“¿Quién mató a Javier Valdez? Es la pregunta que los periodistas mantenemos en nuestras cabezas”. Foto: Noreste

Javier Valdez no era mi amigo. Decir que lo era sería ofensivo con su memoria y con quienes de verdad lo son. Nunca fui a tomarme unas cervezas con él al Guayabo. Pero lo conocí y, por supuesto, conozco su trabajo y he leído sus libros. Nos peleábamos la misma mesa del Bistro Miró en el centro de Culiacán, una batalla que terminó ganando “El Bato” a fuerza de madrugar y muchas horas-nalga.

Teníamos, incluso, visiones distintas en muchos temas periodísticos. Las discutimos con argumentos sabrosos más de una vez en cafés y paneles donde nos invitaban para discutir sobre Sinaloa, el narco, la violencia, la corrupción.

Obviamente me llevaba ventaja: muchos años reporteando y escribiendo con una pluma envidiable nuestra terrible realidad. Ese callo y una simpatía socarrona auténticamente culichi. Su lenguaje “científico” -así le decía él- incluía frases lapidarias y palabrotas dichas con una solemnidad divertidísima. Javier era un personaje que sabia reírse de todo a pesar de pasar el día entero contando dolor.

Cabe decir que Javier salió a fundar RíoDoce directo de las filas de Noroeste hace catorce años. En nuestro periódico aún laboran muchos que fueron sus compañeros y son ahora amigos de él y su familia. Los vi a todos llorarlo y desencajarse por su muerte. Nadie en el gremio lo podíamos creer. Es más, seguimos así, pasmados. Si alguien parecía haber sorteado ese riesgo era Javier.

Ahora Javier está muerto. Lo asesinaron con una violencia brutal. Su muerte no es solo un asesinato, sino un mensaje poderoso y descarnado para el gremio periodístico y las voces críticas de Sinaloa: tengan miedo, nadie se salva.

¿Quién mató a Javier Valdez? Es la pregunta que los periodistas mantenemos en nuestras cabezas.

Quién, cómo y por qué son las respuestas que la nueva Fiscalía del Estado, liderada por el Juan José Ríos Estavillo, deberá responder… y pronto. Si no lo hace, estaremos ante la intemperie más letal. Porque si en Sinaloa y en México se puede matar a un periodista de la talla de Javier de manera impune, entonces se puede matar a quien sea.

Pero hay otra pregunta que me ronda en la cabeza con insistencia: ¿quién cosecha con la muerte de Javier? Es decir, ¿para qué asesinarlo?

El contexto de la violencia en Sinaloa se ha complicado mucho. Lo escucho a diario: “está todo muy revuelto”. Desde que Quirino Ordaz llegó al Gobierno del estado han asesinado a maestros, empresarios, políticos y abogados. El crimen alcanza ahora a la sociedad civil que antes se sentía ajena, y por lo tanto protegida, de esos intereses oscuros.

La excusa de “se matan entre ellos” ha quedado obsoleta. El crimen organizado cambia y se pulveriza, lo que lleva a pugnas de poder más violentas y a la ausencia de pactos con el poder político. No Por ética sino por pragmática: para que pactar si ningún grupo garantiza el control real del territorio y la contención de la violencia.

Por eso insisto, ¿quién gana con la muerte de Javier y el caos en Sinaloa?, ¿quién gana con que todos estemos concentrados en la indignación y distraídos con el dolor?, ¿qué temas dejamos de ver por voltear todos a este caso? Eso querían.

Tengo más preguntas que respuestas. Tengo más indignación que la que había sentido nunca. No se vale, la neta no se vale. No se necesita ser amigo para que duela. Me basta con ser colega, con ser ciudadano, con tener sangre en las venas y no atole.

Javier deja una esposa, dos hijos, un nieto. Acababa de cumplir 50 años. La última vez que lo vi hace apenas unos días nos presumió precisamente eso: estaba orgulloso de llegar al “quinto piso”. Se dijo contento, estaba satisfecho y eso es lo mejor que me quedo de su persona.

