Fabrizio Mejía Madrid
El Mundial
12/06/2026 - 12:04 am
"Así llegan los tres países a un Mundial pensado en otro momento, cuando el tratado comercial no implicaba amenazas de anexión, ni existía la guerra".
https://youtu.be/5Ke9U8zyswk
Se inauguró el Mundial con una frase que dijo Lila Downs: “Pueblos del mundo: bienvenidos a México”. Así, entre pirámides, Adelitas, y tambores, Shakira y Los Ángeles Azules, Salma Hayek, quedó en el aire la prohibición de que los futbolistas de Irán durmieran en Estados Unidos y la expulsión de su delegación administrativa en Canadá. Sólo México recibió a los iraníes.
México llega al Mundial en una tensión política con Estados Unidos que no se vivía desde el otro mundial, el de 1986, cuando Ronald Reagan cerró la frontera con México; el Washington Post acusó al Presidente de la Madrid de corrupto mientras estaba de gira por Estados Unidos; y en una audiencia del Congreso se acusó a dos gobernadores, el de Sinaloa y el de Sonora, de ser narcotraficantes. Ahora, es un poco la misma historia aunque con motivos distintos. En aquel momento, Reagan quería beneficiarse de los nuevos pozos petroleros del sureste y apoyar al PAN, que rogaba en Washington por una intervención de los gringos en la elección de Chihuahua. Ahora, los filibusteros de Donald Trump quieren las tierras raras de México y siguen apoyando al PRIAN en su intento por no desaparecer. Entonces, el Embajador era John Gavin que tuvo que salir después de que sus intentos injerencistas le colmaron el plato al Gobierno de De la Madrid. Ahora es Ron Johnson, que ya ha recibido dos regaños presidenciales por no informar de la presencia de la CIA en Chihuahua y por opinar de asuntos internos de México.
Por su parte, Estados Unidos aprovecha este Mundial para publicitar su intolerancia hacia otros pueblos, deportando somalíes, prohibiendo la entrada de la selección de Irán, retiros de visas a la última hora, interrogatorios de horas en los aeropuertos, y reprimiendo las protestas para que la policía migratoria no aproveche la entrada a los estadios para deportar latinoamericanos y hostigar a matrimonios mixtos. Mientras la guerra con Irán no cesa y la guerra contra las minorías adentro de Estados Unidos, escala, la FIFA le regaló al Trump un Premio de la Paz que ni siquiera existe.
Canadá, finalmente, llega al Mundial en medio de desalojos de personas sin casa en el centro de Vancouver, el permiso para que entren los agentes migratorios gringos a los estadios canadienses y la molestia porque 13 partidos en sus estadios costaron al presupuesto público, mil millones de dólares. Por cierto, Canadá también deportó a una parte de la selección de Irán que contaba con visas. México los acogió en Tijuana para que puedan jugar del otro lado y dormir de este.
Así llegan los tres países a un Mundial pensado en otro momento, cuando el tratado comercial trilateral no implicaba amenazas de anexión por parte de Estados Unidos, ni existía la guerra en Asia Occidental, ni el ICE en las calles de las ciudades santuario. Es como si una idea del neoliberalismo triunfante con el libre comercio de América del Norte como algo inatacable, se tuviera que poner en práctica ahora cuando la geopolítica ya no es sólo comercial sino que se re-ideologizó. De la relocalización pasamos a la Doctrina Trumpoe. ¿Qué tienen que ver Enrique Peña Nieto, Justin Trudeau, y el primer Donald Trump con lo que ocurre casi diez años despúes de formalizada la candidatura conjunta? Nada es igual. Trump ha insultado a Canadá diciendo que la va a anexar como un estado más. Canadá ha dicho que ellos no merecen el mismo trato que México. México ha insistido en que no se va a subordinar. Estados Unidos dice que no necesita nada ni de Canadá ni de México. Me recuerda cuando unos novios compraron boletos para ver a Shakira con tanta antelación que, ya cuando fue el concierto, estaban separados. Ni siquiera oyeron el concierto, por estarse peleando por los binoculares. Lo que ha cambiado en los tres países es mucho. Ya no son los países que pidieron ser sedes.
