Durante 35 años, José María Pérez Gay se ha dedicado a presentar y representar, difundir y transmitir, traducir y adaptar la cultura alemana al horizonte mexicano. Esa aventura empezó en los años setenta, cuando el joven Pérez Gay tradujo por primera vez algunos pasajes y aforismos de Walter Benjamin para el suplemento “La Cultura en México”. En esas páginas de periodismo literario, José María Pérez Gay ofreció fragmentos pioneros de escritores como Musil, Kraus, Broch, Roth, Canetti, Elias, Kafka, Arendt, Celan: trozos de diarios, cartas, aforismos, ensayos, relatos. El ensayo narrativo se convirtió en el género en el cual se sentía más cómodo el traductor, el escritor, el intérprete de la cultura alemana.

Las páginas de La profecía de la memoria –su más reciente libro– reúnen retratos, episodios, repasos de Walter Benjamin, Hanna Arendt, W. G. Sebald, Peter Sloterdijk. La vida y la obra, la época y la historia, el cuerpo y la sombra. Escribe Pérez Gay: “El ensayista es, según Sloterdijk, un silencioso testigo que nos mira pensar, gozar, sufrir y, en una palabra, vivir”. De eso trata también La profecía de la memoria: de un testigo y del paso del tiempo. Los ensayos de este libro atraen de nuevo para los lectores en español a escritores centrales de la literatura alemana. Esta galería muestra a su autor en esa vasta extensión que llamamos memoria y literatura. José María Pérez Gay: una vida mexicana en Alemania; o bien, una vida alemana en México.

Con el permiso del autor y de Ediciones Cal y Arena reproducimos un capítulo de su obra La profecía de la memoria.

Para llegar a Otto Gross: Una fantasía literaria

En 1986 yo vivía en Viena. Alquilaba un departamento en la Sterngasse, el corazón del barrio judío, una calle en el centro de la ciudad. Había llegado cuatro meses antes, en diciembre de 1985; disfrutaba por primera vez de mi año sabático. El departamento era minúsculo y estaba lleno de libros. El dueño, Johann Baldanza, profesor de literatura austriaca, vivía en Yale y yo le arrendaba el departamento. Los azares de la vida académica me llevaron a estudiar la cultura vienesa del novecientos. Tenía una ventaja: había estudiado en Berlín Occidental, hablaba y escribía alemán, conocía las fuentes directas y las investigaba sin dificultad. Había vivido dos años en Viena, trabajando como agregado cultural en la Embajada de México.

Los meses que pasé en Austria fueron ricos teórica y vitalmente. Por el contrario, el intercambio con amigos y conocidos fue casi nulo. Al comenzar el año de 1985 me había apartado de México. Vivía inmerso en la historia del Imperio Austrohúngaro. Viena era, para mí, una ciudad más que inventada, reconstruida por la memoria y la imaginación de la literatura. Julio Cortázar decía en uno de sus libros que después de conocer Viena no seguía recordándola como la había visto en la realidad, sino como la imaginaba antes de conocerla. Me sucedía lo mismo. Yo la recordaba más bien como la Viena que describió Robert Musil en su novela El hombre sin atributos.

Mi idea fija y secreta era escribir un libro de ensayos sobre cuatro escritores austriacos. Mi propósito: unir la tensión finísima y poderosa de la novela, el amor a la biografía y el rigor de la historia social y literaria. Si lograba salir adelante de esta encrucijada rara y dichosa escribiría una suerte de mosaico biográfico durante el crepúsculo del Imperio. Me unían a estos autores afinidades artísticas e intelectuales, debates filosóficos y políticos. Me dispuse a pasar esos meses leyendo relatos desaforados e inolvidables: tristes historias de amor, terribles lecciones políticas, críticas de libros magníficos, aforismos, cartas, diarios de escritores desesperados que vivían el derrumbe de un imperio, la certeza de la desesperanza y, al final, la literatura como un antídoto contra el veneno lento de la realidad.

Recuerdo esa mañana de abril en la Biblioteca Central de Viena. Una mujer rubia y regordeta me entregó mi trabajo de esa semana: siete legajos de papeles, notas y manuscritos, una carpeta azul cuya tapa tenía un letrero amarillo y un escudo de la Universidad de Viena: Joseph Roth: Crónicas periodísticas y correspondencia. Pasé dos meses leyendo la correspondencia de Roth; cada una de sus cartas fue un descubrimiento y, con frecuencia, un encantamiento. La prosa de Roth me sedujo pero también su vida secreta, mitad galiciana, mitad vienesa y mitad exiliada. Su mitomanía me dejaba perplejo. Nada más alejado de la novela catedralicia que la sencillez de sus relatos; nadie como él examinó el trasfondo irracional y angustiado del Imperio Austrohúngaro en su crepúsculo y la transformación de esos impulsos en una nueva e incontenible nostalgia. Náufrago de todos los mares, peregrino en todas las tierras, Joseph Roth consideró en 1939 la posibilidad de emigrar a México. Me sorprendió leer que Miguel Grübel, su primo, vivía en la colonia Hipódromo Condesa de la Ciudad de México; en sus cartas, Roth le preguntaba una y otra vez sobre las condiciones para obtener la visa mexicana de residencia. Grübel le escribía que habitaba un departamento frente al llamado Parque México, donde los encinos empezaban a crecer.

Esa mañana apenas le di un vistazo a las crónicas y reportajes porque, revisando la correspondencia de Roth, encontré dos cartas que, por error o negligencia, algún empleado del archivo había puesto en el mismo atado. Las cartas me sorprendieron. No conocía al autor, ni a la destinataria de una de ellas; un mensaje largo y escrito con pluma fuente gruesa, tinta color negro, siete hojas en la caligrafía alemana de principios de siglo, apretada y casi indescifrable, que habían sobrevivido al poder corrosivo del tiempo. El papel tenía grabado en el extremo superior derecho un nombre en letras de molde: Dr. Med. Otto Gross, neurólogo y psiquiatra. Fotocopié las cartas y las guardé en el portafolios.

