Agenda Ciudadana
Lorenzo Meyer
El neocolonialismo en el siglo XXI
18/06/2026 - 12:05 am
"La actual administración norteamericana viene a ser su esfuerzo deliberado, y sistemático por detener y debilitar a las fuerzas que buscan combatir al neocolonialismo".
La pública reafirmación de la agenda política que tiene en mente el Washington de Donald Trump para el continente americano -la llamada “Doctrina Donroe”- básicamente busca mantener e incluso reforzar los aspectos neocoloniales de las relaciones de la gran potencia con los países del continente, Canadá incluido ¿Podremos y querremos neutralizar esta ofensiva? Es pregunta que espero contestemos positivamente.
El concepto de colonialismo puede definirse como el dominio político, económico y cultural que ejerce un país -la metrópoli- sobre otra sociedad -la colonia- situada fuera de sus fronteras y a la que se obliga a participar en el proyecto nacional del país dominante, proyecto que no sólo le es ajeno sino antagónico. En este contexto lo que se conoce como neocolonialismo es la continuidad de la relación de sujeción descrita, aunque bajo formas diferentes, pues el poder del país hegemónico se ejerce de manera indirecta pues teóricamente el país subordinado ya no es colonia sino entidad soberana, pero en la práctica su soberanía está limitada por los intereses y presiones del país más fuerte. Desde esta perspectiva, el sello en nuestro continente de la actual administración norteamericana viene a ser su esfuerzo deliberado, y sistemático por detener y debilitar a las fuerzas que buscan combatir al neocolonialismo. Desde esta perspectiva la política de Trump en el continente consiste en imponer variantes de la relación que ya está construyendo con Venezuela: una que nulifique los esfuerzos de aquellos actores y grupos políticos que en las sociedades subordinadas se esfuerzan por dar un contenido verdadero y progresista a su soberanía modificando las condiciones y estructuras que implican condiciones de dependencia.
Desde hace tiempo la América Latina es un crisol de relaciones neocoloniales lo mismo que esfuerzos nacionalistas por modificar esa relación. El grado y características de los nexos de subordinación política de cada país del continente salvo Cuba respecto de Estados Unidos, es variable pero innegable. Y esa variación ha dependido de la época, de los proyectos nacionales de cada país, de su historial de resistencia o aceptación de dichos designios imperiales y de los cambios políticos y económicos al interior de Estados Unidos, pero en cualquiera de los casos el “factor norteamericano” sigue condicionando el ejercicio de la soberanía de todas las naciones del hemisferio. La importancia y efectos de ese “factor” en la relación de Washington con el resto del continente ha variado no sólo por factores propios de la región sino también por cambios en la naturaleza y los equilibrios de la estructura del poder mundial. Hasta inicios del siglo XX, las influencias de actores europeos en América Latina, sobre todo de Inglaterra, fueron muy significativas y en ocasiones chocaron con las norteamericanas. Sin embargo, tras las dos guerras mundiales la influencia del viejo continente en nuestra región disminuyó mucho salvo por la de Moscú.
Tras la desaparición de la Unión Soviética al final del siglo pasado el sistema internacional que adquirió un carácter unipolar y Estados Unidos fue la única potencia que campeó en la América Latina. Con el ascenso de China esa unipolaridad ya está siendo sustituida por una multipolaridad en formación. En esa circunstancia, el Washington trumpista ha dejado saber que, si bien en otros continentes está dispuesto a negociar su posición con la competencia, en el nuestro no. Y es que según los nada sutiles argumentos expuesto por el gobierno de Trump en su Estrategia de Seguridad Nacional (NSS) de 2025, Estados Unidos va a seguir empeñado en que América sea su esfera de influencia natural y exclusiva.
Esta política norteamericana de corte neocolonial abierto tiene, dentro de ese país, una base social de derecha muy dura y militante. Una encuesta de opinión pública dada a conocer por el Pew Researh Center el 10 de junio sobre las orientaciones políticas norteamericanas clasifica a los entrevistados en nueve categorías ideológicas. Y la derecha extrema calificada por Pew como la No Apologies Right (la derecha militante e intolerante), tiene como característica central la visión de unos Estados Unidos como un país superior a cualquier otro y que es imperativo preservar su estatus de super poder militar y por lo mismo respaldan todas las acciones en el exterior de sus fuerzas armadas independientemente de su legalidad, como fue el secuestro del Presidente de Venezuela. Es verdad que esta derecha extrema representa apenas al nueve por ciento de la población adulta norteamericana, pero es muy activa en la votación, 99 por ciento republicana y es el corazón del Make America Great Again (MAGA), es decir del trumpismo duro. Si a esos 23 millones de ciudadanos extremistas y activos se agregan los de las otras tres categorías que según PEW completan el universo de la derecha norteamericana –First Fait Conservatives (conservadores por motivos religiosos, básicamente evangélicos), Unconventional Right (derecha no particularmente ideológica) y Pragmatic and Polite Right (derecha pragmática)- se tiene que un 44 por ciento de los ciudadanos de Estados Unidos a los que pueden ser considerados como la base social de las decisiones de política exterior que se toman en la Casa Blanca.
