Nos estamos envenenando y odiando por razones que tienen menos que ver con la razón y más y más con el resentimiento manipulado, el exceso de desinformación, la mezquindad y la ceguera. Foto: EFE.

El perfil que ofrece Facebook para poder definirnos se limita a 160 caracteres, alrededor de 25 palabras, muy poco para construir la imagen que deseamos proyectar de nosotros mismos. Basta ver el perfil de amigos y parientes para darnos cuenta de lo mucho que esas descripciones se alejan de la persona que realmente son. Presunciones aparte, lo cierto es que tres líneas resultan insuficientes para entender la riqueza y complejidad de un ser humano. Eso, que resulta obvio, no parece importarnos cuando tal precariedad se convierte en la fuente a partir de la cual construimos una visión del mundo y formamos una determinada opinión pública.

La vida es eterna en cinco minutos decía la canción de protesta de los años setenta “Te recuerdo Amanda” y en efecto es una eternidad considerando que hoy en día se destruyen reputaciones y personas en 30 segundos de TikTok o 40 palabras de Twitter. El problema es que la conversación pública y la manera en que transcurren los debates a través de los cuales la comunidad construye una perspectiva de sí misma está gravemente comprometida. No hay manera de abordar realidades complejas a través de la retacería de mensajes fragmentados que hoy consumimos.

No solo se trata de que por lo general cada mensaje es una lamentable reducción de un argumento o un sentimiento más complejo, también porque ni siquiera damos a ese mensaje la reflexión necesaria toda vez que va seguido de un verdadero zapping de muchos otros mensajes.

Lo cual nos lleva a la alegoría de los elefantes y los ciegos, que no por manida es menos ilustrativa de lo que estamos diciendo. Según una versión simplificada de la historia, se le pidió a seis ciegos que determinaran cómo era un elefante palpando diferentes partes del cuerpo del animal. El hombre que tocó la pata dijo que el elefante era como un pilar; el que tocó su cola dijo que el elefante era una cuerda; el que tocó su trompa dijo que era como la rama de un árbol; el que tocó la oreja dijo que era como un abanico; el que tocó su panza dijo que era como una pared; y el que tocó el colmillo dijo que el elefante era como un tubo sólido. Seis versiones ciertas que arrojan una visión falsa de lo que es un elefante como tal.

La anécdota, de origen budista, circula desde hace milenios lo cual demuestra que esta fragmentación distorsionada de la realidad no es cosa nueva. Lo que sí es nuevo es la celeridad, la masificación, el zapping incesante, la intensidad del odio y la polarización que propician las redes sociales. Si el fenómeno que describen los ciegos ya es preocupante, lo convierte en algo mucho más feo la manipulación sofisticada y el déficit de atención colectiva provocada por la adicción al scrolling compulsivo. En conjunto es un atentado a la posibilidad de una conversación madura y responsable de nuestras diferencias. Una cosa es hablar de la fiesta según la vimos y otra es creer que todos tienen que haberla visto igual, asumir que no hay posibilidad de que las fiestas sean de otra manera y, peor aún, calumniar a todo el que no coincida con nosotros. Una cosa es constatar que la percepción del elefante como un pilar es distinta de la visión del elefante como un abanico, y otra dar cuchillos a los seis ciegos para que destruyan a sus colegas porque se trata de imbéciles o corruptos que no piensan como ellos.

Escribo esta columna desde hace más de 25 años y se publica en una veintena de diarios en el país. Desde siempre mis textos, como el de cualquier otro, han generado reacciones a favor y reacciones en contra de los argumentos expuestos, en función de la parte del elefante que a cada cual le ha tocado palpar, incluyendo al autor, por supuesto. Pero de un tiempo acá las cosas han cambiado. El medio a través del cual llegan esas reacciones ha modificado el mensaje, literalmente. Antes se trataba de “cartas a la Redacción” y, más tarde, de correos electrónicos. En ambos casos consistían en ideas o sensaciones a favor y en contra generadas por la lectura e iban destinadas al autor. Cuando los diarios digitales empezaron a publicar estas reacciones cambió el destinatario; ahora los comentarios iban dirigidos a otros lectores: personas que deseaban compartir sus propias ideas con un público más amplio. Un avance importante.

Con las redes sociales cambió el sentido de estos intercambios. Primero se usaron para difundir los materiales que un lector apreciaba; y luego, cada vez más frecuentemente, para atacarlo. En los últimos meses me he dado cuenta de que este proceso ha dado una vuelta más de tuerca. Ahora los textos no son leídos sino simplemente escaneados superficialmente, con el objeto de dictaminar si lo que estoy diciendo es a favor del elefante pilar o del elefante abanico. Es decir a favor o en contra de López Obrador. Una vez dictaminado, se convierte en propaganda por parte de los simpatizantes del tabasqueño o en calumnias y descalificaciones al autor en el caso de sus críticos. Ningún intento de abordar los argumentos, contrastarlos, ampliarlos o rebatirlos. Mi caso es solo un ejemplo, por supuesto. El mismo tratamiento reciben el resto de las columnas, las noticias, los comentarios. Pero también los propios usuarios. Todo el que envía un comentario, tuit u opinión se convierte en objeto de una carnicería. Ya no hay Intercambio de argumentos sino epítetos, párrafos ignorados salvo para descontextualizar una cita capaz de utilizarse como misil. Nos estamos convirtiendo en ciegos dispuestos a ofender y destruir a los que no ven lo que creemos estar viendo. Nos estamos envenenando y odiando por razones que tienen menos que ver con la razón y más y más con el resentimiento manipulado, el exceso de desinformación, la mezquindad y la ceguera.