Johnson era todo lo que los racistas odiaban: era el mejor en el ring, no tenía pelos en la lengua y disfrutaba de su fama y dinero.

Jack Johnson fue apodado 2el gigante de Galveston”. Foto: Biblioteca del Congreso

Madrid/Ciudad de México, 23 abril (ElDiario.es/SinEmbargo).- ¿Cómo hace Rambo para ponerse en contacto con el Presidente de EU? Es una buena pregunta que hacerse cuando Trump tuitea que ha hablado por teléfono con el actor Sylvester Stallone y que tras la conversación se está planteando indultar a un boxeador muerto hace más de 70 años. Pero este artículo no va de por qué un Presidente que no escucha a nadie sí que hace caso a Rocky Balboa. Este artículo va de un boxeador negro al que los blancos odiaban porque salía con mujeres blancas, bebía champán con su leopardo y sobre todo porque no había quien le ganara en el ring. Todo ello antes de 1920.

Los padres de Jack Johnson habían nacido esclavos, pero él supo ganarse muy bien la vida a golpes. Le costó horrores que un campeón blanco aceptara subirse con él al ring, pero cuando por fin se enfrentó a Tommy Burns el día después de Navidad de 1908, no solo se convirtió en el primer campeón negro de los pesos pesados, sino que acabó con todos sus problemas para encontrar combates. ¿Por qué? Porque los blancos estaban locos por demostrar que todo había sido un accidente, que un negro no podía boxear mejor que el mejor de los blancos. Tardaron siete años en quitarle el título.

Johnson era todo lo que los racistas odiaban. Era el mejor en el ring, no tenía pelos en la lengua y disfrutaba de su fama y de su dinero, casi siempre rodeado de mujeres blancas. Tenía un club de jazz en Harlem que acabaría siendo el mítico Cotton Club y un estilo de vida extravagante. Para gran parte de la comunidad negra era un ídolo, el primer icono popular de los afroamericanos, que se hizo millonario no solo boxeando sino también haciendo publicidad de varios productos. Tenía cabeza para los negocios: desde que llegó a campeón no volvió a pelear con un negro. Sabía que el morbo racial de enfrentarse a blancos por el campeonato le reportaría bolsas mucho más abundantes.

Tal era el ansia por que un blanco recuperara al trono, que convencieron al ex campeón Jim Jeffries para que regresara de la jubilación y pusiera a Johnson en su sitio. Se organizó un “combate del siglo” en Reno, en el que el campeón se llevaría una bolsa de 100 mil dólares.

El escritor Jack London fue contratado para hacer la crónica del combate y de los diez días anteriores. Fue él quien acuñó la expresión “la gran esperanza blanca” para referirse al aspirante, del que escribió: “Jeffries debe salir de su granja y quitarle esa sonrisa de la cara a Johnson”. Pero los blancos se quedaron con las ganas: Johnson lo machacó en 15 asaltos. Los disturbios raciales después del combate dejaron 20 muertos en todo el país.

Como no podían con él en el ring, lo intentaron en la cama. Detuvieron a Johnson por infringir la Ley Mann, que prohibía “transportar a mujeres entre estados con fines inmorales”. El campeón estaba entonces en relaciones con una prostituta blanca y ella se negó a declarar en su contra, pero encontraron a otra mujer con la que había estado en el pasado que sí quiso hablar y lo condenaron a un año de cárcel.

Huyó del país pero acabó regresando después de perder el título y cumpliendo su pena. Es esta condena la que Trump quiere retirarle, mediante un indulto y por consejo de Sylvester Stallone.

Es cierto que el Presidente tiene en mente indultar a algunos de sus ex colaboradores acusados de tratar con Rusia y que, para disimular, le vendría de cine perdonar a unas cuantas personas más aunque sea de forma póstuma. Todo eso es cierto y el cinismo hacia la actitud de Trump está justificado.

Sin embargo, ¿no sería fantástico reparar la figura de Jack Johnson y condenar de una vez todo el racismo que le persiguió dentro y fuera del boxeo? Puede que Trump no sea el más indicado para resolver injusticias raciales, pero si indulta a Johnson será una de las pocas decisiones suyas que podremos aplaudir.

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