No escribo esta columna para exigirle a las autoridades que hagan su trabajo y que el asesinato de Javier no quede impune. Eso lo exigimos en la marcha y en la reunión con el gobernador. Fue un primer paso y habrá que ser persistentes para continuar con firmeza en la exigencia. Seguiré exigiendo.

Hoy prefiero escribir esta columna para mis colegas, para el gremio, para la industria de medios local y nacional. Para que por una pinche vez nos dejemos de mirar de reojo y exijamos unidos frente al poder. No estamos para mezquindades.

Para que resignifiquemos el dolor que nos provoca la muerte de Javier. Para que seamos autocríticos sin despedazarnos en el proceso. ¡Qué no entendemos que la impunidad rampante tiene en nuestra propia división su principal alimento!

Medios y periodistas no exigimos juntos porque no confiamos entre nosotros. Y no confiamos porque terminamos siempre respondiendo a los intereses de los grupos de poder que nos mantienen vía publicidad oficial. Y mientras cuidamos nuestras miserias, el poder nos pasa por encima. Les hacemos más fácil matarnos.

Hay que desmantelar ese sistema que inhibe la independencia periodística. No hay libertad de expresión si la nómina sale de la chequera de un gobernante o de la oficina de comunicación social.

¿En serio queremos seguir así? Hay que comer, sobrevivir, es cierto. Pero hay que hacerlo con dignidad y profesionalismo. No puede ser a costa del periodismo ni de nuestro principio básico: la libertad. Además, a la larga este mal arreglo no sirve para ninguna de las dos cosas: no hay “convenio oficial” eterno y de todas formas #NosEstanMatando.

Eso explica por qué cuanta matan a un periodista o atacan a un medio de comunicación, los ciudadanos nos dejan solos. Porque buena parte de la industria y periodistas de este país los abandonamos primero: dejamos de atender sus necesidades para atender la agenda de los políticos en turno. Dejamos de hacer periodismo útil para lucrar con el contenido morboso y viral que genera audiencia y clicks.  ¿Y luego por qué no nos creen?, ¿y luego porque los mexicanos no confían en sus periodistas?

Reconozco, hay excepciones: medios y periodistas independientes y dignos que intentamos cumplir con nuestro rol de contrapeso democrático. No es fácil porque se te aísla, se te aplasta, se te castiga en el presupuesto y, en el peor de los casos, como a Javier, se te mata.

Pienso mucho en Javier, pero sobre todo pienso en RíoDoce, su semanario huérfano. Aclaro, no compartimos muchas líneas editoriales, pero defiendo con firmeza su independencia y su derecho a hacer el periodismo que les dé la gana, mientras sea periodismo. ¿Cómo van a digerir la muerte de Javier? No será fácil, el golpe es tremendo en el ánimo, en la estructura, hasta en la operación. Mi solidaridad y nuestro apoyo.

Pero generalizo para explicar el mal equilibrio al que llegamos. El último informe de Artículo 19 lo explica perfecto: la publicidad oficial es el incentivo perverso que pudre muchas otras cosas. No es el único: la impunidad, la autocensura, la simulación de unas autoridades que, como señala Javier Garza, se dan cuenta 10 años y muchos muertos después que no se puede hacer periodismo en México.

Unas autoridades que se reúnen de emergencia para “urgir” medidas de protección para los periodistas sin invitar a los periodistas. Eso ya no es humor negro, es una mentada de madre. Presidente, Procurador, Gobernadores: agarren a los asesinos de Miroslava, de Javier y del resto de periodistas asesinados, pónganlos ante el juez y entonces les empezaremos a creer.

Por último, rescatemos y preservemos el legado de Javier Valdez. Nadie como él contó desde Sinaloa para México y el mundo nuestra realidad narca. Nadie como él extrajo el rostro humano de la violencia. Nadie cómo él se acercó a las víctimas para escuchar su dolor.

Si su asesinato fue un mensaje de miedo, colegas y ciudadanos debemos enviar el mensaje contrario: que su muerte será el germen del despertar colectivo. Si su pérdida es un absurdo, hagamos que tenga sentido. Eso le hubiera gustado.