Héctor Alejandro Quintanar

El regreso de Fox y Calderón al PAN

10/06/2026 - 12:05 am

"Ni Fox ni Calderón son panistas ya: el primero en 2012 se rindió a los brazos de Peña Nieto [...] y el espurio abandonó el partido en 2018".

El 31 de mayo pasado, Chihuahua fue sede de un espectáculo vergonzoso, cuando la cúpula del Partido Acción Nacional decidió dar un espaldarazo incondicional a una persona que ellos mismos deberían considerar problemática: la gobernadora María Eugenia Campos, cuya conducta posiblemente delictiva quedó clara desde permitirles intromisión a agentes de la CIA, y hoy cada que habla da más y más indicios no sólo de que las sospechas sobre ella son fundadas, sino que no tiene bien a bien claro el tamaño de metedura de pata que cometió.

Pero un partido que desde 2018 consolidó una crisis electoral, arrastrada desde 2009, en vez de ver militantes incompetentes en personas como Campos, ven una oportunidad de crispar el debate y organizar una campaña política no con base en un proyecto alternativo de nación, sino en un berrinche victimista donde defienden sus yerros como si fueran aciertos y donde un acto de rendición de cuentas lo tornan en una supuesta persecución política. Campos es sólo el corolario de un mal hábito que ya tiene en personajes siniestros, como Ricardo Anaya o García Cabeza de Vaca, antecedentes y ejemplares notables.

Pero la reunión incondicional panista en Chihuahua a favor de Campos, operada por el dirigente nacional Jorge Romero, capo del cártel inmobiliario en la Ciudad de México, más que una demostración de fuerza fue una exhibición de debilidad. De entrada, sorprendió la escasa convocatoria y la pretensión de hacer todo en epicentros cerrados, a pesar del histrionismo imperante. En un contexto marcado por una reciente manifestación encabezada por Morena contra la Gobernadora chihuahuense, era la oportunidad de oro del PAN de mostrar arrastre y músculo político en las calles, pero su exposición se limitó a una que otra jerigonza banquetera.

Asimismo, la reunión del PAN se dio en un contexto donde las derechas mexicanas están, una vez más, volteando al exterior en vez del interior para encontrar liderazgos y referentes que las saquen del hoyo electoral donde se entierran. Así, en el mismo fin de semana del encuentro en Chihuahua, muchos panistas de facto fueron a servirle de alfombra a la señora Cayetana Álvarez de Toledo en Ciudad de México, donde ella expuso una arenga aberrante en la que se sintió ella, como española, como la verdadera defensora de la soberanía mexicana y emitió un discurso idéntico a las bravatas del franquista José María Aznar en 2006, quien señaló que México se debatía entre la estabilidad o entre el populismo autoritario.

Así, no conformes con el fracaso reciente de la española Isabel Díaz Ayuso en México, como un director técnico necio que no se da cuenta de cómo golean a su equipo y porfía en meter al campo a otro delantero inepto cuando más bien necesita rehacer su estrategia, las hordas de Salinas Pliego arroparon a una rebaba de España que vino sólo a arengar sandeces y torcer conceptos, como el de soberanía -donde ella, en su ceguera o complicidad, no ve riesgos en México ante las bravatas de la geopolítica criminal de Estados Unidos-, y como el de “populismo”, donde la señora repitió las oquedades insustanciales de los que creen que México ya no tiene democracia.

La reunión chihuahuense del PAN, sin embargo, fue más memorable no por su contenido sino por sus asistentes, aunque no precisamente por algo valioso que éstos hayan aportado, porque en la plana mayor del lugar figuraron los expresidentes Vicente Fox y Felipe Calderón, este último un espurio que gobernó sin legitimidad de 2006 a 2012. ¿Qué indica la presencia de estos seres en una reunión de ese calado?

En primera instancia, debe resaltarse la desesperación y ambivalencia tanto de la cúpula panista que los invitó y la de los dos exmandatarios. Como se sabe, ni Fox ni Calderón son panistas ya: el primero en 2012 se rindió a los corruptos brazos de Peña Nieto y en fines de ese año no corroboró su afiliación, con lo que, en los hechos, dejó de ser militante. Y el chacal espurio abandonó el partido en fines de 2018, luego de haber apoyado la candidatura presidencial de Margarita Zavala el año previo y que ésta no se concretara. Así, el PAN acude a mala sombra de un par de árboles a cuyo rodeo no crece nada, que, además, han mostrado desdén a su expartido de manera sistemática.

Abrimos un paréntesis aquí para exponer un dato crucial que pinta de cuerpo entero la ambición de estos dos personajes y las pésimas opiniones políticas que emiten los seudoanalistas “liberales” o la comentocracia de derechas. En 2019, por ejemplo, el señor Enrique Krauze expuso por enésima vez su yerro de que quizá López Obrador tendría intenciones reeleccionistas. Dos años después, el señor Luis Carlos Ugalde señaló, en una mesa de análisis con Hernán Gómez, que era probable que López Obrador podría facilitar la imposición de su esposa Beatriz Gutiérrez como candidata presidencial de Morena, a pesar de que ella manifestó múltiples ocasiones su desinterés no sólo a ello, sino a cualquier cargo político en general.

