Insignificancia
Óscar de la Borbolla
¿Somos nosotros mismos o una sucursal?
17/03/2026 - 12:04 am
"La atmósfera cultural que le toca a cada persona modula sus ideas, y esas diferencias no dependen sólo de la geografía, sino de la época".
La sociedad en que vivimos ofrece una atmósfera de ideas que, dada su diversidad, resulta imposible rastrear su procedencia. Hay algunas que pueden identificarse porque van asociadas al nombre de personajes históricos muy importantes: la idea de que el poder debe dividirse en tres para que se equilibre, viene de Montesquieu; la que plantea un solo origen para la vida y explica la inmensa variedad de especies mediante la selección natural recuerda inmediatamente a Darwin; pero, lo que pensamos a propósito de infinidad de aspectos del mundo y de la vida resultan una amalgama inextricable: ¿por qué muchos tienen un paradigma de belleza de un tipo y no de otro?, o ¿por qué unos creen en un Dios y otros en otro o en ninguno? Son preguntas cuya respuesta se enfrenta a una madeja imposible de desatar, al grado de que solemos creer que lo que pensamos es un pensamiento producto de nosotros mismos, que es nuestra idea.
Veámoslo con detenimiento: nacemos tabula rasa. Nadie llega aquí más que con una herencia genética que le permite respirar, digerir o hacer que su sangre circule sin necesidad de que se lo enseñe nadie. Pero no llega diciendo "ay" u "ouch" ante el dolor, lo aprende en el contexto lingüístico que le toca en suerte. Hace años, estuve una noche en un hospital público en Roma, y mi compañero de camilla se quejaba diciendo "oyo, oyo, oyo" y yo creí que sentía un hoyo en el cuerpo; no era así. Se trataba de una exclamación semejante a nuestro "ay, ay, ay".
Tenemos infinidad de ideas que están en nuestro ambiente social y que adquirimos sin darnos cuenta. Una, que también me tocó constatar personalmente, fue cuando en un viaje a Marruecos, en mis épocas de estudiante, comprendí que el gusto estético de los marroquíes a propósito de la belleza femenina difería del mío por aproximadamente 20 kilos. A Hassam, un joven que conocí en aquel viaje, le parecían preciosas las mujeres que a mí me resultaban obesas, y no sólo a él, me comentó. Reconozco que estos son ejemplos secundarios, aunque reveladores. Hay otros más decisivos: las ideas religiosas. El mismo Hassam era un convencido musulmán y yo, en ese entonces, ni siquiera había leído el Corán, él conocía cada una de las sentencias que integran ese libro y sembraba nuestras pláticas con ellas.
La atmósfera cultural que le toca a cada persona modula sus ideas, y esas diferencias no dependen sólo de la eventual geografía donde cada quien nace, sino de la época. Aquí mismo, en el valle de México, si yo hubiera llegado al mundo hace unos siglos nada de lo que hoy pienso se me habría ocurrido jamás. Mi cultura habría estado imbuida de conceptos como "rostro y corazón" o "flor y canto" que aprendí librescamente leyendo poesía náhuatl traducida por Ángel María Garibay y por Miguel León Portilla: "rostro" es mi yo externo y "corazón" mi yo interior, a ambos los necesito educar para conocerme profundamente y llegar a tener una sabiduría personal, o sea, mi propia idea: mi flor y canto. Insisto, el mundo náhuatl hoy lo semi entiendo por lecturas, pero no por experiencia personal.
Al pensar estos asuntos me surge una pregunta inevitable: ¿qué de lo que pensamos es realmente nuestro y cuánto es mera repetición de lo que otros han pensado antes? ¿Contamos con alguna idea propia o, sin saberlo, somos repetidores que nos creemos originales? O dicho con una fórmula que resulta familiar a la filosofía: ¿cuando hablo me valgo del lenguaje o, como dice Heidegger, soy hablado por el lenguaje que se vale de mí?
Volvamos a cuando llegamos al mundo, lo primero que salta es que no entramos en un mundo neutro. Ya es un mundo revestido por una ideología que nos enseñan nuestros padres y que corrobora el entorno. La asimilamos y se convierte no sólo en nuestra forma de pensar, sino de actuar, incluso de sentir, esa ideología se combina con lo que logramos aprender: con lo que oímos aquí y allá, con lo que leemos, con las experiencias que la vida nos va ofreciendo y, así, adquirimos una cosmovisión: un conjunto de ideas de lo que es y de lo que debe ser. ¿El resultado final de esta mixtura producirá alguna vez en la vida una idea propia?
¿Y si elegimos de acuerdo con nuestra ideología serán, de veras, libres nuestras elecciones? Todos o casi todos nos sentimos libres, quizás no libres de hacer lo que quisiéramos, porque no siempre contamos con los recursos ni la realidad es fácil, pero al margen de conseguir lo deseado, nadie puede despojarnos de la convicción de que lo que queremos es lo que nosotros queremos. ¿Cómo poder dudar de algo tan simple? Pero ¿será?
Sé que esta última pregunta es insidiosa. Mi objetivo es conseguir sembrar alguna duda en mis lectores y, precisamente, hablando de literatura, que es donde, se supone, se encuentran las voces más originales, pues son consecuencia del trabajo esmerado de los autores, ¿serán voces únicas? O para plantear de una manera más clara mi duda: ¿es posible decir que la literatura mexicana se diferencia de la literatura alemana? ¿O los autores son tan distintos entre sí que no hay modo de agruparlos ni por lengua ni por época? Todos conocemos la respuesta, un autor ruso es más parecido a otro ruso que a un autor español.
Ese parecido de familia me llena de dudas: ¿pensaré por mí mismo?, ¿habrá algún mí mismo?, ¿o soy como una inteligencia artificial entrenada con ciertas fuentes y con algún algoritmo? La verdad no lo sé, pero yo sigo sintiendo que quiero lo que quiero y pienso lo que pienso con total autonomía, aunque entiendo perfectamente que el yo es siempre una suma de otros. Y por eso me gusta dudar, esa duda, al menos, la reivindico como mía.
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