Hace ya buen tiempo que Cuba dejó de ser un factor que interfiriera con los objetivos de Estados Unidos en o fuera del hemisferio. Sin embargo, todo indica que en Washington se han vuelto a revivir los planes para recuperar a Cuba como la neocolonia que fue a lo largo de toda la mitad del siglo pasado. Y ni que decir de Venezuela, que tras una operación relámpago y de gran precisión militar, pero totalmente contraria a las normas del derecho internacional, Estados Unidos secuestró a su Presidente y dejó en el Palacio de Miraflores en Caracas a la Vicepresidenta Delcy Rodríguez, una auténtica Quisling (una gobernante local al servicio de un conquistador como en la Noruega de la II Guerra Mundial) que Washington usa para aparentar una “continuidad institucional” local pero es desde Miami que un personaje sin ningún cargo formal pero de la absoluta confianza de Trump y del Secretario de Estado Marco Rubio -Mauricio Claver-Carone- el que vigila a la Presidenta Rodríguez y al proceso político de día a día en Caracas mientras la actividad petrolera del país la supervisa directamente Chris Wright, el Secretario de Energía de Estados Unidos y él decide los procesos de reapertura de refinerías y plantas eléctricas, las ventas de petróleo y gas de PDVSA y del puñado de empresas transnacionales que controlan esa actividad entre las que destaca Chevron. El papel de Claver-Carone como “virrey norteamericano en Caracas” está analizado y destacado en un largo reportaje del Washington Post (25/05/26). Se trata de un abogado y cabildero estadounidense, pero de origen cubano que trabajó en Washington para el Consejo de Seguridad Nacional y para el Banco Interamericano de Desarrollo. Al inicio de la segunda Presidencia de Trump se desempeñó brevemente como enviado especial para América Latina.
Anulada Venezuela como un país que escapaba al control político de Washington y Cuba sometida por décadas a un bloqueo comercial y ahora a uno energético y amenazada con una acción directa para cambiar su régimen, sólo quedan tres gobiernos de peso en el conjunto latinoamericano que se resisten a ser parte del grupo de países abiertamente sometidos a las directivas de la Casa Blanca. Esa tercia la conforman Colombia, Brasil y México.
La coyuntura electoral de Colombia le está permitiendo a Trump pronunciarse abiertamente por el candidato de la derecha extrema Abelardo de la Espriella, un abogado y empresario que se identifica con Trump, Nayib Bukele en El Salvador y Javier Milei en Argentina. De la Espriella que también tiene el apoyo de los grupos evangélicos, propone disminuir el papel del Estado, pero llevar a cabo una política de mano dura contra los grupos armados, el narcotráfico y la delincuencia en general.
En Brasil el Senador Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro hoy en prisión por haber intentado un golpe de Estado, tiene el respaldo del bolsonarismo, una corriente de derecha que el hijo del expresidente busca convertir de fuerza personalista en una más adecuada para sostener a “nueva derecha” brasileña. La cercanía de la familia Bolsonaro con el Presidente Trump es pública y el bolsonarismo cuadra perfectamente con el trumpismo.
Finalmente, está México. Aquí la izquierda ha derrotado en las urnas a la derecha de manera contundente en 2018 y 2024, está debilitada y además no hay una coyuntura electoral próxima y que Trump pueda aprovechar para revigorizarla, lo que no impide que el trumpismo ya vaya preparando el campo para el 2030. De ahí el empeño de Trump en caracterizar a nuestro país como uno con un gobierno corrupto donde el poder real reside en los grupos del crimen organizado. Desde esta perspectiva una “invasión” de indocumentados y de drogas prohibidas provenientes de México son presentadas como fallas estructurales de los gobiernos del país vecino que afectan la seguridad norteamericana y que podrían justificar como legítima defensa una acción directa cuyas consecuencias podrían descarrilar el proyecto de izquierda de la 4T en favor de la derecha local y de la “Doctrina Donroe”.
Es de desear que el escenario anterior o una variante no se materialice, pero el nacionalismo mexicano debe de estar preparado para esa eventualidad. En cualquier caso, los mexicanos debemos esforzarnos al máximo en “mantener la casa en orden” y no dar a al trumpismo elementos que justifiquen el debilitamiento de la soberanía nacional y el afianzamiento de fuerzas y proyectos neocoloniales.
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