Estatua de Ricardo Reis en Lisboa. Foto: nito/Shutterstock

Estatua de Ricardo Reis en Lisboa. Foto: nito/Shutterstock

El poeta portugués Fernando Pessoa (1888-1935) ha sido un adelanto, pues ha sabido pensar y sentir en algún momento, casi por cada uno de nosotros, dice el autor de esta columna emocionada y emocionante

Por Ricardo Martínez

Ciudad de México, 19 de marzo (SinEmbargo/Culturamas).- El poeta Pessoa, el ‘compañero’ en la vida de los sentidos y de la inteligencia, nos ha llegado a los lectores a través no sólo de su nombre propio, sino de sus heterónimos (Ricardo Reis, Álvaro de Campos…), esto es, sus Otros, que no son sino complemento de sí, del hombre que ha hecho uso de las noches y los días para de-mostrar a ese lector muchos de los secretos que creíamos tener como tales. Él ha sabido atribuir una luz especial a las palabras y su sentido, su significación. Y con ello nos ha enseñado a distinguir.

CIRCA 1988: Fernando Pessoa (1888-1935) on 100 Escudos 1988 Banknote from Portugal. Foto: Georgios Kollidas / Shutterstock.com

CIRCA 1988: Fernando Pessoa (1888-1935) on 100 Escudos 1988 Banknote from Portugal. Foto: Georgios Kollidas / Shutterstock.com

Quiero decir, él, como poeta, ha sido un adelantado por cuanto ha sabido pensar -y sentir-, en algún momento, casi por cada uno de nosotros. Pocos pasajes de su obra podríamos decir que no nos afectan, que nos son ajenos, por cuanto su capacidad de imaginar, su conocimiento del interior del hombre a solas nos lo ha convertido, rara el lector, en amigo imperecedero:

“La abeja que volando zumba y sobre/ la colorida flor se posa, casi/ sin distinguirse de ella/ a un mirar que no mire,/ no cambia desde Cécrope. Sólo quien vive/ una vida con ser que se conoce, envejece,/ distinto de la especie/ que le da la vida./ Esta abeja es la misma que otra que no sea ella./ Sólo nosotros -¡Oh tiempo, oh alma, oh vida, oh muerte!-/ mortalmente compramos/ el tener más vida que la vida”.

He aquí, a mi entender, un magnífico testimonio poético de soledad y a la vez de vida, de creación y de dependencia, de naturaleza y de sensibilidad. Quizás eso tenga la poesía verdadera, que, sin necesidad de argumentos extensos y en exceso racionalizados, sabe convocar, sugerir, en torno a ese hermoso e inextinguible secreto de lo bello, de lo efímero, en la afanosa tarea del vivir

Vivir como homenaje a la naturaleza, a la vida, a nosotros mismos. Pero todo ello no será válido para el corazón, significativo para la inteligencia, si antes no ha sido soñado y pensado por el poeta, ese solitario que, amando lo que observa y piensa y siente, nos hace –a través de su mensaje, de sus textos- mejores más allá incluso de nosotros mismos. Nos dicta el camino, nos guía. Es el mejor aliado de nuestra infatigable soledad: “Increíble que se puedan pensar cosas así./ Es como pensar en razones y fines/ cuando empieza a rayar la mañana y allá por la arboleda/ un vago oro lustroso va perdiendo oscuridad”

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