Margaret Atwood, ganadora en dos ocasiones del Premio Booker y autora de la aclamada novela El cuento de la criada, nos sorprende con una atrevida vuelta de tuerca al antiguo mito de Penélope, abnegada esposa de Odiseo y símbolo por excelencia de la fidelidad conyugal a lo largo de los siglos.

Ciudad de México, 27 de junio (SinEmbargo).- En el relato homérico, tras la marcha de Odiseo a la guerra de Troya, Penélope se las arregla (mientras teje y desteje incansablemente su tapiz) para conservar el reino de Ítaca, criar a su hijo descarriado y mantener a raya a una fila pretendientes.

Tras superar un sinfín de contratiempos, enfrentarse a seres monstruosos y acostarse con diosas, Odiseo regresa a casa al cabo de 20 años y mata a los pretendientes de Penélope y, curiosamente, también a doce de sus doncellas.

La aclamada autora de El cuento de la criada nos sorprende con una espléndida vuelta de tuerca al antiguo mito de Penélope, la abnegada esposa de Odiseo y símbolo por excelencia de la fidelidad conyugal a lo largo de los siglos. Sabia, poética y lúdica, esta novela ofrece una atrevida reconstrucción, una versión en voz femenina.

A continuación, SinEmbargo comparte, en exclusiva para sus lectores, un fragmento de Penélope y las doce criadas, libro de Margaret Atwood, ganadora en dos ocasiones del Premio Booker (en el año 2000 con El asesino ciego y en 2019 con Los testamentos), un hecho insólito en la historia del máximo galardón literario de las letras anglosajonas. Cortesía otorgada bajo el permiso de Penguin Random House.

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Prólogo

La historia del regreso de Odiseo al reino de Ítaca tras veinte años de ausencia ha llegado a nosotros princi­palmente a través de la Odisea de Homero. El poeta afirma que Odiseo pasó la mitad de esos años comba­tiendo en la guerra de Troya y la otra mitad vagando por el mar Egeo tratando de volver a su tierra natal, soportando penalidades, combatiendo monstruos o escapando de ellos y acostándose con diosas. El céle­bre personaje de Odiseo, «pródigo en ardides», es des­crito como un maestro de la persuasión y un artista del disfraz, un hombre que vive de su ingenio, que urde estrategias y artimañas y en ocasiones incluso se pasa de listo. Su divina protectora es Palas Atenea, una diosa que admira su extraordinario ingenio.

La Odisea describe a Penélope —hija de Icario de Esparta y prima de la hermosa Helena de Troya—como la esposa fiel por excelencia, una mujer de gran inteligencia y lealtad a toda prueba que, además de llorar y rezar por el regreso de su esposo, engaña as­tutamente a los numerosos pretendientes que pululan por el palacio y consumen los bienes de Odiseo con objeto de obligarla a casarse con uno de ellos. Pené­lope no se limita a hacerles falsas promesas, sino que teje durante el día un sudario que desteje por la noche, aplazando la elección del pretendiente hasta haber terminado su labor. La Odisea también aborda los problemas de Penélope con su hijo adolescente, Telé­maco, que se ha propuesto plantar cara no sólo a los molestos y peligrosos pretendientes, sino también a su propia madre. La obra termina cuando Odiseo y Telémaco dan muerte a los pretendientes, hacen ahorcar a doce criadas que se acostaban con ellos y el héroe se reencuentra por fin con su fiel esposa.

Sin embargo, la Odisea de Homero no es la única versión de la historia: en su origen, el mito era oral y local (los mitos se contaban de forma completamente distinta en diferentes lugares). Así pues, he tomado material de otras fuentes, sobre todo en relación con los orígenes de Penélope, los primeros años de su vida y su matrimonio y los escandalosos rumores que cir­culaban sobre ella.

Me he decantado por dejar que fueran Penélope y las doce criadas quienes contaran la historia. Las criadas forman un coro que canta y recita centrándo­se en dos preguntas que cualquier lector se plantearía tras una lectura mínimamente atenta de la Odisea: ¿por qué las han ahorcado? y ¿qué buscaba Penélo­pe en realidad? La historia tal como se cuenta en la Odisea no se sostiene: hay demasiadas incongruen­cias. Siempre me han perseguido esas criadas ahorca­das y, en este libro, también persiguen a Penélope.

