El ex Presidente Evo Morales. Foto: Cuartoscuro

Si para algo ha servido al presencia de Evo Morales en México es para sacar lo peor de las visiones extremistas. Los argumentos más autoritarios de la izquierda y los más racistas de la derecha; las ideas más antidemocráticas de unos y las irreflexivas de otros. Ni en largas horas de diván habrían salido tan claramente las contradicciones de los mexicanos no tan nítidas las sombras oscuras de nuestro país. Ha aflorado como nunca la ignorancia (la compañera Claudia Sheinbaum lleva la delantera en ese terreno con su comparación entre Evo y Merkel seguida muy de cerca por el líder panista Marko Cortés y su visión del asilo político) pero sobre todo se ha hecho evidente las ganas de no saber y la voluntad de imponer.

Cuando ante una situación compleja, como es la de Bolivia, solo vemos el lado que queremos, el que nos gusta o nos acomoda y negamos el resto de la realidad como mecanismo de defensa o incluso como forma de pertenencia a un grupo, lo que se produce es una visión distorsionada y absurda de la realidad. Destruir al otro, insultarlo, negarlo y negarle derechos porque piensa distinto es el camino más corto al autoritarismo.

Si para algo deberá servir la presencia de Evo en México y la experiencia boliviana es para no repetir los mismos errores de este personaje que es sin duda el líder más importante de sus país de los últimos años pero que terminó enamorándose de sí mismo y del poder que representaba hasta llevarlo a la exacerbación del autoritarismo antidemocrático. Así como estoy cierto que el triunfo de López Obrador nos alejó de un escenario como el que está viviendo Chile y la esperanza en un cambio de modelo despresurizó la inconformidad social que venía creciendo aceleradamente y muy probablemente habría reventado si Meade o Anaya hubiesen dado una vuelta más a la tuerca del sistema de privilegios que se venía gestando, las actitudes de algunos de los líderes de Morena y del propio Presidente nos pueden acercar al escenario boliviano: poner el proyecto de país -estemos o no de acuerdo con él- por encima de las instituciones democráticas, que son las que nos permiten procesar civilizadamente las diferencias, no hace sino incrementar la tensión social.

Hay que tener prisa en el combate a la injusticia y la inseguridad, pero ser muy cautos en las transformaciones institucionales. El espejo boliviano debe servirnos para ver los riesgo que implica polarizar. La polarización privilegia el desacuerdo, simplifica los argumentos, anula la inteligencia, pero sobre todo pone en jaque a la democracia que tiene sentido sí y solo sí la usamos como un mecanismo de construcción de lo común y no de destrucción del enemigo.