El consultorio de un psiquiatra y psicoterapeuta es un privilegiado puesto de observación de la comedia y el drama humanos.
Si observo en conjunto los relatos de las personas que me consultan puedo hacerme una idea no sólo del riquísimo tejido social que constituye nuestra cultura sino, también, del “clima” emocional que le da color y textura. Y este clima, en este México de nuestros días, no es otro que el del miedo, la ansiedad y la tristeza, por no hablar de la impotencia, la frustración y el enojo a los que en ocasiones dan lugar.
Preciso los términos. El miedo es la respuesta emocional y corporal que se presenta frente a una amenaza, que la mayoría de las personas identificarían como tal, a nuestro bienestar. La ansiedad se le parece mucho, pero la magnitud de la amenaza es o puede ser sólo entendida por la persona que la aprecia como tal: lo que me pone muy ansioso a mi, volar por ejemplo, puede no resultarlo para ti y tampoco para muchos más. La tristeza es mucho más compleja: es el sentimiento que se presenta cuando se tiene la certeza de que se ha sufrido una pérdida importante. Todos estos estados emocionales tienen, y esto es de fundamental importancia, un para qué. Miedo y ansiedad para enfrentar a o huir de la amenaza. Tristeza para meditar sobre la probable responsabilidad que se tenga en la pérdida sufrida…y asumir sus consecuencias.
El gran problema psicológico de nuestro tiempo y espacio es que estas emociones cuya causa o razón de ser no siempre es lógica (lógica o ilógica es una idea o un juicio) sino psicológica, han perdido su para qué. Experimentamos en “bruto” y sin salida estos poderosos estados emocionales y la única posibilidad de “descarga” es la impotencia, la frustración y el enojo que son sus inevitables consecuencias a corto o a largo plazo. Esto es, la permanente inseguridad y violencia implican una aterradora amenaza que causa miedo y ansiedad constantes, sin solución, ante la imposibilidad de enfrentarla o huir de ella; la ineludible tristeza por la pérdida de confianza y esperanza por la corrupción y el descrédito absolutos de los principales actores empresariales, políticos y gubernamentales.
Se nos ha arrebatado el control del clima emocional en nuestra cultura; sea esto a nivel individual escuchando en la radio del auto los espeluznantes noticieros, o en familia frente a la acrítica estupidez televisiva; sea como sociedad toda cuando comentamos o nos comentan los mas recientes crímenes y tragedias, o la interminable serie de descalabros económicos, laborales, judiciales y electorales.
Estos personajes, empresarios políticos y funcionarios, también sufren estos estados emocionales pero siempre tienen a la mano remedios sólo paliativos: el dinero en primer lugar y una gama de maniobras psicológicas que van desde el autoengaño neurótico (“¿y yo por qué?”) al delirio psicótico (“la guerra contra el narco está ganada”), a las que se suman adicciones: al poder, a substancias psicoactivas, alcohol y drogas “duras” las principales.
El panorama podría resultar para los psiquiatras en un verdadero banquete profesional y un periodo de bonanza económica. Sobretodo aquellos que restringen su práctica sólo a la prescripción de psicofármacos. Se trata, cuando es este el caso, de coludirse para no pensar, no reflexionar, sobre las acciones propias y sobre el mundo emocional y ético en el que se quiere vivir. Es entonces que el psiquiatra se vuelve cómplice, en tanto no asume su eludido papel de interlocutor social.
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