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Ernesto Hernández Norzagaray

14/05/2022 - 12:02 am

Día de las Madres

La convocatoria de los grupos de madres con hijos e hijas desaparecidas para hacer de esta fecha emblemática, un día por la dignidad y contra la incapacidad de los tres niveles de Gobierno para atender el problema, tuvo el éxito esperado cuando las principales plazas y avenidas del país, de Chiapas a Baja California, fueron escenario de protesta de decenas de miles de ciudadanos que no aceptan una vida sin sus hijos y menos, sin dejar de exigirle a los gobernantes.

Marcha Madres de Desaparecidos 10 de Mayo en la Ciudad de México.
“En la actualidad poco se habla de aquellos desaparecidos y es que además de que algunos de los luchadores son parte de los gobiernos, entre ellos la misma hija de Rosario Ibarra, existe una nueva generación de desaparecidos producto, no de la lucha por el socialismo o contra el neoliberalismo, como acostumbra a pontificar el Presidente López Obrador, sino por el papel cada vez más protagónico de un crimen organizado que ha demostrado capacidad para someter gobiernos y a los servicios de seguridad ante la necedad de no cambiar la estrategia fallida de ‘abrazos no balazos’”. Foto: Daniel Augusto, Cuartoscuro

A la científica Ana Luisa Toscano, 

que amorosa busca incesantemente a su hijo 

desaparecido en Mazatlán.

El video de una madre semidesnuda en la plancha del Zócalo de la Ciudad de México cargando una lona escrita donde reclama justicia por la desaparición y muerte de un hijo hace que esta festividad anclada en la tradición mexicana adquiera una dimensión dolorosa que refleja la realidad del México profundo y que lo sufren permanentemente decenas de miles de familias.

Esta madre dice que acude al desnudo público para ver si de esa manera y en ese lugar, alcanza visibilidad pública y las autoridades omisas hagan algo para impartirle justicia.

Pero, hasta donde se logra observar, tras horas agotadoras, se viste y toma sus cosas para volver a su mundo privado, aquel, que seguramente, no le permite alcanzar el sosiego y la paz interior.

Y quizá, esa estampa dolorosa, fuera un caso para la medicina psiquiátrica o la terapia psicoanalítica, la atención como cualquier otra dolencia que consume cuerpo y mente, pero no es un caso aislado, no es el de María o Guadalupe, sino el de miles de familias que buscan infructuosamente a su desaparecido o desaparecidos entre los más de 90 mil casos que se han acumulado desde 2006 como recientemente lo informó, con cierto aire de impotencia y dolor, el Subsecretario Alejandro Encinas.

La convocatoria de los grupos de madres con hijos e hijas desaparecidas para hacer de esta fecha emblemática, un día por la dignidad y contra la incapacidad de los tres niveles de Gobierno para atender el problema, tuvo el éxito esperado cuando las principales plazas y avenidas del país, de Chiapas a Baja California, fueron escenario de protesta de decenas de miles de ciudadanos que no aceptan una vida sin sus hijos y menos, sin dejar de exigirle a los gobernantes.

Hace unos días falleció Rosario Ibarra de Piedra, quizá la figura más emblemática de este reclamo que data de los pasados años setenta, cuando cientos de jóvenes que luchaban con las armas en mano por un México más democrático fueron detenidos y muchos de ellos desaparecidos para siempre.

Jesús Piedra, su hijo, nunca apareció, como tampoco sus restos, que probablemente reposan en una de las fosas clandestinas que pueblan el paisaje nacional o en las aguas, de uno de nuestros mares, como lo recrea para otros casos Elmer Mendoza en su novela El amante de Janis Joplin.

Rosario nunca abandonó la búsqueda de su hijo, incluso, fue tan grande su exigencia por los desaparecidos que aceptó ser candidata presidencial en 1982 y 1988 por el Partido Revolucionario de los Trabajadores, incluso postulada en cuatro ocasiones para recibir el Premio Nobel de la Paz.

Y es que siempre buscó poner en el centro de la agenda pública el tema doloroso de los desaparecidos durante la llamada Guerra Sucia, incluso llegó a ser Senadora de la República con el mismo ideario y, más recientemente, al recibir en 1989 la medalla Belisario Domínguez, su hija trasmitió un mensaje donde este reconocimiento tan simbólico lo dejó en resguardo del Presidente López Obrador como un gesto de su lucha irrenunciable.

