Vampiros, criaturas y espíritus convergen con la vida cotidiana en estos relatos, originales reflexiones sobre la enfermedad, la vejez y la memoria. Además son una tenaz defensa del derecho a disentir, la libertad individual, y una aguerrida vindicación de las mujeres en un entorno hostil.

La autora canadiense nos entrega una dosis más de su malicia y genialidad en una antología donde se da el lujo de cambiar de estilo y de género de un relato a otro, evocando otros autores y libros. Ella lo dice: aquí no hay robos ni engaños; sólo una mujer de 80 años jugando el juego de la evocación y la memoria.

Por Alejandro Maciel

Ciudad de México, 15 de agosto (LangostaLiteraria).- Somos malos: cuando la edad les llega a nuestros autores favoritos, comenzamos a reducir sus nuevos trabajos a “obras menores”. Que sus buenos tiempos ya pasaron, decimos. Que es mejor quedarnos con sus libros ochenteros, setenteros. Si bien es cierto que así ha pasado con muchos autores, también hay que ser honestos: no es el caso de Margaret Atwood.

Como una auténtica villana de la literatura anglosajona, esta señora octagenaria siempre sabe salirse con la suya. Apenas en 2019 nos entregó la continuación del universo de El cuento de la criada. Con Los testamentos, la autora le demostró al mundo que aún puede darnos una novela de 400 páginas con total lucidez. Y, más aún, rescatar la gloria de su trabajo original 30 años después.

Este año nos entrega una dosis más de esa malicia y genialidad: una colección de cuentos donde se da el lujo de cambiar de estilo y de género.  El título original de esta antología es Stone Matress: Nine Wicked Tales. En español, el sello Salamandra lo publica con el título Nueve cuentos malvados. Más simple y certero, pues allí está la esencia de este libro; no en lo malvado, sino en la palabra cuento, en el “tale”, que no es lo mismo que el concepto tan contemporáneamente usado “short story”.

A la vieja usanza del género, Margaret Atwood decide escribir estos “tales”, estos “cuentos” que tienen reminiscencias a muchas otras historias fantásticas de la literatura clásica. Lo dice ella misma en el epílogo: “Varios de los cuentos que aquí se recogen son cuentos acerca de otros cuentos; dejaré al lector que descubra cuáles”.

Con esta invitación a encontrar los huevos de pascua, algunos lectores alrededor del mundo han organizado foros de discusión para hallar las inspiraciones. Que si hay un Frankenstein. Que si hay un Barba Azul. Que si hay algo de Kafka y de hombres lobo —o mejor dicho, mujeres lobo, en ese cortísimo pero magistral cuento llamado “Lusus Naturae”—. Para quienes no pretendemos hacer esta labor detectivesca entre líneas y sólo queremos tumbarnos a leer, encontraremos, si acaso, algunos cruces temáticos y estilísticos con Tolkien, o esos mundos invernales de Narnia, y por supuesto, ese contraste entre lo bello y lo grotesco de los cuentos de Angela Carter.

Pero los cuentos de Atwood no pertenecen al género fantástico, ni al surrealismo, ni mucho menos al género de terror. Atwood describe mundos verosímiles, con personajes totalmente cotidianos, que simplemente echan mano de su imaginación. Son estas fantasías, que ocurren en la cabeza de los personajes, lo que da a estos cuentos ese toque malvado. Y esa violencia latente es lo que nos mantiene caminando sobre una cuerda en el vacío, temiendo el vértigo estomacal de la caída.

Aunque no es nuevo, Atwood echa mano de la vejez como un hilo que encadena estas historias. Salvo en un par de ellas, los personajes son ancianos reflexionando sobre la memoria y la decadencia del cuerpo. No es extraño que varios de los cuentos se desarrollen en ambientes invernales o fríos —en “Colchón de piedra” es muy evidente: una mujer reencontrándose con el violador de su juventud en un crucero a la Antártida—.

Es la forma de Atwood de ponernos frente al invierno como una metáfora de la vejez: la vejez como el invierno de la vida. Pero esta vejez no es nada nostálgica, ni romántica. Todo lo contrario, las ancianas y los ancianos de estos cuentos son personas dispuestas a enfrentar los tormentos del pasado; matar y reconciliar a bocanadas iguales. Una vejez activa. Un invierno necesario para poder habitar un nuevo cuerpo.

Quien espere encontrar en Nueve cuentos malvados a la misma escritora ochentera de El cuento de la criada tiene que saber, de una vez por todas, que está tocando la puerta incorrecta. Por el contrario, hallará otras facetas de una escritora cuya mayor virtud es, quizás, la de cambiar de tenor y de género a su voluntad, incluso de un cuento a otro.

Encontrará, como los trazos de un perfume en el ambiente, la evocación de otros autores, de otros libros que han estado con nosotros. La autora lo reconoce: aquí no hay robos ni engaños; sólo hay una mujer de 80 años jugando el juego malvado de la evocación y la memoria.

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