Al anochecer, regresé a mi departamento, rendido. Cené en la cama y releí las dos cartas. La primera fechada en junio de 1908; la otra, en julio de 1914. Para mi sorpresa, la primera estaba escrita en un manicomio: la clínica psiquiátrica de Burghölzli, en Zürich, Suiza. Mi repentina fascinación no era inexplicable: un médico psiquiatra, al parecer muy conocido, se encontraba cautivo —bajo protesta— en la clínica. En la primera carta le pedía auxilio a una mujer, cuyo nombre, Frieda von Richthofen, me remitía al Barón Rojo, Manfred von Richthofen, un héroe de la fuerza aérea alemana durante la Primera Guerra Mundial. El doctor Otto Gross mencionaba además su propia adicción a la morfina, explicaba que Sigmund Freud había ordenado su internamiento, y que su médico, el doctor Carl Gustav Jung, había equivocado el diagnóstico con la intención de mantenerlo en cautiverio. Hablaba con furia del psiquiatra suizo, como de un loco iluminado y convencido de que “sin la ayuda de los gurús gnóstico-mítricos que habitaban en un espacio atemporal, la Tierra de los Muertos, nunca hubiera podido llegar al descubrimiento de la psicología analítica del Inconsciente colectivo” ni, mucho menos, a los Arquetipos, sus pequeños dioses. Según Otto Gross, Carl Gustav Jung, el psicoanalista suizo, creía ser un Dios; Parsifal, el héroe wagneriano, era para él un Cristo pagano y redentor, y en su adolescencia se dedicó con devoción a los misterios wagnerianos de Parsifal. En esa época, Jung imaginaba ser miembro de una orden secreta cuya misión era salvar el Santo Grial. En el fondo —decía Gross—, era un gran simulador. Además, Gross temía que su padre —un jurista muy poderoso— se hubiera confabulado con Jung para encerrarlo en la clínica; en esas líneas protestaba ante la injusticia. Todo me parecía increíble.

La segunda carta —escrita seis años después y dirigida tam- bién a Frieda— apareció publicada en una revista, una carta abierta en Die Zukunft, que dirigía el escritor Maximilian Arden. No sin dificultad —de nuevo el asunto de los manuscritos alemanes— volví a leer la primera carta; había algo en su tono que me convenció de las realidades que el autor describía. Un caso que encerraba otra historia de la cultura vienesa:

Frieda [Weekly von Richthofen]:
Desde el 11 de mayo me encuentro internado en la clínica psiquiátrica de Burghölzli. Sigmund Freud firmó la orden de reclusión, Ludwig Biswanger la confirmó y Carl Gustav Jung se hizo cargo de mi terapia. Jung me ha diagnosticado dementia precox —una enfermedad inexistente. Carl Gustav Jung es un antiguo conocido y ahora mi juez más severo: tiene a su cargo mi tortura. Me han encerrado en este manicomio y afirman que padezco una adicción incurable. Ayer logré conseguir una pluma fuente y tengo conmigo algunas hojas en mi maletín, puedo escribirte sin muchos problemas. Te preguntarás cómo he llegado hasta este sitio.

Ha sido una confabulación vasta y siniestra, fariseos conjurados para desaparecer y destruir a un disidente cuya actitud crítica y anárquica no podían ni pueden soportar. Y el método fue la utilización criminal de la teoría psicoanalítica por un fanático llamado Carl Gustav Jung, cuyos interrogatorios encarnizados y lascivos parecían excitarlo hasta el orgasmo. Aquí, en las catacumbas de los conspiradores, sótano de los enfermos mentales, ya no soy un psiquiatra, sino un paciente más y todo me amenaza. Vivo en un cuarto que es —aunque lo disfracen bien— una celda. Mi sensación de desamparo en este manicomio se convierte pronto en desasosiego y después en rabia.

¿Contra quién? ¿Contra mi padre que me ha traído hasta aquí, o contra mi amigo Carl Gustav Jung, médico todopoderoso, psiquiatra invencible, quien me trata como si fuese un demente? Contra ambos. Si se trataba de apartarme de mi adicción a la morfina o a la cocaína existen terapias más seguras; pero no esta cárcel llena de venerables letrinas. El síndrome de abstinencia me asalta en las noches, cuando pasa el efecto de los sedativos y regreso a la gruta de la opresión; busco entonces en el baño una dosis de morfina, me imagino una jeringuilla oculta detrás del excusado. Alucino. No hay nada. Me dan citas sin fecha para que siempre aguarde, retrasan dos o tres días la consulta. […]

Mi padre quiere destruirme; no me perdonará un solo error, si me descuido seré una más de sus víctimas. El profesor Hans Gross es, al mismo tiempo, juez y policía. En cambio Jung me ha diagnosticado dementia precox, una enfermedad que nadie puede definir, un invento del profesor Kraepelin. Jung olvida que él se analizó conmigo y que conozco su patología. Recluido en este manicomio, me he sometido a su terapia, una tortura. Ante sus colegas afirma que tiene la esperanza de curarme pronto.

Carl Gustav se ha convertido en mi verdugo, como si no nos conociéramos desde hace tantos años, como si yo no hubiese sido a la vez su psicoanalista, y no me debiera su dominio de la teoría psicoanalítica. Quiero salir de aquí cuanto antes. Los psiquiatras reconocen a los verdaderos dementes sólo cuando, después de su internamiento, logran el espectáculo de la conducta exasperada y la camisa de fuerza. La diferencia entre los psiquiatras y los otros enfermos mentales es la misma que existe entre la locura convexa y la cóncava. Los psiquiatras “cultos” sólo pueden leer de derecha a izquierda: contemplan la vida como caminos en la niebla. Además, describen con maestría los síntomas de la enfermedad, que coincide siempre —por una insondable casualidad— con la enfermedad imaginaria del paciente. Siempre he creído en la índole moral —la naturaleza práctica— del error. La solemnidad y la soberbia son productos de voluntad perversa o de razón extraviada. […]

No quiero dejarme confundir por la desesperación. El psicoanálisis no es una revelación divina, ni tampoco la transformación de nuestra naturaleza; cuando mucho es un método para disminuir un poco, casi nada, nuestra indigencia erótica y sexual, así como para detener siquiera por unos años la catástrofe social que se aproxima. Karl Kraus tiene razón: el psiquiatra se comporta ante el neurólogo como el astrólogo ante el astrónomo. En la ciencia de la psiquiatría, la interpretación astrológica siempre estuvo presente. En primer lugar los cuerpos celestes determinaron nuestro destino: después llevábamos en el pecho el destino de las mismas estrellas. Luego llegó la teoría de la herencia y todo cambió. Ahora Sigmund Freud nos impuso un nuevo alfabeto, leímos de otro modo nuestras experiencias. Las estrellas no están en nuestro pecho sino en los pechos de nuestras nodrizas. Todo depende de cómo nos alimentaron. Si nos gustó o no su leche, y nuestras madres y sus nodrizas serán cruciales para el porvenir.