El futbol profesional sigue siendo el mismo: jugadores pobres que, con suerte, se vuelven multimillonarios, dueños de equipos putribillonarios que los usan como marca prestigiosa, y público pobre. En este Mundial, lo que cunde entre las aficiones de los tres países es el descontento por el precio de los boletos y todas las limitaciones para verlo por televisión. Es culpa de la FIFA. Resulta que estrenó una cosa que llama “precio dinámico”, donde no se sabe cuánto cuestan los boletos, sino hasta que haya registrado toda la demanda. Así, un boleto para la final que costaba seis mil dólares, ya va en doce mil sin que nadie sepa a dónde llegará para cuando ocurra. A esto, sumémosle la transa de la FIFA que es acaparar boletos para hacer subir el precio, no “dinámicamente”, sino artificialmente. Ya varias cortes en Estados Unidos están recibiendo demandas de aficionados. Por si esto no fuera una confusión entre precio y subasta, la FIFA tiene su sitio de reventa donde te cobra 15 por ciento extra por sus servicios y aparentemente está también vendiendo boletos inflados en las otras plataformas de reventa como Seat Geek, Stub Hub y Vivid Seats. Hasta aquí, podemos decir que la asistencia a los partidos con boleto es como tener una criptomoneda, es decir, no tener nada. Pero hay más raterías. Resulta que, casi en imitación de la redistritación electoral de Donald Trump para que ganen sólo los republicanos, se remapearon también los lugares en los estadios, de tal manera, que una zona normal se vende ahora como VIP. Pero no hay mapas. No hay precios fijos. No hay plataformas de reventa que se hagan responsables de si compras, puedas entrar. Tener un boleto es como el fin de la guerra: volátil. Y acabarán asistiendo los que tienen dinero, no necesariamente a los que les apasiona ese deporte.
Luego están las transmisiones por televisión. En Canadá, México, y Estados Unidos, sólo dos corporativos por país tienen los derechos exclusivos. En Estados Unidos son Fox Sports y Telemundo. Si no adquieres tus plataformas de pago, no puedes ver el futbol. Los restoranes están pagando, además de la señal del partido, de cinco mil a 20 mil pesos por cada pantalla instalada. Pero no sólo. No se puede transmitir una señal que uno haya comprado como usuario, sino que hay que pagarle a la FIFA “propiedad intelectual”, es decir, una lana por derechos de exhibición comercial. El logotipo oficial del torneo, la tipografía corporativa "FWC 26", el trofeo de la Copa del Mundo, las mascotas, los pósters y las palabras "FIFA", "World Cup", "Copa Mundial", "Mundial 2026" y los nombres de las ciudades sede combinadas con el año, son propiedad intelectual de la FIFA, por lo que nadie más puede usarlos si no se cae con un dinero. La multa por cobrarle a otros para ver un partido que sólo está pagando un usuario en su casa es de 600 mil pesos. Y, en las plazas públicas, sólo las aprobadas por la FIFA como “Fan Fest” no pagan. Todo lo demás es negocio para ese organismo. Es el cielo neoliberal donde nadie regula los precios de los boletos que monopoliza la FIFA, pero está castigado el que los de menos ingresos puedan verlo sin desembolsar. Es puro lucro, nada de arte.
Y explotación. No sé si usted sabe que, hasta 1997, los balones de la Copa Mundial eran cosidos en una sola localidad de Pakistán, Sialkot, donde los niños tenían malformaciones en los dedos por coser pelotas por las que se les pagaba a la familia dos centavos de dólar. Aunque se supone que estos talleres de maquila infantil están prohibidos, se han extendido a la India con las réplicas de balones para mercados locales.
Fue el entrenador argentino, César Luis Menotti, el que habló por primera vez de un futbol de derecha y un futbol de izquierda. En el de derecha, sólo el resultado cuenta y, por lo tanto, los jugadores son reducidos a viles mercenarios obligados a ganar a toda costa. En el de izquierda, se celebra la creatividad y la inteligencia y el juego se convierte en una fiesta. Lo cierto es que el futbol puede ser las dos cosas a la vez: para los dueños, un negociazo corporativo y mediático, y, también, para los aficionados, un espacio de pertenencia cultural, pasiones y belleza. En los Mundiales se pone en juego la cúspide y la base de esa pirámide, el lucro y el arte, y el choque entre ambas es lo que define a ese Mundial en particular. Hasta ahorita sólo hemos visto la especulación en las alturas de los dueños del futbol y nada del arte en la cancha. Esperemos que haya.
Desde sus inicios, el futbol ha sido político. Baste recordar, por poner ejemplos, la protesta contra Pinochet de “Chile sí, Junta no” en el Mundial de Alemania Federal en 1974; las de “Solidarnosc” en el partido entre la URSS y Polonia en 1982 y, cómo olvidar la de los escoceses enfrentando a la misma Unión soviética que decía: “Alcoholismo vs Comunismo”; o la prohibición del dictador Fascista de España, Francisco Franco de que se cantara en catalán o vasco en los estadios. El mismo César Luis Menotti, en 1978, se negó a darle la mano al militar de la Junta, Jorge Rafael Videla, cuando ganó Argentina. En el vestidor dijo una de sus frases claves para el triunfo: “Nosotros no jugamos para los militares que están en el palco. Jugamos para la gente, para los trabajadores, para el pueblo. Vayan y dénles la alegría que este país se merece”. Y ganaron. Su triunfo se quiso enturbiar años después diciendo que su paso a la final contra Perú había estado trucado. Las fake news siempre han existido. Tampoco olvidemos el respaldo de Romario a la Presidencia de Lula en Brasil, o el partido de futbol en las Cañadas de Chiapas entre el Inter de Milán y el EZLN en 2005.
