El panorama de estudios críticos sobre la obra de mujeres muralistas en México es sombrío. Pocas veces son mencionadas en libros de historia del arte, y su producción artística no es objeto de valoraciones estilísticas e historiográficas serias.

Por Ghada E. Martínez

Ciudad de México, 8 de diciembre (SinEmbargo).- Si hubo varias mujeres muralistas, y México fue un país fecundo para este género pictórico, “¿por qué […] no se había intentado escribir una historia del muralismo femenino mexicano?”. Se ha dicho, como menciona Dina Comisarenco, que la escasez de obra mural realizada por mujeres se debe a que el sexo femenino no tiene la fuerza física requerida para este tipo de trabajo. También se ha afirmado que el carácter intimista de la pintura femenina se aleja de los propósitos políticos de la pintura mural. Sobra decir que estos argumentos responden a los paradigmas de un sistema patriarcal bien instalado en México.

Las mujeres que desarrollaron su carrera artística en el país igualaron en talento y técnica a sus colegas masculinos, sin embargo, las estadísticas son reveladoras: de doscientos sesenta muralistas documentados en el país entre 1920 y 1970, sólo treinta y tres corresponden a mujeres. En cuanto a los lugares donde se realizaron las pinturas, destaca que las elaboradas por pintoras se encuentran, principalmente, en museos, iglesias, hospitales e instituciones privadas, mientras que las obras realizadas por varones se encuentran en locaciones estatales. Eclipse de siete lunas. Mujeres muralistas en México es un libro que no pretende desmentir ninguno de estos datos, pero sí remarcar la importancia de la obra femenina, que tiene un valor estético e histórico invaluable, menospreciado por la crítica.

El muralismo fue un ámbito dominado por hombres. Por esto, la escasa producción de estas pintoras fue un acto transgresor que merece ser recuperado y estudiado. Este libro debe considerarse como el primer eslabón en la historia eclipsada de las pintoras del siglo xx. La aproximación de Dina Comisarenco, con un gran trabajo de documentación y análisis del movimiento muralista femenino en México, es un oasis en medio del panorama desértico de los estudios alrededor del tema. Eclipse de siete lunas busca responder a este vacío crítico e historiográfico a través de una exploración minuciosa de las pintoras, su vida y obra.

Eleanor Coen:
Mujeres y niños en el río, 1942. Fresco. Centro Cultural Ignacio Ramírez, “El Nigromante”, San Miguel de Allende. D.R. © Vickie Leonard, p. 203.

Al inicio del movimiento muralista, en la década de 1920, algunos defensores del “arte por el arte” lo criticaron por considerarlo una expresión de carácter panfletario. Sin embargo, se ha probado su trascendencia. Su comienzo respondió, como apunta Comisarenco, a una serie de acontecimientos históricos, así como al surgimiento de artistas e intelectuales dispuestos a participar en las transformaciones sociales de la época. Otro factor relevante es el deseo de reivindicar la tradición de la pintura mural prehispánica. El muralismo surge de la Revolución mexicana y fue herramienta para el cuestionamiento de la identidad nacional y de los valores recién implantados en el país. Las obras estaban destinadas al pueblo y buscaban comunicar máximas a la sociedad. Al encontrarse en lugares públicos no podrían ser objetos comercializables ni sujetos a intereses privados. Los muralistas buscaron plasmar el dolor acumulado por los siglos de historia nacional y las causas sociales.

La cuna del muralismo revolucionario surgió en lo que ahora es el Museo de San Ildefonso, y las temáticas de Conquista y religiosidad fueron el pilar que sustentó la producción artística por décadas. Al México posrevolucionario llegaron varios y destacados artistas de todo el mundo. En los años siguientes, Diego Rivera, José Clemente Orozco y Alfaro Siqueiros se consolidaron como los tres grandes pintores del muralismo mexicano. Mientras tanto, las oportunidades y difusión para las mujeres artistas se reducían cada vez más. Ione Robinson, pintora norteamericana cuya obra tuvo un gran impulso en México, no pudo haberlo expresado mejor: “La Revolución todavía no ha logrado liberar a las mujeres”.

Este libro es un trabajo minucioso sobre la vida y obra de mujeres muralistas entre las décadas de 1920 y 1970; veintidós muralistas, entre ellas Ione Robinson, las hermanas Greenwood, Eleanor Coen, Aurora Reyes, María Izquierdo, Remedios Varo, Fanny Rabel, Elvira Gascón, Valetta Swann, Leonora Carrington, Lilia Carrillo, Sylvia Pardo, entre otras. Este estudio es prueba de que las mujeres muralistas sí tienen la fuerza física, el talento, el conocimiento y la técnica para hacer este trabajo, no sólo es una forma de derribar el mito de que las pintoras suelen retratar, por naturaleza, cuestiones intimistas. El propósito es resaltar la individualidad de cada una de las artistas reunidas, pues, más que un compendio de nombres y datos, es una exploración de la forma en la que la vida personal de cada artista se entrelaza con su obra; es una reivindicación de las particularidades de cada una, así como una aproximación crítica a su producción artística. Como señala la autora, el libro contribuye a la ruptura de prejuicios y mitos alrededor de la pintura mural femenina y demuestra que, aunque no ha sido narrada, la historia del muralismo femenino existe.

A través de la contextualización de sus obras, Eclipse de siete lunas busca la comprensión de la baja productividad femenina en el ámbito mural mexicano y de la falta de estudios teóricos al respecto. Se requiere mucha más investigación acerca de los nombres que no figuran en el libro y de las generaciones, que abarcan desde 1980 hasta la actualidad, de mujeres muralistas ausentes; también, se requieren historiadores del arte que abran el diálogo a partir de las mujeres artistas. Dina Comisarenco dio el primer paso para saldar la deuda historiográfica y para que la obra de estas artistas sea difundida y apreciada: un primer paso valiosísimo y extraordinario.