Si escapo algún día de este infierno, quiero verte. ¿Dónde? ¿En Munich? ¿En Ascona? ¿En París? La asociación libre es inevitable: ahora regresan a mi memoria nuestros días en Munich, cuyas calles desiertas nos gustaba recorrer a las altas horas de la noche, turbando el sosiego de los gatos, que huían espantados al vernos pasar. ¿En el Café Stephanie donde te vi la primera vez? Siempre que llegan noticias tuyas, pienso en el mundo que ambos descubrimos: tu alegría y tu asombro al descubrir que eras una mujer multiorgásmica, los días encerrados en aquel departamento de Schwabing. Tomarte por los hombros, apretarte contra mí y besarte en plena boca —la mujer que me enseñó a besar. Tiempo de explorarte, de buscarte con los dedos y la boca antes de sentir el arco de tus piernas y entrar en una brasa viva, enredarme en lianas rubias, besar esas brasas cuantas veces sea necesario, quemarme y sentir dedos como de bronce que me acarician mientras una voz rota y jadeante repetía “ahora, ahora”, pedía “más, más”, me nombraba “Otto, Otto”, me definía “amor, amor”, escogía “así, así”, hasta un primer abandono que no duró mucho y luego bebí las riadas de ese Nilo.

Después el goce de aceitarte el cuerpo con esas esencias extrañas que, según tu hermana Nusch, procedían de Ceylán. Sí: festejaba entrar en ti tantas veces como fuese necesario. Nuestros cuerpos inventaron un ritmo y una entrega casi absolutos. Me volvía loco cuando tenías esa cadena interminable de orgasmos prolongados. Debo confesarte algo: jamás imaginé que una mujer pudiera eyacular sin límites. Tú eras el hombre por instantes; yo, la mujer. Me parecía increíble tu placer, terminabas extenuada, pero el poco aliento era suficiente para no permitir que te arrebataran el impulso. Mientras la fuente brotaba incesante, te subías encima y el equívoco hacía más efusiva la intensidad de la recepción. ¿Por qué recuerdo ahora todo esto?

Salía del apartamento de Schwabing lleno de ti, te sentía como bien perdido y ansiaba nuestro próximo encuentro, me perseguía tu olor. Los olores se guardan por sí mismos; pero lo que en realidad sorprende y causa asombro es que existan ciertos olores que pueden “guardarse” tal como se guarda cualquier objeto, y si digo ciertos olores —como el olor de tu sexo— es porque me refiero a los que uno ha creado, y que por lo tanto forman parte de una vida, es decir, aquellos olores que son propiedad de uno, y de los que uno se ha posesionado, a diferencia de aquellos otros que no tienen dueño y cualquiera puede guardar, como, pongamos por caso, el olor de una flor o de una sustancia cualquiera, que es patrimonio de todos. Debemos darnos cuenta de que un olor es una vida, y que habrá que vivirlo y habrá que forjarlo. En realidad un olor es una vida, en definitiva: una obra.

Quizá algún día nos daremos cuenta de que, en nuestra civilización, la monogamia es el verdadero crimen; que en el orden existente de las cosas, nuestra sociedad nos impide vivir y que sólo nuestros cuerpos pueden llegar a redimirnos. No quiero irme de estas líneas sin antes decirte, Frieda, que eres la encarnación de esa certeza. Siempre te dije —y te lo vuelvo a decir ahora— que eres la mujer del futuro. Nunca pierdas la fuerza de la resistencia, el orgullo de ser mujer. Por tu modo de fascinar a los demás, por tu vida secreta, porque naciste para la libertad y sólo para la libertad, debes permanecer fuerte. No debes derrotarte, ni mucho menos permitir que te derroten y te humillen.

En algún apartado rincón del universo centelleante —perdido en innumerables sistemas solares— existió alguna vez un astro en el que animales inteligentes —si recuerdo bien a Nietzsche— inventaron el conocimiento. Se convirtió en el instante más altanero y falaz de la historia de esos animales; sin embargo, fue sólo un instante. Millones de años después, el universo se sacudió con inmensos estertores, nuestro astro se congeló y los animales inteligentes desaparecieron sin dejar rastro.

Si acaso hubiéramos inventado esa fábula, no habríamos ilustrado qué lastimoso, sombrío y caduco, qué estéril y arbitrario es el estado en el que se presenta el intelecto humano dentro de la naturaleza.

Veo el manicomio a la hora del cierre de las oficinas, cuan- do todos se van y apagan las luces. La clínica psiquiátrica de Burghölzli es una fortaleza sitiada por sus mismos habitantes. Es la hora de la desolación, sólo quedan enfermeros y celadores. Los esbirros de Carl Gustav Jung llegan por mí, me conducen a mi cuarto. Sé que por muy breve tiempo Jung y yo fuimos amigos. Poco después nos odiamos como se odian los verdaderos enemigos, fue una ruptura abierta. Entre todas las rutas a mi alcance elegí siempre la de perfeccionar la realidad; el opio y la morfina me han ayudado.

¿Dónde está Peter, tu sobrino, mi hijo, su madre, tu hermana Else? Peter es un fantasma que me asedia, otra cuenta que debo y nunca he podido pagar. Mi hijo me persigue, quiero verlo y reconocerlo. Además quiero explicarte por qué también mi esposa, Frieda, acepta sin motines emocionales nuestros vínculos. Cuando estaba con ella recordábamos siempre a las hermanas Else y Frieda von Richthofen; yo me enardecía siempre pensando en ti y en tu hermana, me envolvía el excitante espejismo de estar juntos… todos juntos.

Else ha desaparecido de mi vida: Elisabeth, Else, Amélie Sophie von Richthofen. En el fondo, aunque no quieras aceptarlo, el profesor Max Weber, su consejero, vive enamorado de ella. Hace más de un año le envié un ensayo para su publicación en el Archivo de las Ciencias Sociales. Weber, tú lo sabes, lo rechazó con una furia digna de mejor causa. En esa ocasión Else me transcribió fragmentos de su carta: un auténtico ataque de celos del profesor enamorado, el Otelo de Heidelberg, el gran acróbata de la represión. El sabio profesor alemán no es sino un analfabeta de sus emociones. Else se equivoca: Weber no es un hombre de brazo fuerte y corazón generoso.