No fue Ugalde el único en espetar ese absurdo de una posible candidatura de Gutiérrez Müller, y tanto él como Krauze, en el fondo, veían lo mismo: sin evidencia alguna imputaban afanes reeleccionistas o de imposición a alguien que nunca dio indicio de cometer esas prácticas autoritarias. Y mientras perdían el tiempo especulando tonterías, a ambos se les pasó de noche que tanto Fox en 2004 como Calderón en 2017 sí pretendieron de forma prepotente que sus respectivas esposas, las impresentables Martha Sahagún y Margarita Zavala, fueran presidentas de la República. En el primer caso, y como documentó en su momento Alfonso Durazo en su carta de renuncia a la secretaría particular del expresidente, Fox perpetró actos ilegales y antidemocráticos, como el desafuero de AMLO, para facilitarle el camino a su cónyuge, mientras Calderón hizo lo propio en el PAN. Como siempre: los panfletistas antiamlo tienen más miedo de sus propias fantasías febriles que nunca se cumplen, en vez de criticar las canalladas autoritarias reales que sí cometen sus secuaces a la luz pública.

Ahí anida otro elemento que adornó la reunión panista en Chihuahua la semana pasada. Hay que recordarlo: en el año 2020, Calderón dedicó en su libro Decisiones difíciles varias líneas a denunciar que Jorge Romero, entonces legislador panista y vicecoordinador de su bancada, era un corrupto no sólo por sus maniobras como líder del delictivo cártel inmobiliario, sino que también traficaba voluntades y dinero con vendedores ambulantes de la demarcación Benito Juárez en la Ciudad de México, que alguna vez gobernó.

Hoy al chacal espurio Calderón se le olvidan sus propias palabras y aparece muy orondo en la reunión con su otrora enemigo Jorge Romero y su detestado Vicente Fox, con quien se conflictuó cuando éste apoyó a Santiago Creel en desmedro de él y tuvieron ambos que tragar sapos y apoyarse mutuamente, de forma corrupta, en el fraude electoral de 2006. Así, el engrudo que une a esta cúpula partidista que convoca a sus expresidentes no es el espanto ante un enemigo común, sino la vulgar hipocresía, capaz de hacerlos omitir sus denuncias mutuas de corrupción tan recientes.

Pero en ese pandemónium lo que más resalta es el cinismo de Fox y Calderón, quienes aparecen en escena para hablar de democracia y seguridad, cuando ambos representan exactamente lo contrario. Hay que decirlo con claridad: el momento más autoritario que ha vivido México en el siglo XXI ha sido el bienio 2004-2006, donde Fox, como Jefe de Estado, empleó instituciones públicas para perseguir ilegalmente y tratar de encarcelar sin motivo a una persona inocente sólo porque ésta, López Obrador, podría ser candidato presidencial. Si bien reculó a medias en su intento prepotente gracias a una democrática movilización popular en 2005, en 2006 se valió de recursos ilícitos para imponer a Calderón como Presidente en uno de los fraudes más documentados de la historia del autoritarismo mexicano.

A resultas de esa elección sin legitimidad, Calderón inició una complicidad con el narcotráfico que empezó con la designación del criminal García Luna en la Secretaría de Seguridad Pública, en vez de escuchar las alertas a ese respecto que le hicieron el general Tomás Ángeles y el comandante Luis Herrera Valles desde 2006, a quienes de forma autoritaria encarceló cuando le previnieron de las andanzas sucias de Genaro García Luna.

Poco después se documentó la razón: de 2006 a 2012, Calderón entregó el Estado al crimen organizado, que hizo suyas para sus perversos fines instalaciones y recursos hasta de Pemex; mientras que la Seguridad Pública la encabezaban delincuentes. Porque no es sólo García Luna, es también su élite de la corporación encargada del presunto combate al narco, como la extinta Policía Federal, cuya plana mayor; Cárdenas Palomino, Pequeño García o Reyes Arzate, hoy se encuentra presa, perseguida o confesa de su condición criminal. Si hay en México un ejemplo nítido de narcogobierno, ese es el que México padeció de 2006 a 2012.

Que esos dos tipos hablen de democracia y de seguridad es algo tan indigno y cínico como si el cura Marcial Maciel apareciera hablando a favor del bienestar de las niñas y niños de México. Ello no sorprende de dos sátrapas sin escrúpulos, como tampoco sorprende que el PAN siga sin ver la honda crisis electoral que vive, lo cual lo obliga a buscar liderazgos en Madrid o sacar momias, que deberían estar en la cárcel, del formol, para tratar de ganar adeptos.

Héctor Alejandro Quintanar

Héctor Alejandro Quintanar es académico de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, doctorante y profesor en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Hradec Králové en la Repúblic... Ver más

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