En la actualidad poco se habla de aquellos desaparecidos y es que además de que algunos de los luchadores son parte de los gobiernos, entre ellos la misma hija de Rosario Ibarra, existe una nueva generación de desaparecidos producto, no de la lucha por el socialismo o contra el neoliberalismo, como acostumbra a pontificar el Presidente López Obrador, sino por el papel cada vez más protagónico de un crimen organizado que ha demostrado capacidad para someter gobiernos y a los servicios de seguridad ante la necedad de no cambiar la estrategia fallida de “abrazos no balazos”.

Y ahí están, como resultado, las imágenes de esta semana de sometimiento y persecución vergonzosa de militares mientras se multiplican el número de desaparecidos y homicidios dolosos por todos los rincones del país y el Presidente penosamente creando nuevos distractores o reeditando los ya trillados.

Vamos el Presidente ha decidido no dar la cara a estos grupos de madres con hijos e hijas desaparecidos, siguiendo la táctica que Carlos Salinas aplicó a sus adversarios políticos, especialmente a los del PRD, “a quienes no veo ni oigo”, lo que es una doble tragedia, un insumo más para la impotencia de estas familias.

¿No será que el Presidente ha creado una realidad virtual y en ella se mueve cómodamente? -Salinas y otros presidentes también lo hicieron- y, como ese tipo de representación tiene sus fijaciones, códigos, interlocutores y verdades, todo aquello que se sale de ese marco contextual es recomendable ignorarlo o reducirlo a un mensaje rutinario al estilo del mensaje presidencial de este 10 de mayo donde felicita a las madres y a “…quienes están sufriendo por sus hijos, por sus desaparecidos” para luego, inmediatamente, volver a la incesante virtualidad de las conferencias mañaneras insumo paradójico del periodismo oficialista y filo-oficialista que lo convierte inmediatamente en propaganda política.

Y esa propaganda política, termina por compensar el imaginario obradorista y se convierte en un insumo de la acrítica, la sumisión, el fanatismo e insolidaridad contra todos aquellos que, como las madres con hijos desaparecidos, tocan una fibra sensible de las incompetencias que no terminan -y por lo visto no terminara- por ejercer las competencias para devolver a estas madres algo de la tranquilidad perdida.

Y es que seamos claros, los buenos gobiernos hacen lo que mandata la ley y saben que su aplicación está sujeta a la rendición de cuentas, y para ello no necesita de incentivos políticos, pero en casos donde impera la idea peregrina de que “No me vengan con que la ley es la ley” y, ésta, se refrenda en apoyos sociales y políticos, como hoy lo perfilan las encuestas de intención de voto, en varios estados que próximamente celebran elecciones, ¿qué obligaría a cambiar el rumbo incluyendo la falta de atención a las víctimas? Nada. 

Hay antecedentes de gobiernos que la realidad los ha obligado a cambiar la agenda pública. Ahí está el movimiento del 68 que devino en la liberalización del régimen político, el fraude de 1988 que aceleró las reformas institucionales electorales provocando la creación del IFE, el movimiento zapatista que devino en el reconocimiento de derechos a los pueblos originarios…

Sin embargo, los movimientos del calibre de estas madres con hijos desaparecidos, los estados que están bajo el acecho y control del crimen organizado, el incremento de los homicidios dolosos o los feminicidios no se han traducido en nuevas políticas públicas y presupuestos, no son atendidos como debería ser en un Estado democrático y que lleve a evitar ese tipo de imagen que ofreció con todo su dolor, esa mujer que en un acto de desesperación, se quitó la ropa en la principal plaza del país para visibilizar su drama, el drama de las madres con hijos e hijas desaparecidas.

Ernesto Hernández Norzagaray
Doctor en Ciencia Política y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid. Profesor-Investigador de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores, Nivel I. Ex Presidente del Consejo Directivo de la Sociedad Mexicana de Estudios Electorales A. C., ex miembro del Consejo Directivo de la Asociación Latinoamericana de Ciencia Política y del Consejo Directivo de la Asociación Mexicana de Ciencia Política A.C. Colaborador del diario Noroeste, Riodoce, 15Diario, Datamex. Ha recibido premios de periodismo y autor de múltiples artículos y varios libros sobre temas político electorales.
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