Han pasado apenas ocho días desde que Marcelo Ebrard Casaubón dejó la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal. Por ahí, en algún lugar, comentó que tiene todo para quedarse con la presidencia nacional del Partido de la Revolución Democrática (PRD) en el segundo semestre de 2013. Ha dicho que sí tiene interés en dirigir a esa parte de la izquierda a partir de entonces, con miras a fortalecerla y acercarla a las elecciones federales del 2015, lo mejor posicionada posible.
Nadie con más de dos dedos de frente sabe que Ebrard Casaubón dará vigor al PRD. Su liderazgo ha sido reconocido ampliamente por el electorado y la agenda progresista se ha colocado en la Ciudad de México como una alternativa real de gobierno, con tolerancia y con visión de futuro.
El verdadero tema aquí es que Marcelo Ebrard ya está pensando no tomar el PRD.
Se lo ha dicho con toda claridad a los líderes del actual Comité Ejecutivo Nacional. Se lo ha dicho también a las cabezas de las distintas tribus.
Ebrard tiene claro que para asumir la Presidencia del PRD tendrá que renunciar a su empleo en la Organización de las Naciones Unidas. Son momentos muy importantes. No puede suspender una reunión con los perredistas porque lo convocaron a alguna cumbre en cualquier ciudad del mundo. Tendrá que renunciar.
Pero sabe que el PRD, en las condiciones actuales, no es garantía de triunfo frente a un PRI que desde hace mucho tiempo le tiene ganas a la Ciudad de México y que ahora está en mejores condiciones para presionar o cercar al gran bastión de la izquierda.
Ebrard sabe que es un PRD corrupto, en manos de personajes como René Bejarano Martínez y su esposa, Dolores Padierna Luna. Que es un PRD que se mueve inspirado en los intereses de alimañas con poder.
Ebrard lo sabe y lo saben los dirigentes perredistas.
Ese es un PRD que no va a aceptar una agenda de cambio. Una revolución como la que el ex jefe de Gobierno del Distrito Federal se está proponiendo.
Por eso, Ebrard se la está pensando.
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