Pero hay compromisos políticos de los jugadores menos declarativos y con consecuencias graves. Está, por ejemplo, el delantero del Saint Pauli, Deniz Naki, que apoyó la resistencia de los kurdos en Turquía. Sufrió un atentado a balazos en Alemania en el 2018, del que sobrevivió, mientras la Federación Turca de Futbol le prohibió volver a jugar. Entonces, Naki se fichó en un equipo de tercera división formado por kurdos. Erdogan lo encarceló por “propaganda terrorista”. O está el caso del palestino Mahmoud Sarsak. En 2009, los soldados de Netanyahu lo detuvieron en una concentración de su equipo en Cisjordania y lo encarcelaron. Luego de tres años de ser considerado un yihadista y no un centro delantero, inició una huelga de hambre que duró tres meses. Al final, tenía problemas del corazón, los riñones y el hígado por desnutrición prolongada. Nunca pudo volver a jugar y se refugió en Inglaterra donde defiende la causa palestina. El portero sirio, Abdul Baset al-Sarout, participó en la resistencia contra el régimen de Assad. La gente de las protestas de 2011 lo llamó “El Guardameta de la Revolución”. Luego, decidió hacerse un combatiente. Resistió el sitio del ejército de Assad contra su pueblo, Homs, donde perdió a su papá y a sus cuatro hermanos. Como comandante del Ejército Libre, murió combatiendo en 2019, a los 27 años de edad. De las protestas anti-gubernamentales en Bahréin, varios futbolistas fueron arrestados en 2011, incluyendo a los jugadores de la selección nacional, Mohamed Hubail y Ali Said, que fueron fueron condenados a penas de prisión, después de sufrir torturas. Están vetados de los equipos de Kuwait, Catar, Arabia Saudita, y el propio Bahréin. Otros jugadores, de la ultraderecha, como en Ucrania, se han sumado al aplauso de la limpieza étnica, o en general en Europa, al acoso contra jugadores de África o que practican la religión del islam.
A estas alturas usted dirá, bueno, eso son posiciones políticas que se deben más al contexto de los jugadores en sus propios países que al futbol mismo. Y tendrá razón. Pero, a lo largo de estos casi dos siglos de futbol profesional, muchos han hecho un trabajo intelectual para rescatar el componente político de la propia dinámica del juego. En América Latina, por supuesto, Eduardo Galeano, Darcy Ribeiro, y Juan Villoro. Pero fue en el XXV encuentro del meditarraneo sobre Albert Camus en 2008, que se invitó a una serie de pensadores anarquistas a escribir sobre el futbol. Todo, a partir de la frase de Camus que dice: “Todo lo que sé con certeza sobre la moral y las obligaciones humanas se lo debo al fútbol”. Wally Rossell, editó un libro al respecto, llamado “Elogio del pase”.
Para terminar esta columna les leo partes de lo pensado por ellos. “El balón no posee poder alguno. El pasador no es dueño del balón; lo tiene sólo en el sentido de Proudhon. El pasador sigue siendo el dueño de la acción. Como en una sociedad anarquista, es libre de hacer lo que quiera. Sin embargo, no puede existir solo, no puede progresar solo, no puede sobrevivir solo. Aquí es donde entra en juego el principio de ayuda mutua. El pase es un acto altruista, en el que la libertad del pasador ("Le doy el balón a quien quiero, en el momento que yo elija") depende enteramente de la existencia de sus compañeros. El acto individual de pasar adquiere su único significado por el propósito que cumple para el grupo. Pasar ("dar") significa afirmar la confianza en los compañeros; expresa la seguridad de que usarán el regalo del pase en beneficio del colectivo. Esta es la esencia del activismo político. Pasar el balón es esencialmente lo mismo que distribuir un panfleto o pegar un cartel: el activista confía en que quienes lo lean lo transformarán en algo útil.
“El acto de pasar el balón es la antítesis de un acto nihilista; es un acto creativo. La técnica es indispensable, como en todas las artes, pero sin creatividad no puede haber pase: las condiciones nunca son exactamente las mismas; cada pase es único.
“Contrariamente a la creencia popular, cuanto mayor es el nivel del juego y más fuerte el rival, mayor es la creatividad individual necesaria para el éxito de un equipo. Es el pase inesperado, improbable, imposible, el que libera a los compañeros y hace avanzar al equipo. Es la capacidad del pasador para comprender el contexto de una situación específica lo que lo convierte en una persona en lugar de un robot”.
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