Jorge Alberto Gudiño Hernández
Nuestro aeropuerto
17/05/2026 - 12:01 am
"Platiqué con un conocido cuya esposa trabaja en el aeropuerto. Lo de mi amigo fue pérdida de tiempo, lo de ella es desastroso".

Pasar por el aeropuerto de esta ciudad es una experiencia ingrata. Al margen de su deterioro, se respira un aire de otra época. Sobre todo, si se pueden hacer comparaciones con otros aeropuertos en el mundo. Suele quedar la sensación de que algo no funciona bien. ¡Y cómo no!, si hay zonas bloqueadas, paredes derruidas, baños clausurados y, con suerte, cascadas producto de lluvias atípicas.
La semana pasada, un amigo que iba a tomar un vuelo nacional se quejó de lo difícil que le fue llegar a la Terminal 2, toda vez que el estacionamiento estaba colapsado. El tráfico en las inmediaciones era excesivo. Como había tomado un vehículo de aplicación, no necesitaba estacionarse lejos, en el estacionamiento alterno, de donde salen graciosas camionetas transportando pasajeros hacia esa misma glorieta donde el tráfico se negaba a avanzar.
Confieso que suspiré aliviado ante su advertencia. Aunque yo iba a pasar en la noche por mi madre, quien volvía de visitar a mi hermano, a mí me tocaba la Terminal 1.
Salí con tiempo sólo para descubrir que el estacionamiento de esta terminal no estaba colapsado. Estaba cerrado. Total y completamente cerrado. Sin letreros, sin avisos. Había un par de policías en la entrada de mi interés hablando con los automovilistas. Era como si se tratara de un cierre temporal o algo que los sorprendía a ellos mismos. Sugerían que uno se diera la vuelta en lo que el pasajero llegaba.
Era media noche así que, al menos, no había tráfico. Vi a varios vehículos meterse en los estacionamientos de los hoteles aeroportuarios. Vi a tantos más salir, pues estaban saturados y, al menos, en estos sitios sí había carteles anunciándolo. Así que emprendí la nada gloriosa travesía consistente en recorrer el circuito alrededor de los estacionamientos de la Terminal 1: el nacional y el internacional.
Cada tanto, se desocupaba un lugar en esos sitios. Tras un par de vueltas, pude estacionarme. Sólo unos minutos. Llegó un policía a decirnos, coche por coche, que no podíamos parar ahí. Le pregunté que en dónde sí. Su respuesta fue una joya de quien se quiere quitar el problema de encima. Señaló hacia el estacionamiento internacional y me dijo que me metiera ahí, como si no él no supiera que estaba cerrado.
Recogí a mi madre sobre la calle, pues en la puerta que le tocó hacían remodelaciones estéticas. Nos quejamos un rato y nos fuimos.
Esta semana, platiqué con un conocido cuya esposa trabaja en el aeropuerto. Si lo de mi amigo en la Terminal 2 fue una gran pérdida de tiempo y lo mío en la otra fue anecdótico, lo de su esposa es desastroso. Llevan semanas sin poderse estacionar. Peor aún, perdiendo cantidades ingentes de tiempo para llegar a su lugar de trabajo. Incluso si pasan a recogerla o la llevan. Ya no hay recorridos rápidos. Y, lo peor, es que, según me dijo, las zonas cercanas al aeropuerto se han vuelto muy inseguras, así que ni pensar en salir caminando. Para colmo, el Metro está funcionando mal y con horarios restringidos. Un calvario, concluyó resignado.
Al menos, yo no voy mucho por allá, suspiré un poco aliviado.
Cualquiera aceptaría (aunque a regañadientes) las mejoras urbanas pese a que implican molestias temporales. El problema es que, en esta ciudad, lo temporal se hace eterno y las mejoras meros parches. Lo que pasa por el aeropuerto se reproduce por doquier.
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