Susan Crowley

Kurtàg o el arte del silencio

13/06/2026 - 12:03 am

"Un antídoto bien podría ser la música de György Kurtàg, un artista que se decidió por el silencio contemplativo y la brevedad".

https://youtu.be/goOuWe5GnaA

Esta es la era de ruido y enajenación en la que hemos abusado y no solo del planeta y su naturaleza; estamos agotando nuestros sentidos por el simple placer de consumir, de subordinarnos a nuestros empobrecidos y mediocres gustos. El mundo con sus olores, sabores, imágenes, se ha contaminado de superficialidad y pretensión provocando una fatiga global, encubierta por una especie de verborrea intelectual. Basta navegar por internet o en cualquier red social para constatarlo. El arte no es ajeno a esta contaminación. Excesivo, carente de reflexión, vacuo y sin un sentido de trascendencia. Un antídoto bien podría ser la música de György Kurtàg, un artista que se decidió por el silencio contemplativo y la brevedad. Su obra exige total atención, participando de sus rápidas y demandantes incursiones en el piano que abren espacios infinitos.

Fue estudiante de música de la academia de Budapest, donde conoció a Martha que sería su compañera de vida, amante, maestra e intérprete. Juntos viajaron a París. El encuentro con los músicos Milhaud y Messiaen sería decisivo. Al adentrarse en la obra de Webern y su herencia dodecafónica, Kurtàg rompió con lo que hasta entonces había creado e inició un estilo con una economía absoluta en la que lo esencial determina la pureza; una especie de estado de gracia que se ha extendido a lo largo de su prolongada vida: con cien años, sigue asombrándonos con una capacidad de exploración inagotable. Al lado de Marta, creó un acto de amor en blanco y negro; recorrieron los deseos a través del sonido al que dieron vida, sus manos se encontraron en un espacio propio como si sus dedos acariciaran el piano.

Bach los llevó de la mano a descubrir el universo de la inocencia; la infancia como un paraíso al que se tiene derecho; no el que se ha perdido. Porque tanto Bach como Kurtàg supieron asirse al valor de lo primigenio, como si fuera el origen donde ambos encontraron esas notas necesarias para hacer música y para guardar silencios. El espacio infantil en el que se nombra al mundo, como si de jugar se tratara. ¿Cómo llegar a los cien años con la certeza de que se ha dicho lo necesario y se ha callado por sabiduría?

El poder del silencio y la riqueza del sonido atesora la grandeza de quien sabe escuchar y quiere que escuchemos. Kurtàg encontró la forma en la que la experimentación sonora de técnica impecable, construyera, y digo construir como la labor de un albañil, masón, que sabe de ladrillos y mezcla para lograr un edificio. El de Kurtàg es de música, íntimo, atmosférico, emotivo; su fugacidad sorprende, y no por ligero. En cada nota el artista húngaro pulsa como si del latido de su corazón y el de Marta se tratara. Así debieron latir juntos en ritmos perfectos hasta que Marta murió.

En Kurtàg nada es mínimo y todo lo que pareciera menor cuenta; una nota aislada o en su encuentro con otras, hacen en su conjunto música. Música para sentir y pensar. El privilegio del creador, usar una pausa como continente de todos los posibles. Silencio como deseo. Ambos latentes, dispuestos. Intersticios que crean surcos en los que se ha de sembrar algo. El silencio cura el ruido y decanta el sonido que vendrá. Cuánta inteligencia en una mente que sabe del poder de una nota, de un intervalo.

La música de Kurtàg concierne a distintos tipos de silencios, el del oído es solo uno. El silencio visual es dejar de ansiar verlo todo. El del gusto nos obliga al ayuno; el del tacto a la abstinencia. El olfato debe abstraerse de los olores para poder experimentar un aroma. La quietud incita a la belleza. El ruido la ahuyenta.

La música de Kurtàg evoca al artista Lee Ufan, una de las figuras más destacadas del movimiento japonés Monoha que centra su práctica en la enérgica aplicación del pincel, un pintor-filósofo de “composiciones vivas en espacios vacíos”. Materia inscrita, antes nada. Las notas de Kurtàg podrían escucharse en una exhibición de Lee Ufan.

En ambos artistas las pausas evocan los rezos de una religión que desconocemos, ecos de un lejano devenir. Las dos afines a la estética del gran músico griego Iannis Xenaquis que empleó la probabilidad, la teoría de juegos para crear partituras estocásticas tan apreciadas en la Edad Media por los músicos monjes. De nuevo, nombrar el silencio, economizar los usos y las ideas.

Y esto nos lleva a Bach. Las transcripciones de Kurtàg a la inconmensurable obra del músico alemán, son de una belleza posmoderna, en su espontaneidad, intencionadamente inocentes. Interpretadas al lado de Marta tantas veces, y que por suerte se encuentran en Youtube. Apenas treinta segundos y hasta cuatro minutos, son la expresión perfecta de la post-tonalidad progresiva, la música del futuro. Less is more.

Una noche de recital con Mitsuko Ushida en la Sala Pierre Boulez de Berlín me ha brindado la posibilidad de escuchar a Kurtàg. A sus 77 años la pianista es presencia etérea, frágil y de una profunda fuerza interior. En un programa memorable entrelaza la obra de Kurtàg, de fragmentada intensidad, con miniaturas de Bach, Mozart, Schoemberg y Schubert. Se presenta ataviada por otro artista, el creador minimalista de la moda Issey Miyake que le imprime un aire evanescente. Como si de una obra de Lee Ufan se tratara. Ushida posa una mano, luego la otra; las notas aparecen, se deslizan fundiéndose con los dedos. Pinta la música en el espacio. La desnudez del piano, la grácil figura de la pianista fragilizan los instantes. Oriente y Kurtàg. Ushida y Jákétok. En húngaro Juegos es una obra pensada desde la infancia. Una especie de cuadernos de aprendizaje de Bach para que un niño se adentre en la belleza de los sonidos de una forma espontánea. Las notas de Kurtàg son avisos que la atención envía. Haikus o aforismos sorprendentes por su brevedad poética. Tan concisos y profundos como la estampa de La Gran Ola del artista japonés Hokusai. Un guiño que recuerda cómo debe ser la vida y el arte.

Maestro sabio, ha dicho sobre el valor de la composición: “debemos aprovechar todo lo que sabemos y recordamos de la declamación libre, la música folclórica, el parlando-rubato, el canto gregoriano y todo lo que la práctica musical de improvisación ha aportado. Afrontemos con valentía incluso la tarea más difícil sin temor a equivocarnos: ¡intentemos crear proporciones válidas, unidad y continuidad a partir de los valores largos y cortos, simplemente por placer! Cada composición tiene sus propias reglas aparte de lo que el compositor quiere. Cuanto más precisamente sabía lo que iba a escribir, menos quería la pieza. El niño decide cuándo quiere nacer, no su madre." Kurtàg lleva haciéndolo cien años.

Dejó dos ligas para que puedan escucharlo:

@Suscrowley

Susan Crowley

Nació en México el 5 de marzo de 1965 y estudió Historia del Arte con especialidad en Arte Ruso, Medieval y Contemporáneo. Ha coordinado y curado exposiciones de arte y es investigadora independiente.... Ver más

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