Si tomas el camino que siempre acostumbras recorrer, donde te aguarda alguien que te odia desde hace tiempo, te ataca y asesina, hablamos de la necesidad de los hechos: premeditación, alevosía y ventaja. Si tomas el camino que nunca habías recorrido, donde alguien aguarda a otra persona, porque desea asesinarla y te confunde, se lanza sobre ti y te acuchilla, hablamos entonces de un azar. Al extender la necesidad por la intención o la absurda necedad, hablamos de un desafío del destino.

El azar puede tomar formas todavía más extrañas. Por ejemplo, caminas por un sendero que desconoces, muy lejos de tu rutina diaria, y te sale al paso un loco que te asesina. Desde una perspectiva lógica, el azar y el destino no son antagónicos, sino más bien idénticos. Hans Gross, mi padre, ha tejido esa madeja de trampas y delaciones que me han traído hasta el manicomio de Burghölzli.

Tres horas después.
Ha transcurrido mucho tiempo.
La demostración, a lo lejos, de que existes.

Al cabo de la tenaz vigilancia de los enfermeros llega la noche y su sosiego. Ha pasado la barahúnda de los enfermos que escapan de la realidad, el carnaval de los dementes que gritan, se mueven, se distorsionan y juegan todo el día; tal vez sus hemisferios cerebrales dañados vean una imagen indescifrable y perpetua. Después ingresamos en nuestras celdas o cuartos, cierran las puertas y nos cubre el silencio. Frieda, ¿por qué en todo el mundo sólo hay este cuarto miserable para mí? ¿Sólo por mi consumo de opio y morfina?

En la esperanzada soledad de la noche, te siento regresar como antes. ¿Recuerdas mi deseo de ocultarme, de no transigir con los fariseos, de permanecer siempre a tu lado? Cuántas veces he estado esperando que alguien abra las puertas de esta prisión. En el manicomio de Burghölzli —lo conozco de memoria, ya estuve aquí otras veces— nada ha cambiado. La morfina me ha dado la vida y, quizá, algún día me dé la muerte.

No sé qué tiene el aire de estas paredes, pero no es aire. Me asfixia y duele. No puedo seguir escribiendo, apagan las lámparas del corredor muy temprano, además se acabó la tinta de esta pluma, ojalá logres descifrar estos signos y garabatos. Todo me punza. Cuánto daría por verte y oírte; ahora tener entre mis manos tus cabellos; ahora embeberme en tu sexo. Frieda, que tú existieras. ¿Qué viento me dirá que me has oído? Si recibes estas líneas, será la señal de que soborné al celador y, si tengo fortuna, el próximo lance será escapar de este manicomio. Por favor: si llegaras a recibirla, no acuses recibo de esta carta.

Otto.

Un patriota del cielo

Mi asombro al releer la carta no se ha borrado ni se borrará. Describía un mundo desconocido, para mí, al cambiar el siglo; una contracultura radical, como se le llamó después, uno más de los diversos rostros de la cultura vienesa y de la bohemia anarquista de Munich. Me quedó claro que Gross era una persona adicta, desvalida y dotada de grandes poderes. ¿Cuáles? Más que un psicoanalista fue un anarquista, un patriota del cielo, patriot of heaven, como diría Herman Melville, un ciudadano del mundo, un weltbürger, como diría Nietzsche.

En 1909, Carl Gustav Jung le escribe a Freud:

Otto Gross y Sabine Spielrein son para mí dos experiencias demasiado amargas. A ningún otro de mis pacientes le ofrecí tanta amistad, una relación tan abierta y profunda como a ellos dos, y con ningún otro, como con Sabine Spielrein y Otto Gross, coseché tanto fracaso y dolor.

Igual que en muchas otras ocasiones, Jung miente y manipula a la distancia al profesor de Viena.

De pronto me vi en el centro de un círculo: frente a mí un psiquiatra —¿o un psicoanalista?— adicto al opio, la morfina y la cocaína; una mujer, su amante devota o una aventura efímera, cuya hermana había sido también su amante y había tenido un hijo suyo. Un devoto de la orgía. ¿Dónde había escuchado antes el nombre de Otto Gross? No conseguía recordar dónde ni cuándo, mi memoria se desvanecía; quizá era una suerte de alucinación verbal, sonaba muy parecido a otros nombres breves: Otto Rank, por ejemplo.

No comprendía claramente cuál era el significado de esas cartas; diré en mi abono que, por ese entonces, sus protagonistas tampoco lo sabían. ¿Quién era Frieda Weekly von Richthofen? Muchos años después me enteré que llegaría a ser la mujer de D. H. Lawrence. Entonces no encontré una respuesta y olvidé la historia. ¿Quién era este psiquiatra encerrado en un manicomio? ¿Un paciente de otro psiquiatra: Carl Gustav Jung? ¿Se psicoanalizaban entre ambos? ¿Qué decía Sigmund Freud, el padre fundador, de esta suerte de incesto psicoanalítico? Por otra parte, ¿quién es y por qué habían recluido a Otto Gross? ¿Lo despojaron de sus derechos sólo por su adicción a la morfina o a la cocaína? Las luchas más cruentas tienen lugar entre hermanos; los rencores más prolongados, en la propia familia.

Guardaba las dos cartas que había encontrado en la correspondencia de Joseph Roth. Estaba seguro de que escondían una historia desconocida, al menos para mí. ¿Quién había mencionado antes el nombre de Otto Gross? Seguí buscando en la memoria, pasé días tratando de recordar ese texto sobre Otto Gross entrevisto una mañana en México, a sabiendas de que quizá nunca lo recordaría. ¿Dónde lo había escuchado? ¿Quién hablaba de Otto Gross? ¿Cómo era ese Otto Gross secreto? —fue la pregunta que me hice, en abril de 1986, cuando descubrí esa carta cuya destinataria era Frieda Weekly von Richthofen.

A partir de esas referencias fugaces, me empeñé en la tarea de investigar quién había sido Otto Gross, porque algunos de sus biógrafos póstumos parecían interesados no sólo en ocultar su vida, sino también en tergiversar los hechos. Necesité tres años de búsquedas meticulosas, de entrevistas imaginarias, de reconstrucciones que parecían imposibles, hasta rescatarlo de la memoria de sus contemporáneos sin nombre que de veras compartieron su ansiedad cotidiana, su adicción irredimible y su desmoronamiento final. Pero a veces ocurre lo inaudito, los fantasmas del cerebro trabajan.

