Y el último gran reto del Presidente: él mismo. La Cuarta transformación es AMLO: su retórica, sus símbolos, su verticalidad, su trayectoria. Foto: Andrea Murcia, Cuartoscuro.

Son tiempos difíciles. Casi a la mitad de su primer año de Gobierno, el Presidente López Obrador enfrenta retos mayúsculos para consolidar su denominada Cuarta Transformación. Me permito hacer inventario:

Primero, el cambio de régimen. López Obrador quiere cambiar, a veces más con voluntarismo que con estrategia, las reglas del sistema democrático mexicano e imponer una nueva “idea” del Gobierno y el poder.

Lo celebrable: comenzó a instalar una nueva lógica del poder dónde los políticos no tienen que hacerse millonarios en su encargo, por pequeño que sea. En esa lógica, los políticos pueden ser normales y no necesitar suburbans, escoltas y trajes de diseñador para ejercer su encargo. Nada de eso hará de México un país más próspero en lo inmediato, pero construye otras virtudes públicas que valen la pena.

Lo preocupante al respecto son dos cosas: que esa nueva lógica se simule solo para quedar bien con el Presidente sin que se traduzca en nuevas reglas e instituciones; y segundo, que la austeridad mal entendida está generando un colapso enorme en instituciones intermedias, organismos autónomos, centros de investigación y academia porque se ejecuta sin análisis ni claridad.

Segundo. El combate a la corrupción, su principal bandera de campaña. Creo que a todos nos desagradaba la idea del “punto final” para no perseguir a los corruptos del sexenio de Peña Nieto. Por eso lo celebrable es sin duda la acusación contra un “pez gordo” como Emilio Lozoya, un caso que sienta un precedente en el sentido correcto; aunque falta ver si serán capaces de armar un expediente sólido que no termine un “usted disculpe” como con Elba Esther.

Lo preocupante: el combate selectivo y no sistémico. ¿Por qué a Lozoya sí y al súper delegado de Jalisco, Carlos Lomelí, no? Si la corrupción se combate solo con los adversarios no estaremos ante la justicia sino ante la venganza política.

Tercero, la economía. Cada vez es más obvio que a pesar del profesionalismo y la solidez del gabinete económico, el Presidente es quien peor entiende del tema y que su visión económica del país es, por decir lo menos, anacrónica.

Lo celebrable: la ortodoxia y la disciplina macroeconómica. Lo preocupante: que la política de austeridad tiene detenido al Gobierno y la inversión pública; además, el discurso presidencial no construye la confianza suficiente entre los inversionistas para levantar la inversión privada a los niveles necesarios. El resultado es un país que crecerá muy poco en la primer mitad del sexenio y eso puede ser la mayor debilidad del Gobierno de AMLO para consolidar el cambio al que aspira. Si a eso sumamos el complicado contexto internacional con un T-MEC en suspenso, me atrevo a decir que mucho del éxito de este Gobierno se definirá en la economía.

Cuarto, la seguridad. Es el reto más complejo y más complicado. No veo manera que AMLO logre algún progreso sustancial en este sentido, el crimen organizado campea a lo largo y ancho del país. Si antes la violencia era focalizada en tres o cuatro estados de la república, ahora la excepción es la paz y la muerte es la regla. Basta ver los videos de Michoacán para entender quien manda en las calles de este país.

¿Lo celebrable? Muy, muy poco: el discurso de construcción de paz y la regulación de las drogas; así como un combate que aspira a ser más integral desde lo social, lo económico, la salud y la seguridad. Lo preocupante es que sigo viendo más de lo mismo: militares, militares, militares… aunque les llamemos “Guardia Nacional”. Un crimen organizado que se sabe poderoso e impune. Que asesina a más de 90 personas diarias, que desaparece, que secuestra, que extorsiona. Un sistema judicial rebasado y cooptado. En suma, el peor caldo de cultivo que podamos imaginar. Sí, AMLO entregará más muertos que Peña y que Calderón y esa será su gran derrota si no hace algo sustancialmente diferente… y no lo están haciendo.

Y el último gran reto del Presidente: él mismo. La Cuarta transformación es AMLO: su retórica, sus símbolos, su verticalidad, su trayectoria. Y los treinta millones de votos que lo hicieron Presidente. Si el Presidente se pierde no habrá cuarta transformación.

Es todavía muy pronto pero a finales de este año su actitud triunfalista topará con la obcecada realidad: 1 por ciento de crecimiento, 30 mil muertos. ¿Cómo reaccionará?

¿Corregirá el rumbo?, ¿se abrirá a la crítica y permitirá que las instituciones hagan su trabajo?, ¿afinará su discurso para construir confianza y sumar en vez de desacreditar?, ¿se dejará ayudar?, ¿escuchará a su equipo antes que todos los sensatos renuncien?

Veremos entonces si elegimos al estadista o al populista.

MUCHAS GRACIAS.

En 2014, después de recibir un balazo y cuando más vulnerable me encontraba, le pedía a Alejandro Páez y a Jorge Zepeda un espacio en Sin Embargo para colaborar semanalmente. He tenido toda la libertad y todo el apoyo. Hoy, por razones personales, pongo en pausa indefinida esta columna. Muchas gracias a quienes, generosos con su atención, me leyeron durante estos cinco años. ¡Hasta pronto!