Jorge Javier Romero Vadillo
Un éxito inútil y sangriento
26/02/2026 - 12:02 am
"La celebración del abatimiento como 'gran éxito' tiene un tufo inequívoco de propaganda. No altera de manera comprobable el flujo estructural".

La muerte del Mencho activó el cansino ritual celebratorio que ya conocíamos bien desde el sexenio de Felipe Calderón: titulares eufóricos, conferencias solemnes, analistas formados como monaguillos cantando el “golpe histórico”. El lenguaje se infla, la épica se desborda y el Estado se aplaude frente al espejo. El mercado, en cambio, ni se inmuta. Sigue su curso, bosteza y continúa. Ahí está el punto que nadie quiere mirar: esta guerra se cobra vidas, paraliza regiones y deja dolor por toneladas, pero no mueve la aguja donde importa. El negocio sigue tan campante.
Conviene bajarle varias rayas a la alaraca y mirar los números, que suelen ser menos épicos y bastante más elocuentes. Si se quiere saber si un golpe afecta de verdad a un mercado ilícito, hay dos indicadores elementales: precio y pureza. Si la oferta se contrae, el precio sube y la pureza baja; si la oferta se mantiene o se recompone, el precio cae y la pureza sube. No es alquimia ni ciencia arcana: es microeconomía básica aplicada a un mercado ilegal.
El caso canónico es Pablo Escobar. Su muerte, en diciembre de 1993, fue vendida como el fin de una era, el derrumbe del imperio del mal. En el mercado minorista de Estados Unidos ocurrió exactamente lo contrario de lo prometido por la épica: en los años siguientes el precio del gramo puro de cocaína cayó con fuerza y la pureza aumentó. No hubo escasez persistente, ni crisis de suministro, ni sequía milagrosa. Hubo reacomodo. La mercancía siguió llegando. El mito murió; el mercado no.
Los episodios mexicanos de alto perfil repiten el patrón con variaciones que desmontan el triunfalismo. Tras la muerte de Arturo Beltrán Leyva, en 2009, se observó un aumento del precio y una caída de la pureza que ya venían ocurriendo desde antes. El golpe no explica el ciclo. Fue parte de un shock más amplio. La figura individual no ordena la serie, por más que el discurso oficial insista en personalizar lo que es estructural.
La captura de Miguel Ángel Treviño Morales, en 2013, dejó huellas todavía más débiles: un aumento moderado del precio en la ventana inmediata y una pureza prácticamente inmóvil. Poco después, el precio volvió a bajar. El mercado absorbió el golpe sin drama ni aspavientos. Y cuando detuvieron a Joaquín Guzmán, en 2014, la disponibilidad terminó siendo mayor en los años siguientes: precios a la baja, pureza al alza. El “gran éxito” produjo, otra vez, el resultado opuesto al prometido.
Si se mira el período largo, el único momento de contracción pronunciada ocurrió entre 2007 y 2010, cuando el precio subió con fuerza y la pureza cayó de manera abrupta. Ese ciclo coincide con cambios estructurales en producción e interdicción en Colombia, no con la caída puntual de un jefe. Los grandes movimientos del mercado responden a factores de fondo, no a nombres propios ni a conferencias de prensa.
La conclusión es tan contundente como incómoda para la narrativa oficial, tanto en México como en los Estados Unidos: los golpes a capos generan efectos locales y temporales, seguidos de sustitución rápida y reconfiguración. La oferta encuentra reemplazos. Las rutas se ajustan. Los intermediarios cambian de camiseta. El sistema continúa.
La razón es conocida. La demanda en Estados Unidos es poco elástica en el corto plazo. Los consumidores problemáticos no reducen consumo ante subidas moderadas de precio. Los márgenes de la cadena absorben shocks transitorios. La ilegalidad crea rentas que compensan riesgos extremos. La redundancia de actores y la capacidad de adaptación criminal hacen el resto. El golpe selectivo no desmantela la arquitectura; apenas la reacomoda.
Nada de esto es nuevo. Desde hace años se documentó que descabezar organizaciones incrementa la violencia en los territorios afectados: fragmentación, disputas sucesorias, más balas. El mercado no desaparece; se atomiza. El resultado es reorganización violenta sin reducción del flujo hacia el principal destino. Más muertos aquí, misma mercancía allá.
"Aun así, el debate público insiste en la épica. Se celebra la muerte de "El Mencho" como “debilitamiento estructural” y “mensaje contundente”. El análisis económico se evapora. Nadie habla de precios ni de pureza. La elasticidad de la demanda no entra a la mañanera. La conversación se concentra en la valentía del operativo y en la supuesta debilidad del cártel, como si el mercado fuera una persona y no una red.
Los datos dicen otra cosa, con una claridad obscena: cuando hay efecto, es mínimo o pasajero. Los promedios anuales pueden esconder sobresaltos breves, pero la ausencia de un salto sostenido en el principal mercado consumidor es el dato relevante. No hay desabasto persistente tras los golpes emblemáticos. La oferta se recompone con una rapidez que deja en ridículo al triunfalismo.
La lógica es implacable. Mientras la demanda siga robusta y no regulada, habrá incentivos suficientes para ocupar cualquier espacio vacante. La prohibición convierte mercancías demandadas en rentas armadas. El reemplazo es racional, no heroico. Neutralizar a un individuo no cambia el cálculo.
La autocelebración política se repite con disciplina casi religiosa. Se invoca el fortalecimiento del Estado y se esquiva la pregunta elemental: ¿cambió algo en el mercado? ¿Subió el precio de forma sostenida? ¿Cayó la pureza de manera persistente? ¿Bajó la disponibilidad? La respuesta, a la luz de las series, es un no rotundo.
El problema no es reconocer la capacidad operativa del Estado. El problema es confundirla con transformación estructural. Un éxito táctico no equivale a un resultado de fondo. Esa diferencia se diluye tras la retórica patriótica y los aplausos fáciles.
Por eso la celebración del abatimiento como “gran éxito” tiene un tufo inequívoco de propaganda. Produce capital político inmediato y titulares complacientes. No altera de manera comprobable el flujo estructural. La demanda sigue ahí. La oferta encuentra sustitutos. La violencia interna se reacomoda y sigue cobrando cuentas.
Una política de drogas basada en evidencia partiría de este diagnóstico incómodo. La interdicción selectiva tiene efectos marginales en el largo plazo. Donde sí hay impacto medible es en estrategias sanitarias y regulatorias. Pero eso no da fotos épicas ni discursos marciales. La discusión mexicana prefiere el espectáculo. El aplauso no mueve curvas de oferta y demanda. La retórica no cambia la pureza en las calles estadounidenses. El mercado no escucha conferencias de prensa.
La muerte de un capo puede satisfacer presiones diplomáticas y generar una ilusión transitoria de control. Los datos indican que no desmantela el negocio. Persistir en la ficción prolonga una guerra que no mueve el mercado y sí deja dolor.
Y aquí va el responso que nunca entra en la épica. Por las víctimas de El Mencho y de esta guerra absurda. Por los desaparecidos. Por los muertos sin nombre. Por el “pirata de Culiacán”, el adolescente asesinado por atreverse a insultar al capo. Por las familias que bajan cortinas, sacan a los niños de la escuela y aprenden a vivir con miedo cada vez que anuncian un “gran éxito”.
La guerra idiota sigue cobrando vidas mientras el negocio se ajusta y continúa. Celebrar el golpe es fácil. Hacerse cargo del desastre provocado por la prohibición y la guerra, no.
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