La suspicacia de Kafka

Una tarde, al recorrer con ojos distraídos un estante que guardaba las obras de Franz Kafka, me detuve de pronto y sin motivo ante el volumen: Cartas a Milena. Movido por un impulso indefinible, lo retiré del estante y, de pie, me dispuse a hojearlo. Al pasar las páginas, en la sección del año 1920, encontré por fin el testimonio que buscaba.

Milena:
[…] A Otto Gross lo conocí muy poco. Sin embargo, me di cuenta de que era una persona muy atractiva y seductora. Cuando se dejaba arrastrar por su don verbal, el resultado era sorprendente, sus palabras eran seres animados; sólo así se explica la fuerza de su atracción. Algo muy importante sucedía con él, tan importante como para que yo sacara la mano de mi bolsillo y lo saludara. Recuerdo el ánimo desconcertado de sus parientes y amigos —la esposa, Frieda Schloffer, encinta, el cuñado, el mismo bebé, enigmático y silencioso, entre las bolsas de viaje (no debía caerse de la cama cuando estaba solo), que bebía café negro, comía fruta, comía todo lo que uno le daba—, el ánimo de sus parientes recordaba un poco al ánimo de los seguidores de Cristo cuando están bajo su amparo. En esa ocasión, yo venía de Budapest, adonde me había acompañado Felice, mi prometida, y continuaba rumbo a Praga, muy desgastado, donde me esperaba el coágulo de sangre en la garganta. Otto Gross, su esposa y su cuñado viajaban en el mismo tren nocturno. Anton Kuh, el cuñado —unas veces tímido, otras más suelto— cantó y estuvo haciendo ruido la mitad de la noche; la esposa se apoyó en una esquina, en la mugre —nuestros lugares estaban en el corredor— y se durmió arropada por su esposo sin mucho éxito.

Otto Gross intentó contarme algo toda la noche, salvo breves interrupciones en el camino, que aprovechaba, quizá, para inyectarse o inhalar una dosis de cocaína en el baño —al menos así me parecía. No entendí una sola palabra. Me explicó su doctrina con ayuda de un pasaje de la Biblia que yo no conocía. Sin embargo, por cobardía y cansancio no se lo dije. Una y otra vez interpretaba el pasaje, una y otra vez lo descom- ponía en sus partes, una y otra vez le añadía nuevos detalles y exigía mi aprobación. Mientras Gross me devoraba con los ojos, yo asentía de forma mecánica. Por lo demás, aun cuando hubiese estado con la cabeza más despierta, nunca habría entendido de qué hablaba. Mi entendimiento es frío y lento. Así fue pasando la noche. Pero se dieron otras interrupciones. Mientras el tren avanzaba Gross despertaba, eufórico, se ponía de pie, abría los brazos y hablaba sin detenerse, pronunciaba una retahíla de citas y maldiciones; luego se calmaba y dormía […]. Poco tiempo después, en Praga, vi a Otto Gross en una o dos ocasiones. Hablaba de grandes cambios, del tránsito de la mono a la poligamia como la verdadera liberación de nuestras miserias. Al parecer, Gross duda de las ideas, creencias e instituciones de su mundo, por eso sus relaciones con la sociedad no son las naturales de la planta con la tierra que le es propia. No recuerdo nada más.

Franz Kafka

Después de leer la carta cambié un imaginario y fugaz mensaje con el fantasma de Kafka: resultaba revelador que yo encontrara a Otto Gross entre sus páginas. Por otra parte, Willy Hass, el editor de Cartas a Milena, escribió una nota al pie de página:

Otto Gross: El 12 julio de 1917, a su regreso de Budapest, Kafka viajó a Praga vía Viena en compañía del psicoanalista Otto Gross (1877-1920) y su cuñado, Anton Kuh (1881-1941), un escritor muy conocido en esa época. Milena, que conoció a Otto Gross en el círculo de escritores del Café Central y, más tarde, en el del Café Herrenhof, le informaba a Franz Kafka de la muerte del psicoanalista. Su muerte temprana, el 13 de febrero de 1920, en Berlín, se relacionó siempre con su severa adicción a las drogas.

No es extraño que me haya intrigado la suspicacia de Kafka. Al leer su carta no encontré un enigma psicológico, sino el resultado de un encuentro fortuito. Las historias del psicoanálisis han borrado la memoria de Otto Gross; desterraron con espanto sus máscaras sucesivas y transitorias.

Viaje a la semilla

Otto Gross nace en Estiria, Austria, en 1877, hijo de un eminente criminólogo burgués de Graz que le encaminó hacia la psiquiatría. Pronto destacó en el ámbito psicoanalítico de Viena y Zurich. En el congreso psicoanalista de Salzburgo, en 1908, Gross defendió la tesis heterodoxa que situaba el origen de las enfermedades psíquicas no en la esencia misma de la sexualidad sino en su relación con la sociedad: la etiología de las neurosis pasa por la comprensión de la interacción conflictiva entre individuo y sociedad.

Instalado en Munich a partir de 1906, frecuenta los medios artísticos y políticos de Schwabing, el barrio latino de la ciudad, y no tarda en integrarse al grupo anarquista de Monte Verità, en Ascona —un reducto de ideas y experiencias anarquistas y alternativas, entre la revuelta y la marginalidad. Según afirma Eric Mühsam —anarquista, poeta, dramaturgo y ensayista—, Gross fue una figura clave del primer periodo de Ascona. Allí desarrolló su idea de llevar el psicoanálisis a reconocer el peso del condicionamiento social en la experiencia psíquica, y enfocó su trabajo de psicoanalista en el empeño de un cambio revolucionario de la sociedad.

Desarrolló su crítica al patriarcado —que se inaugura con la vio- lación y se basa en la vinculación jurídica de los individuos bajo el poder y la autoridad— y abogó por la vuelta al matriarcado comunitario, basado en la solidaridad entre los individuos. Criticó a la familia y la monogamia (y su forma más patológica, la poligamia), en busca de formas libres de la vida sexual.

Perseguido por su padre, que logró internarlo varias veces, lleva una vida militante hasta que se establece en Berlín, donde entra en relación con Franz Pfemfert y el núcleo de la revista expresionista revolucionaria Die Aktion. Vive en casa de Franz Jung, donde es detenido en 1913 por la policía prusiana, acusado de anarquista, y es expulsado a Austria, donde a instancias de su padre es internado en un manicomio de Viena. Gracias a una extensa campaña de solidaridad entre los intelectuales más radicales de Europa, recupera la libertad. Durante la guerra se moviliza como médico en distintos frentes. Después lleva una vida errante y miserable determinada por la soledad y la droga. En estas condiciones muere en Berlín, el 13 de febrero de 1920.

