El escritor vasco publica La fiesta de los niños desnudos, una novela que explora la relación del padre con el hijo, la falta de vocación en una vida absolutamente mediocre y cómo las cosas que hace el protagonista siempre lo vuelven a la mediocridad. Dice Imanol que no es una novela negra o al menos no es una novela negra como las acostumbradas.

Ciudad de México, 12 de agosto (SinEmbargo).- Gregorio odia a su padre, ese viejo músico pedante y engreído. Lo odia y desea su muerte. Pero también odia su propia mediocridad, así que cuando el anciano finalmente fallece –casualidad o milagro- el hijo abandona su vida de apariencias y se autoexilia en el inframundo de los mendigos y los vagabundos, los invisibles, los menos que nada.

Con esta novela psicológica y con un instinto que mueve la familia hacia una nada absurda, Imanol Caneyada publica La fiesta de los niños desnudos, en donde se hace eco de una mediocridad que no cesa, ni siquiera en sus aventuras más terribles.

En el mundo paralelo, también se ejerce la ley del meritorio y los que quieren vivir cómodos no tienen gran aceptación. Éxito y fracaso son testimonios diferentes en un sistema donde la supervivencia juega un papel central. Sin embargo, a Goyo nada le conmoverá. Su mediocridad puede más que todos.

La novela negra es lo que caracteriza a Imanol Caneyada y esta es en esencia una novela negra. No quiera que hagamos debate con el género, porque entonces tendrá que decir ama el policial como pocos y que no cree que escribir más allá del género da otra categoría. A eso vamos, con la entrevista.

Editó Tusquets la nueva novela de Imanol Caneyada. Foto: Especial

–La fiesta de los niños desnudos da dos vidas al protagonista

­–La novela plantea eso al personaje narrador. Una prisión de convenciones sociales, en la que como individuo te exigen ser de una manera y al final vas construyendo una personalidad como para mirarte en el espejo y no salir corriendo. Pero muchas veces no es satisfactorio esto, puede ser aterrador, angustiante y generar una serie de fobias reprimidas. Está esta otra alternativa, en donde la marginalidad de esta normalidad de la que hablas aplica. Pero al final siempre hay una especie de regla que en el caso de la marginalidad también se cumple. Digamos que son anti-reglas, que permiten construir una especie de anti-sociedad.

–Este individuo se siente totalmente preso de su padre, de su esposa, de su hija, pero también cuando va a la marginalidad se siente presa de Brisa, de Dionisio

­–Es que es un hombre que está huyendo pero que no encuentra nunca la puerta de salida y eso mismo desata ciertos rasgos sociópatas. Fíjate que preguntó mucho si era sociópata o psicópata y me quedé con sociópata. Al final construye una gran prisión imaginaria para poder justificar su existencia.

­–La muerte del padre es circunstancial, no va a morir nunca

–Dice Freud que para poder madurar tienes que matar al padre, simbólicamente. En el caso de este personaje, está presente el fantasma, el padre nunca muere. Creo que la tensión del personaje es esa. Este deseo de encontrarse y su incapacidad para escapar de estas estructuras patriarcales, que le permiten ser, de la otra manera se paraliza, de ejercer el libre albedrío.

–¿El tendría antes del piano alguna vocación?

­–No le permiten tener otro interés. Es muy tierno, a los 8 años, empieza la preparación para el futuro, hacia el gran concertista que el padre quería que fuera. Como padres, en nombres de la prolongación, de la inmortalidad, destrozamos vidas. Perpetuamos estos esquemas. Sí lo hubiese salvado tener otra vocación. Fernando Savater decía en Ética para Amador que el gran problema del ser humano es que tiene que ser útil para algo, las bestias no tienen ese problema. Los animales no necesitan ser útiles para alguien.

–¿Por qué no tiene ninguna relación con su hija?

–Yo sí creo que puede haber individuos que no sientan nada con sus hijos. Este es un individuo que tiene rasgos sociópatas que le dificultan mucho la empatía. No tiene la capacidad para ponerse en los zapatos del otro. Cuando su padre está en el hospital, actúa por convención social, el hijo que tiene que ir a velarlo, porque su padre está en coma. Este determinismo que nos va orillando a responder a cuestiones sociales, nos impide pensar en que hay gente que no siente nada por sus hijos. Tiene hijos porque había que tenerlos.

–¿Cómo es la vida con tus padres?

–Ahora tengo una buena relación con mi madre, tuve padres muy permisivos. Hay un aspecto, analizando la novela, que tiene que ver cómo la autoridad puede neutralizar la decisión de un individuo. En mi caso, no tanto fue la autoridad paterna, sino la autoridad de los curas en el colegio, me tocaron los últimos años del Franquismo y tuve experiencias muy brutales con esta autoridad patriarcal, que anula la voluntad. Sí experimenté ese tipo de autoridad que plantea la novela.

–¿Cómo tomaron ellos que te vinieras a vivir a México?

­–Siempre me apoyaron. Salí a los 19 años, lo que veía en San Sebastián no tenía nada para mí. Tengo dos hermanas mayores que me apoyaron mucho. Estoy muy agradecida con mi familia, porque jamás hubo un reproche. De pronto vienen a visitarme y lo disfrutan; yo voy a verlos y lo disfruto mucho.

–¿Cómo era el país México cuando llegaste? Si yo pudiera irme a San Sebastián ahora, me iría

­–Llegué en 1989 y el México del 2017, sé lo que lo que voy a decir puede sonar muy loco, pero yo prefiero este México. Con todo lo que estamos viviendo, que es brutal. Lo prefiero porque es un México donde ha habido muchas conquistas. La sociedad era menos combativa, terriblemente mocha, la censura estaba muy presente en los medios de comunicación, el rol de la mujer era diminuto, la reivindicación de la gente de LGTB era menor, no existía simplemente. Si todo eso lo comparamos con 2017, vivimos en un país mucho más libre, los derechos de las minorías son cada vez más respetados, pero también tiene un costo alto como sociedad, de hacer visibles a los invisibles.

–Bueno, la Guerra del Narco hace un poco de cortina de humo. No nos permite ver el país como está, ni positiva ni negativamente

–Sí, de acuerdo. El narco es un gran negocio, que tiene un costo altísimo de sangre y que lo estamos pagando de manera estúpida e irracional.

–¿Hay mayor indagación psicológica en esta novela?

­–Es una novela más personal. Hay ciertos temas que están en otros trabajos míos, pero esta novela es más introspectiva. Me costó escribirla. La primera versión no, pero sí varias reescrituras.

–No es una novela negra ortodoxa, ¿esto es ir un poco más allá?

–Ay, no lo sé. Te voy a decir porque no diré nada, es que si digo algo pongo en desprecio a la novela negra, que yo respeto mucho y que no la considero menor en nada. Es un estigma que sufrimos en el mundo hispanohablante, en el mundo anglosajón no existe eso.