Foto: Cuartoscuro

“Yo tengo otros datos” es una de las frases que más se han repetido en este sexenio. Al margen de las burlas, las conversaciones cotidianas y los consabidos memes, lo cierto es que la frase parece repetirse cada vez que al presidente se le cuestiona sobre algún indicador en particular. Si éste no corresponde a su visión positiva de su propio gobierno, entonces lanza la frase aunque, al enunciarla, esté contradiciendo a miembros de su equipo, a información emanada de instituciones gubernamentales o a señalamientos de los medios, ya sean nacionales o internacionales. Más allá de que pueda o no tener razón, como argumento, la frase es muy pobre. Es casi la bravuconada infantil del niño que busca crear una nueva regla cuando va perdiendo un juego: “claro que se puede meter la mano fuera del área, me lo dijo mi profesor de deportes”, “sí se puede mover el rey dos casillas cuando está en jaque, me lo explicó mi papá”. Acto seguido, se retira airado pues le molesta que alguien ponga en duda sus otros datos. Y el otro niño se queda con la idea de que, de haber aceptado esa regla absurda, ahora continuaría jugando.

Las teorías de la interpretación nos han mostrado que no existe una sola verdad para un mismo fenómeno. Hay muchos elementos involucrados, incluso si es un texto el que se pone sobre la mesa. En este tema, ha habido discusiones célebres en tanto a la pertinencia de las interpretaciones y la valiosa perspectiva que puede aportar una sobreinterpretación. En pocas palabras, una cosa no siempre sirve para lo mismo y algunos usos pueden generar procesos creativos. Todos sabemos que un desarmador sirve para poner y quitar tornillos pero también podemos usarlo para abrir una caja embalada, para hacer un agujero en la pared, para calzar una mesa o como pisapapeles, para no ir muy lejos. Alguien podría utilizarlo para componer un juguete o para crear una instalación con intenciones artísticas. Es ahí donde comienza a ser valiosa la sobreinterpretación. Sin embargo, también es prudente considerar que dicha herramienta no sirve para montarla como escoba de bruja y lanzarse por la ventana o para jugar muy bien al golf. Así que, aunque extensas, las interpretaciones suelen tener límites.

Si trasladamos esto a temas como la economía, hay un gran margen de acción para lo interpretado. De entrada, porque existen posturas encontradas sobre lo que más conviene a los países. Por mucho que algunos lo deseen, la economía no es una ciencia exacta. Las interpretaciones dentro de sus alcances, posibilidades y márgenes de acción, suelen dar paso a discusiones apasionantes y a la modificación de los sistemas económicos existentes.

El problema es que la frase “yo tengo otros datos” no significa una interpretación (ni sobreinterpretación) de lo que sucede. Hay economistas que ven positivamente que el peso esté fortalecido; otros, que lo consideran una consecuencia de las altas tasas de interés que se pagan en México; unos más, el reflejo de una política económica acertada. Son interpretaciones distintas para el mismo fenómeno. Ridículo es, empero, que frente a la cotización del tipo de cambio de un día cualquiera, alguien conteste que tiene otros datos. Los datos existen y ya. Las interpretaciones son un asunto posterior. Si el presidente quiere deslegitimar algún argumento que alguien concluye a partir de la información pública, es válido que refute la interpretación ajena con la propia. No lo es, en cambio, que niegue dichos datos asegurando que posee otros. Sobre todo, porque no los hay y, de haberlos, no son públicos.

Las cifras de empleo, seguridad y educación, por mencionar sólo algunos de los principales problemas del país, son contundentes: en realidad, no estamos nada bien. Si se quiere, por culpa del pasado; si se prefiere, porque son problemas de largo plazo. El asunto es que así están. Negarlas implica asegurar que todos los que no piensan como uno se equivocan por decreto. Si atendemos al caso del niño que modifica las reglas cuando va perdiendo, recordemos que, a la larga, ya nadie querrá jugar con él.