Con todo, durante estos años logra escribir la mayoría de sus trabajos. En Die Aktion publica, en 1913, el manifiesto “Cómo superar la crisis cultural”, réplica a Gustav Landauer sobre la importancia revolucionaria del psicoanálisis. Para Gross, la revolución, apoyada en la psicología del inconsciente, puede contemplar la relación entre sexos bajo un plano más libre y feliz: lucha contra la violación, contra el padre y el derecho patriarcal, para restablecer el derecho matriarcal. En 1918, en “La concepción fundamentalmente comunista de la simbología del paraíso”, analiza la institución patriarcal —que pone el acento sobre la unión legal entre los individuos—, y el sistema matriarcal —que reparte derechos y deberes, responsabilidades y obligaciones entre individuos, por un lado, y la sociedad por otro. El matriarcado, que la revolución comunista debería restaurar, no conoce ni el poder ni la sumisión, ni la autoridad, ni el matrimonio, ni la prostitución.

En 1914, el doctor Gross publica “La destrucción simbólica” en la revista Zentralblatt, inspirado en Sabina Spielrein —gran pionera del psicoanálisis, aunque casi ignorada—, quien había empezado a hablar de la oposición entre el yo y la sexualidad, y a considerar que la naturaleza humana se divide entre el instinto de autoconserva- ción y el instinto de conservación de la especie. En la familia, el niño no tiene más opción que permanecer solo o adaptarse; así su voluntad de conservación se transforma en voluntad de poder del yo adaptado a la sociedad. Los dos componentes del instinto de conservación —no querer violar y no querer ser violado— entran en contradicción; el resultado es un conflicto interior entre la voluntad de poder (sadismo) y el abandono de sí (masoquismo) que explica la destrucción simbólica ligada a la sexualidad. Este conflicto interior proviene del prejuicio social sobre la superioridad de lo masculino, del orden familiar patriarcal. En “Tres estudios sobre el conflicto interior”, de 1920, Gross desarrolla extensamente esta interpretación.

La condena del apóstata

El santoral del psicoanálisis está compuesto por los primeros discípulos de Freud, los héroes de esa gesta cultural. Pero ese grupo adquirió muy pronto un sentido militar y político con la consiguiente serie de proclamas, reglamentos, normas y deberes. Una temible severidad puritana gobierna las biografías de los primeros defensores del Inconsciente; dentro de esa historia, como es lógico, no había lugar para Otto Gross.

En febrero de 1908, Freud extendió el siguiente certificado: 248

Yo, Sigmund Freud, médico y neurólogo, certifico que el doctor Otto Gross, profesor adjunto de neuropatología —a quien conozco en persona desde hace muchos años— necesita de modo urgente recluirse en una clínica y someterse —bajo una tenaz supervisión médica— a una terapia que lo rescate de la adicción a la morfina, el opio y la cocaína, sustancias adictivas que han puesto su salud en grave peligro.

No obstante, la severidad no sólo se impuso en los discípulos de Freud sino que está presente en cualquier psicoanalista activo. Al hablar de puritanismo me refiero a esa actitud de los terapeutas que, para evitar a toda costa “la contaminación psíquica” de sus pacientes, se aíslan del mundo y se atrincheran detrás de una arrogante y sectaria teología “científica” o, en el peor de los casos, de una sabiduría vaga y hermética, donde sólo habitan los iniciados; un metalenguaje que nadie entiende. Pero estas teologías no empañan el hecho decisivo: el psicoanálisis transformó nuestra conciencia de los conflictos psíquicos.

En los meses siguientes me dediqué a explorar en las historias del psicoanálisis. La carta de Kafka me obligó a emprender una búsqueda más sistemática. Muy pronto encontré una señal en Ernest Jones, el primer biógrafo de Freud:

En 1904, nos encontramos ya con dos científicos que habían avanzado más en ese campo. Otto Gross, nacido en la ciudad de Graz, era una cabeza genial que, para su desgracia, se hundió después en la esquizofrenia. Gross publicó un artículo en el que contraponía de un modo brillante la disociación de ideas descrita por Freud con la disociación de la actividad consciente que se manifiesta en la demencia precoz; a lo que siguió un ensayo muy original, donde la teoría de la libido de Sigmund Freud, con sus conceptos de represión, simbolismo, etcétera, era ampliamente admitida. Gross fue el primero que me instruyó en la práctica psicoanalítica, realicé con él una suerte de psicoanálisis didáctico: me permitió siempre estar presente en los casos que atendía. Más tarde convencí a Gross de que no acusara en los tribunales al profesor Emil Kraepelin, el psiquiatra más poderoso de Alemania, el káiser Kraepelin, como le decían. Otto Gross estaba empeñado en mostrar su ignorancia del psicoanálisis y, si la suerte lo ayudaba, lo pondría en evidencia ante todo el mundo. En marzo de 1908, Otto Gross se sometió a un tratamiento en la Clínica de Burghölzli, donde Carl Gustav Jung, después de haber apartado a Gross de su adicción a la morfina, imaginó ser el primero en curar un caso de esquizofrenia.

Carl Gustav Jung me contó que una vez la sesión con Gross se prolongó durante veinticuatro horas, hasta que las cabezas de ambos quedaron inclinadas como las de los mandarines chinos. Sin embargo, un buen día Otto Gross escapó de la Clínica Burghölzli y al día siguiente le envió una nota a Jung pidiéndole dinero para pagar la cuenta del hotel. En la Primera Guerra Mundial, Gross se alistó en un regimiento húngaro: antes de que la guerra llegara a su fin, su vida acabó con un asesinato y un suicidio.

La segunda carta de Otto Gross a Die Zukunft estaba destinada al director y escritor Maximilian Harden. La carta —me enteré después— se publicó en la revista y apenas se distribuyeron algunos ejemplares, porque la Primera Guerra Mundial tocaba a las puertas de Europa.

Estimado señor Harden:
Por el decreto del 9 de enero de 1914, el diario oficial de Viena dio a conocer que he sido privado de mis derechos. Quiero decir: por mi supuesta locura, me han retirado mis derechos ciudadanos. Mi padre será a partir de hoy el encargado de mi tutela y, sobre todo, de mi vigilancia. Les suplico como sólo puede suplicar alguien que está en el fondo del infierno: por favor, ayuden a mi mujer y a sus hijos. Es mi absoluta voluntad que Frieda Shloffer de Gross, mi esposa, conserve sus derechos de madre; que ella —y sólo ella— tenga derechos sobre sus hijos. No sólo me han privado de mis derechos, sino me han retirado también toda posibilidad de garantizar sus derechos y su libertad. Sé que Frieda vive con la angustia de que mi padre le quite a los niños. Esa posibilidad existe ahora más que nunca. ¡Ayúdenla, por favor!

