María Rivera
Instantes
18/06/2026 - 12:01 am
"Es un hecho que la afición no cambia, fiel como un novio rencoroso que siempre regresa a entregarse a los brazos de su amada".

Pues sí, querido lector, qué nostalgia del Mundial del 86, qué diferencia con el de ahora. En aquellos años, se podía ir al estadio y México era una fiesta, los restaurantes, las calles, las plazas. Qué triste que se haya convertido en un negocio que vuelve inaccesible la fiesta para todos y, por ende, parezca que no pasa nada. Entre la vida diaria y las ocupaciones se nos escapa el Mundial, salvo que juegue México. Y ahí vamos, nuevamente, con las esperanzas, no tenemos remedio. Se nos acelera el corazón y cerramos los ojos. ¿La Selección esta vez jugará como nunca y ganará como nunca? O bueno, ya sabemos la otra consigna que se arrastra entre nuestras manos caídas cuando nos quedamos en el ya merito, y jugamos como nunca y perdimos como siempre. Y yo digo que está bien, querido lector, que de eso se trata, de emocionarnos, de tener esperanzas y de acabar diciendo ahí para la próxima… o no, ya lo sabremos.
Mientras, alistamos nuestras esperanzas para el partido, las ponemos en los nuevos jugadores que los neófitos desconocemos, pero que ya llevamos como una bandera en el corazón. Al menos esos noventa minutos. Y por esos momentos parecería que algo superior nos hermana, se nos olvidan las afrentas y sí, dan ganas de estar en la calle, en la plaza y no metidos en nuestros teléfonos o nuestras tabletas, o sentaditos en la sala de nuestras casas con amigos. ¿No le parece? Salir a la calle con una felicidad compartida, una comunión espontánea, donde por igual cabe la ilusión que la decepción y la derrota en muy poco tiempo.
Claro, siempre hay gente que nomás no se emociona, le vale gorro y se encierra a leer un libro o ver una película, que declara “odio el futbol”. Pero hay instantes, querido lector, como lo fue en el Mundial del 86 en que eso parecía imposible: por Insurgentes circulábamos con medio cuerpo de fuera, entre cláxones, banderas y euforia. Y aunque seguro no ocurría así, en mi memoria todo es una fiesta. O quizás, un espacio, un paréntesis ante la tragedia que la Ciudad de México había vivido meses antes, un desahogo, una catarsis. ¿Y no tiene esa función también el espectáculo del futbol?
Una forma de teatro, de representación interior de nuestros anhelos, y de los significados que, con la pelota en la cancha, se mueven de un lado a otro. O, mejor dicho, nos mueven de un lado al otro, como si fuéramos la pelota misma.
Yo me pregunto ¿qué sentirán los jugadores?, ¿qué sentirán de jugar en su propio país con miles de personas coreando "Cielito lindo" o abucheándolos? Si muchos, frente a la televisión, entrecierran los ojos, lo ven a la distancia como si se fuera a acabar el mundo…
Mañana, querido lector, sabremos si la Selección de Corea del Sur le ganó a los mexicanos, o si México marcha, todavía, invicto hacia su siguiente partido, si clasificamos a la siguiente fase, y si allí nos atascamos. Comprobaremos si el futbol mexicano ha cambiado o sigue siendo el mismo.
Lo que es un hecho, es que la afición no cambia, fiel como un novio rencoroso que siempre regresa a entregarse a los brazos de su amada, un masoquismo que es, de por sí, un deporte nacional. Y las generaciones pasan, ya no tenemos quince años, ahora tenemos hijos que vuelven, como nosotros, a emocionarse como nos emocionamos nosotros, y también descubren la desilusión.
Lo que no tienen ahora es esa fiesta abierta que el pasado Mundial que vivimos en México nos dio, sino una fiesta determinada por el grosero lucro que la ha secuestrado.
Sin embargo, querido lector, no ha logrado destruirla entre carretonadas de dinero, de especulación porque por encima del negocio aún hay un juego, un juego en el que por instantes sentimos que se nos va la vida o nos regresa.
Así que disfrútelo, querido lector. Ya sabemos que vamos a sufrir ante lo inesperado y el azar, porque qué hay más inesperado que la trayectoria de una pelota, el accidente, la buena fortuna, el error garrafal y la fuerza de gravedad. Es lo imprevisible lo que el aficionado espera, la sufriente incertidumbre, de cuándo por fin la pelota se le escapará al portero, entrará entre sus piernas o por encima de su cabeza.
Y mientras el Mundial continúe, esa esperanza, vana o no, aún sigue entre nosotros, hasta que se termine y tengamos que esperar otros cuatro años. Pero hoy aún estamos aquí, en la espera del segundo partido. ¿O no?
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