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Un arte menor

«Ahora que estoy muerta lo sé todo», esperaba poder decir, pero como tantos otros de mis deseos ése no se hizo realidad. Sólo sé unas cuantas patrañas que an­tes no sabía. Huelga decir que la muerte es un precio demasiado alto para satisfacer la curiosidad.

Desde que estoy muerta —desde que alcancé este estado en que no existen huesos, labios, pechos…—me he enterado de algunas cosas que preferiría no saber, como ocurre cuando escuchas pegado a una ventana o abres una carta dirigida a otra persona. ¿Creéis que os gustaría poder leer el pensamiento? Pensadlo dos veces.

Aquí abajo todo el mundo llega con un odre como los que se usan para guardar los vientos, pero cada uno de esos odres está lleno de palabras: palabras que has pronunciado, palabras que has oído, palabras que se han dicho sobre ti. Algunos odres son muy pequeños y otros más grandes; el mío es de tamaño mediano, aunque muchas de las palabras que contiene se re­fieren a mi ilustre esposo. Dicen que me vio la cara de tonta. Ésa era una de sus especialidades: engañar a la gente. Siempre se salía con la suya. Otra de sus especialidades era escabullirse.

Era sumamente convincente. Muchos dan por auténtica su versión de los hechos, salvo quizá por al­gún asesinato, alguna beldad seductora, algún mons­truo de un solo ojo. Hasta yo le creía, a veces. Sabía que mi esposo era astuto y mentiroso, pero no espe­raba que me hiciera jugarretas ni me contara menti­ras. ¿Acaso yo no había sido fiel? ¿No había esperado y esperado pese a la tentación —casi la inclinación—de hacer lo contrario? ¿Y en qué me convertí cuando ganó terreno la versión oficial? En una leyenda edifi­cante: un palo con el que pegar a otras mujeres. ¿Por qué no podían ellas ser tan consideradas, tan dignas de confianza, tan sacrificadas como yo? Ésa fue la inter­pretación que eligieron los rapsodas, los contadores de historias. «¡No sigáis mi ejemplo!», me gustaría gri­taros al oído. ¡Sí, a vosotras! Pero cuando intento gritar parezco una lechuza.

Desde luego, tenía sospechas: de su sagacidad, de su astucia, de su zorrería, de su… ¿cómo explicarlo?, de su falta de escrúpulos. Pero hacía la vista gorda. Mantenía la boca cerrada y si la abría era para elo­giarlo. No lo contradecía, no le planteaba preguntas incómodas, no le exigía detalles. En aquella época me interesaban los finales felices y éstos se obtienen manteniendo cerradas determinadas puertas y echán­dose a dormir cuando las cosas se salen de madre.

Sin embargo, cuando los principales aconteci­mientos habían quedado atrás y las cosas habían per­dido su aire de leyenda, me di cuenta de que mucha gente se reía a mis espaldas. Se burlaban de mí y hacían chistes de todo tipo, inocentes y groseros; si contaban una historia, o varias, sobre mí, no lo hacían de la manera en que me hubiera gustado escucharla. ¿Qué puede hacer una mujer cuando se difunden por el mundo chismes escandalosos sobre ella? Si se de­fiende, parece que reconozca su culpabilidad, así que decidí esperar un poco más.

Ahora que todos los demás se han quedado ya sin aliento, me toca a mí contar lo ocurrido. Me lo debo a mí misma. No ha sido fácil decidirme: la narración de historias es un arte de muy baja estofa. Tan sólo les gusta a las ancianas, los vagabundos, los cantores ciegos, las sirvientas, los niños: gente a la que le sobra el tiempo. En otra época se habrían reído ante mis pretensiones de aedo, pues no hay nada más ridículo que un aristócrata metido a artista. Pero, a estas altu­ras, ¿a quién le importa la opinión de la gente? ¿Qué valor podría tener lo que opinan los que están aquí abajo: la opinión de las sombras, de los ecos? Así que tejeré mi propia trama.

El inconveniente es que no tengo boca para ha­blar. No puedo hacerme entender en vuestro mundo, el mundo de los cuerpos, las lenguas y los dedos; y la mayor parte del tiempo no hay nadie que me escuche en vuestra orilla del río. Si alguno de vosotros alcanza a oír algún susurro, algún chillido, quizá confunda mis palabras con el ruido de los juncos secos agitados por la brisa, con el de los murciélagos al anochecer, con una pesadilla.

Pero siempre he sido una mujer decidida. Pacien­te, decían. Me gusta ver las cosas acabadas.