Mis hijos —que nacieron para ser libres y que representan una esperanza viva para el futuro— no pueden caer en las manos de mi padre… No quiero imaginarme el destino de los pequeños bajo su tutela, no quiero imaginarme el estado anímico de su madre. Y repito: me han confinado y no puedo defenderlos.

Quiero narrar lo que ha sucedido y el estado que guarda mi caso: Después de que me deportaron de Berlín como un delincuente extranjero (por mi adicción a la cocaína), se me puso ante la alternativa: retirar mis derechos o suprimir el carácter subversivo de mis ideas. Hay tres acusaciones en mi contra, que hablan de mi persona como un ser peligroso y antisocial. Sin embargo, creo que puedo responder a fondo por lo que hice. No estoy dispuesto a aceptar que los logros de mi vida —todo lo que he escrito y vivido— sean ahora una manifestación patológica de mi personalidad.

La primera acusación: el 7 de mayo de 1906, le di a la señorita Lotte Chatemmer, en Ascona, Suiza, el veneno que me pedía para suicidarse. Es cierto, pero no es toda la verdad. Ya lo he dicho en otra ocasión: se lo proporcioné y, de esa manera, le evité una muerte más dolorosa. Debo decir que hice todo lo posible para evitar el suicidio. Le di el veneno poco antes de marcharme de Ascona, pero regresé a verla y le pedí otra vez que me acompañara a la ciudad de Graz; en todo caso, que me permitiera ayudarla, que aumentara las sesiones de su terapia. Dejé el veneno en sus manos, porque estaba convencido de que Lotte Chatemmer se quitaría la vida, y nada ni nadie en el mundo la habría convencido de lo contrario. Por su patología, Lotte iba a recurrir a la manera más violenta de quitarse la vida; quise darle la oportunidad de evitarlo. Debo decir que no hubo negligencia de mi parte ni, mucho menos, un sentimiento de culpa. En todo momento supe que era incurable la psicosis que padecía. Nunca tuve la intención de que se quitara la vida. Por el contrario, no quise verla agonizando con grandes dolores y tormentos. Desde entonces han pasado más de siete años; sin embargo, no me arrepiento ni me arrepentiré de lo que hice.

La segunda: se me acusa también de ser culpable de la muerte de Sophie Benz. Debo decir en mi defensa que la señorita Benz se envenenó porque padecía de una psicosis muy severa. Me recriminan que no la haya internado en un hospital psiquiátrico. Nunca la habría llevado a un manicomio. Éste es mi último consuelo. Deseo comparecer ante un tribunal y defenderme. Sin embargo, no quiero que mi propia defensa se interprete como un momento más de mi perturbación mental y del peligro público que represento. Por esa misma razón, les ruego publicar esta carta.

A pesar de que me he extendido más de lo que preveía, sólo he tocado dos acusaciones en mi contra. Sin embargo, hubiera preferido escribir sobre lo que amo y siento. La tercera acusación se puede resumir así: mi permanente insatisfacción y mi crítica irrevocable del orden social existente. Aun así, reducido a la categoría de “enfermo mental”, debo decir que mis acusadores mienten. Si uno considera esta crítica como manifestación de mi locura y del enemigo público en que me he convertido, no tengo nada que decir. Aunque creo que primero deberíamos definir el criterio de salud mental. Si la adaptación al orden existente significa “salud”, entonces la crítica será, en efecto, una prueba de mi profunda perturbación mental.

Atentamente Dr. Otto Gross

Maximilian Herden, el director de la revista Die Zukunft, añadió un comentario:

El caso Otto Gross
El 9 de noviembre de 1913, cuatro agentes de policía secreta de Berlín detuvieron al doctor Otto Gross en su departamento del barrio de Wilmersdorf. El doctor Gross, colaborador de nuestra revista, es un médico que se ha dedicado con todo empeño a la psiquiatría y la sociología; sus ensayos sobre neurología se han publicado en anuarios especializados. Los agentes acusaron al doctor Otto Gross de ser adicto a la morfina y a la cocaína, lo declararon “extranjero indeseable”, le indicaron que debía abandonar Prusia —el doctor Gross nunca antes se enteró de esas acusaciones— y no lo escoltaron a la frontera de Sajonia, sino que lo llevaron hasta suelo austriaco, donde lo esperaba otro grupo de policías que lo trasladó al manicomio privado de Tulln, muy cerca de Viena, donde permanece recluido. Hemos investigado y podemos decir que no existe ningún proceso judicial en su contra. Sus amigos, personas serias y confiables, aseguran que nunca advirtieron ningún rastro de enfermedad psíquica en la persona de este médico inteligente y talentoso.

Desde el manicomio de Tulln hemos recibido esta carta:

“El padre del doctor Otto Gross —cautivo en el manicomio Tulln— es el mismo profesor y doctor Hans Gross, conocido director del Archivo de Antropología Criminal, célebre criminólogo y magistrado de Austria-Hungría. Padre e hijo se han separado desde hace tiempo. Sin embargo, las mismas personas que aseguran que el hijo nunca padeció ningún género de locura —la adicción a la morfina había desaparecido, y el consumo de cocaína nunca perturbó su conciencia— certifican también que el padre, profesor Hans Gross, no ha visto ni hablado con su hijo desde hace dos años. Si se quiere evitar un escándalo mayor y conservar el Estado de Derecho en Austria, se recomienda con la debida urgencia establecer una comisión de expertos imparciales que puedan poner en claro esta lamentable situación. El doctor Otto Gross, profesor de psicopatología de la Universidad de Graz, logró liberar del manicomio —gracias a un artículo publicado en esta revista— a una joven recluida de forma ilegal.

