Jorge Javier Romero Vadillo
La moral virreinal de lo público
23/04/2026 - 12:02 am
"En cualquier país serio, la privatización de lo público es intolerable. Lo público se concibe como espacio común, nadie puede apropiarse de un pedazo".

La Presidenta fue a Barcelona a hablar con tono milenarista sobre México. Su antecesor y guía se desgañitó pidiendo disculpas a España por la conquista. México es, según esa versión de estampita mal resumida de los libros de texto gratuito de la época clásica del PRI, un crisol de culturas milenarias que nos hacen un pueblo excepcional. La realidad es que tanto ellos como sus adláteres y seguidores son los herederos directos de la moral pública heredada de la corona de los Habsburgo: lo público como espacio de conquista o como mercancía a capturar por el mejor postor.
La auténtica cultura mexicana entiende que, si lo público es de todos, uno puede hacerse con un pedazo para su usufructo: la mayoría de la gente asume que, si los poderosos pueden usar sus privilegios para hacerse con un trozo del botín del erario —ya sea mediante el poder de un cargo público o echando mano de sus propias riquezas para comprar la aquiescencia de las autoridades—, entonces todos tienen derecho a tomar algo del espacio público para su explotación particular, aunque sea un tramo de calle que se vuelve propio para cobrar por su uso a quienes pretendan estacionarse.
La idea de que lo público es conquistable probablemente tenga raíces ancestrales, pero el hecho es que constituye una herencia de la moral patrimonial de la corona de los Austria, esos reyes que, de acuerdo con la historieta repetida, cometieron abusos inenarrables y que hoy exigirían disculpas por parte del Estado español actual, una entidad totalmente distinta a la Corona de Castilla, uno de cuyos reinos era la Nueva España y cuyas formas el gobierno actual no se cuida en imitar una y otra vez.
El último episodio me provocó más que grima, náuseas: Marcelo Ebrard justificando, como amor paterno, el uso de la sede oficial de la embajada mexicana como hostal juvenil de su crío. Nada de malo le ve el entonces Canciller, hoy Secretario de Economía, con sus ínfulas de moderno y eficaz, a que el chico se haya pasado seis meses viviendo en Belgrave Square, en Londres, mientras hacía algunos estudios. ¿Cómo un padre preocupado no iba a echar mano de los recursos públicos a su cargo para beneficiar a su hijito? Pero eso es lo que cualquiera haría, ¿no? Si uno puede, pues hace todo por sus hijos. ¿Cómo va a vivir el nene en una residencia juvenil en New Cross si tengo para mí el usufructo de la residencia oficial del Estado mexicano en una de las zonas urbanas más caras del mundo?
Octavio Paz, en El ogro filantrópico, explicaba con cierta condescendencia el trasfondo moral de la corrupción mexicana:
“En todas las cortes europeas, durante los siglos XVII y XVIII, se vendían los empleos públicos y había tráfico de influencias y favores. Durante la regencia de Mariana de Austria, el privado de la reina, don Fernando Valenzuela (el Duende de Palacio), en un momento de apuro del erario público decidió consultar con los teólogos si era lícito vender al mejor postor los altos cargos, entre ellos los virreinatos de Aragón, Nueva España, Perú y Nápoles. Los teólogos no encontraron nada en las leyes divinas ni en las humanas que fuese contrario a ese recurso. La corrupción de la administración pública mexicana, escándalo de propios y extraños, no es en el fondo sino otra manifestación de la persistencia de esas maneras de pensar y de sentir que ejemplifica el dictamen de los teólogos españoles. Personas de irreprochable conducta privada, espejos de moralidad en su casa y en su barrio, no tienen escrúpulos en disponer de los bienes públicos como si fuesen propios. Se trata no tanto de una inmoralidad como de la vigencia inconsciente de otra moral: en el régimen patrimonial son más bien vagas y fluctuantes las fronteras entre la esfera pública y la privada, la familia y el Estado. Si cada uno es el rey de su casa, el reino es como una casa y la nación como una familia. Si el Estado es el patrimonio del rey, ¿cómo no va a serlo también de sus parientes, amigos, sus servidores y sus favoritos? En España el Primer Ministro se llamaba, significativamente, Privado.”
Así Ebrard. Si la Secretaría de Relaciones Exteriores me fue concedida por mi lealtad política, ¿por qué no va a poder mi hijo vivir de acuerdo con su jerarquía? Que me lo he ganado. Para algo he tenido que comulgar con ruedas de molino y he tenido que invertir mi capital político en lealtad lacayuna. Me corresponde mi trozo del botín. ¿Ven algo de malo en ello? Pero si es de lo más normal.
Y, en efecto, salvo algunos críticos indignados como yo, a Ebrard lo que en cualquier país serio hubiera implicado su renuncia, aquí prácticamente no le ha costado. Incluso hay quienes reprueban el hecho, pero consideran que es un pecado menor y que más vale tolerárselo a él, que es el menos ineficaz de los funcionarios de este nuevo régimen y que podría ser la opción de moderación y contención de la ola destructiva.
Por supuesto, la Presidenta aceptó la explicación de Ebrard como legítima, como algo perfectamente comprensible, que de ninguna manera lo inhabilitaba para continuar a la cabeza de los tentaleantes esfuerzos por impulsar la economía, paralizada por las aberrantes reformas institucionales de la transformación, sin inversión y sin decisión de promover infraestructura seria, no ocurrencias, disparates, botines y contrahechuras.
En cualquier país serio del mundo, la privatización de lo público es intolerable. Lo público se concibe como espacio común de convivencia y usufructo, por lo que nadie puede simplemente apropiarse de un pedazo. En cualquier país de la Unión Europea, en Canadá, en Australia o Japón, Ebrard hubiera sido obligado a renunciar por la presión pública. Aquí los ilustrados lo ven con cierto repudio, pero al final lo toleran. A mí me parece una conducta simplemente inaceptable y descalifica por completo a Ebrard como funcionario y como político. Uno más de la runfla patrimonialista que nos gobierna. Si tanto critican la herencia española, deberían dejar de comportarse como señores castellanos del siglo XVII.
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