Un criminólogo implacable

Hans Gross, juez instructor en la ciudad de Graz y, unos años después, profesor de Derecho Penal en las Universidades de Praga y de Czernowitz, en la región de Bucovina, se convirtió en magistrado de la Suprema Corte y pasó a la historia como uno de los creadores de la criminología científica. Su hijo Otto era todavía un niño cuando el juez Gross decidió transformar la criminología en una ciencia autónoma, una suerte de enciclopedia universal, última explicación del mundo. Hans Gross construyó dos museos de historia de los crímenes más célebres, fue el editor de los archivos de antropología criminal y criminología, que dirigió desde 1899 hasta 1915, el año de su muerte. Juez instructor por excelencia, trabajó muchos años con agentes de la policía inexpertos, poco adiestrados y se propuso, como una de las tareas de su vida, entrenar por igual a jueces y policías, darles una formación “científica” y una firme convicción de su autoridad.

Hacia 1893 publicó su Manual para jueces instructores, agentes de policía y gendarmes, una obra insólita en su género. Hans Gross ofrecía en su Manual infinidad de sugerencias para la investigación de crímenes y delitos; se ocupaba de huellas digitales, análisis de sangre; informaba sobre las prácticas de los delincuentes más crueles, de sus modos de torturar y asesinar, del placer que sentían. Su monografía de Jack El Destripador es una descripción minuciosa del criminal nato; además, estudiaba los distintos “cortes” que el asesino acostumbraba trazar en el cuerpo de sus víctimas. Un capítulo lo dedicó a sintetizar la tendencia innata de los gitanos al crimen y las fechorías. Con todo, le dio a los jueces instructores las armas necesarias para seguir una averiguación; dibujó el mapa de casas y departamentos donde se habían cometido crímenes célebres: un estudio del “lugar de los hechos”; describió las armas más usuales, los distintos modos de ocultar venenos y un análisis químico del arsénico. El Manual para jueces instructores, agentes de policía y gendarmes fue un verdadero éxito editorial: sus nueve ediciones y la traducción a cuatro idiomas no hablan sino de lectores ávidos de conocer el mundo de los jueces instructores, de las técnicas policiacas para el interrogatorio de testigos y acusados.

Hans Gross estaba cada vez más convencido de que la criminología, por su naturaleza misma, era una ciencia revolucionaria y uno de los grandes descubrimientos. Su pasión por los hechos manifestaba el espíritu de la época: el Círculo de Viena glorificó de igual modo a los hechos sensibles. “El mundo —escribió Wittgenstein al principio de su Tractatus— es todo lo que son los hechos.” Para Hans Gross, un crimen no era sino un enlace de hechos que debían comprobarse y castigarse. Toda prueba estaba permitida, aunque naciera en otros campos del conocimiento. Hans Gross se atrevió entonces a pisar los terrenos de la especulación, como los de la muy discutida “psicología de la mujer”: subrayó la permanente inseguridad de las mujeres, los testigos femeninos, durante el periodo de la menstruación. La mejor descripción de su carácter la encontramos en la cuarta edición de su Manual:

Quien quiera dedicarse a la ciencia de la criminología debe tener en cuenta dos cosas: en primer lugar exige no sólo un talento especial, sino también —y sobre todo— un enorme sacrificio; una voluntad de acero y una salud a toda prueba, una permanente obsesión por aclarar los crímenes y delitos; en segundo lugar, nunca tener piedad con los sospechosos y, más tarde, con los culpables.

El juez Gross era una voluntad infatigable, hombre de un empeño casi delirante; un coleccionista de hechos delictivos, un teórico polifacético del Derecho. Lo mismo escribía sobre la historia y la persecución de las brujas en el siglo XVII, que sobre la perversidad de los gitanos y el sadismo de su conducta sexual. Pensó y escribió mucho y sobre muchas cosas. A pesar de esa diversidad, la profusión de ideas que enunció, incluso cuando acertaba, no tuvo trascendencia. La imagen que nos queda de Hans Gross es la de un hombre áspero, a veces intratable, de mal humor permanente y obsesionado con los criminales que evaden la justicia. “Un viejo antipático que grita todo el tiempo” —decía uno de sus amigos. En todo caso, sus reflexiones sobre el crimen son interesantes pero nunca tuvieron ese rasgo genial que su autor creía haber descubierto. En realidad, están escritas con el tono de un autoritarismo insufrible: el criminal será siempre un sub-hombre.

La muerte lo sorprendió en 1915, antes de acabar con la existencia de su hijo, quien salió del manicomio de Tülln para servir, durante la Primera Guerra Mundial, como médico forense en el frente ucraniano. Adicto irredimible, Otto Gross terminó sepultado entre la nieve de una tarde de febrero de 1920, en el barrio de Pankow en Berlín. Uno más de los hijos víctimas de su padre, en el sentido literal de la palabra.

Franz Jung narra en su autobiografía Der Weg nach Unten (El camino hacia abajo) la muerte, en Berlín, de su amigo Otto Gross, un personaje muy ligado a los círculos literarios y revolucionarios centroeuropeos de antes y después de la Primera Guerra Mundial, esa etapa definitiva en el movimiento de ideas y tendencias sociales, desde el expresionismo y dadaísmo hasta los círculos anarquistas y revolucionarios: “Una noche se abandonó, arrastrándose por una callejuela y quedó tirado en el suelo. Lo encontraron dos días después… Murió al día siguiente. Así es como estalló y se extinguió la estrella de un gran adversario del orden social”.

 

José María Pérez Gay. Nació en la Ciudad de México en 1943. Narrador y ensayista. Estudió Ciencias y Técnicas de la Información en la Universidad Iberoamericana. En 1964 obtuvo una beca y se trasladó a la República Federal Alemana donde residió 15 años. Es doctor en filosofía y germanística por la Universidad Libre de Berlín. Como miembro del servicio exterior mexicano fue agregado cultural en París y embajador en Portugal. Fue el primer director del Canal 22. Ha traducido a Thomas Mann, Franz Kafka, Robert Musil, Herman Broch, Joseph Roth, Jürgen Habermas, Karl Kraus, Elias Canetti, Paul Celan y Hans Magnus Enzensberger, entre otros. El gobierno alemán le otorgó la Cruz al Mérito en 1992 y la Medalla Goethe en 1995. La República de Austria le otorgó la Gran Cruz de las Artes y las Letras, primera clase, en 1997. Ha escrito ensayo: El imperio perdido (Cal y Arena, 1991), Hermann Broch, una pasión desdichada (2004), El Príncipe y sus guerrilleros: La destrucción de Camboya (Cal y Arena, 2004), La supremacía de los abismos (2006); y novela: La difícil costumbre de estar lejos (1985) y Tu nombre en el silencio (Cal y arena, 2000) . Es colaborador del periódico La Jornada y la revista Nexos.