“Escúchame, Emi. Yo soy el que entrega las cartas desde el futuro, cuarenta años adelante. Soy el cartero y también el que responde. Soy el que está al otro lado en la estación de las ferrovías que se bifurcan”. Como cartas que tal vez le escribiera a su hijo y a su padre, este hombre de la mediana edad trata de sacar los sueños que le permitieron vivir y luchar. Ritual del lagarto, un viaje hacia el pasado y hacia el futuro.

Ciudad de México, 17 de febrero (SinEmbargo).- La novela Ritual del lagarto es ante todo una narración donde el lenguaje ocupa un lugar central. ¿Cómo hablarle a un chico de veinte años de hoy y cómo contagiarle ese gusto por Jim Morrison y por todos los sueños que había en los 60, en los 70?

Armando Vega Gil es un hombre que se considera artista y que no hace distinciones entre su banda de rock, Botellita de Jerez y sus libros, muchos de ellos enfocado a los jóvenes, fundamentalmente porque esa es la edad del escritor.

Emi es un adolescente que poco a poco se descubre a sí mismo en un México marcado por las cicatrices de la matanza del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco y el Jueves de Corpus, en 1971. De pronto descubre muerto a Jim Morrison, el Rey Lagarto y este hecho es el detonante para que un joven escriba cartas a su yo del futuro.

¿Qué mundo le dejaremos a nuestros hijos?, se pregunta en la novela. Foto: Facebook

–Ejercitaste un nuevo lenguaje en esta novela, ¿verdad?

–Traté de encontrar la voz que yo tenía o tenía mi generación en 1971. Traté de encontrar ciertas pistas, maneras de expresarse, contrastado con el lenguaje que usamos ahora los adultos contemporáneos.

–La novela es fascinante por eso y también pienso en la muerte de Jim Morrison…ahora también hay varios muertos en el rock. Siempre mueren…

–Sí, es cierto. Es como una especie de maldición esto de cumplir 27 años. Kurt Cobain, Amy Winehouse, mucho más cerca; el adolescente perpetuo rockero que tiene que entrar en la adultez. Hay un dicho punk que dice “nunca confíes en nadie mayor de 30 años”. Pareciera que fuera eso como un síndrome de alguien joven que está retando al sistema: las drogas, el antibelicismo, el cantar de una manera súper rebelde…la muerte de Morrison de alguna manera afecta a mi personaje porque él había diseñado cómo debía ser quien estaba en contra del sistema. Justo cuando se muere, empieza como a desgranarse el mundo que se estaba construyendo, luego vienen varios golpes más y Emi empieza a hacer ese camino que lo va a llevar al mundo de los adultos.

Ritual del lagarto es un ritual de muerte, pero también de vida. ¿Tú tuviste un chamán que te aconsejara?

–Es alguien que me hubiera gustado tener y que no existió. Me estoy construyendo un personaje con el que yo hubiera querido compartir la pérdida de mi inocencia. Siempre el papel del anciano sabio en las tribus, en los clanes, era el hombre que te abría la puerta de la sabiduría para que tú tuvieras en los mitos, en las historias, los descubrimientos para la vida. Siento que en el mundo contemporáneo no hay chamanes ni hombres sabios, estos viejos de la tribu que nos vayan con sabiduría cuál es el camino, estamos como en el abandono y los ancianos son desechados. No hay un ritual del lagarto, una celebración mítica, mágica, de conocimiento. Cuando entramos al mundo productivo es más bien un golpe, crecemos como podemos, sin guía, una manera muy salvaje. Todo tiene que ver con esa gran maquinaria capitalista que oprime a la humanidad.

–Tú te conviertes en chamán en este libro, en nuestra época ni siquiera había libros

–Sí, claro. El consumo salvaje nos orilla a que seamos trabajadores perpetuos, no tenemos tiempo de acompañar a nuestros hijos, ni a nuestros amigos, porque estamos trabajando para consumir y consumir. Estos tiempos mágicos están perdidos, pero qué bonito lo que me dices ahora que quizás yo me esté convirtiendo en un chamán. De alguna manera mi libro es como un recordatorio a los hombres de mi edad que alguna vez fuimos adolescentes y que tuvimos ciertos deseos que con el paso del tiempo los hemos enterrado y los hemos abandonado. Por otro lado también les quiero contar a los chavos cómo era lo que nos bullía en las tripas y en la cabeza cuando éramos jóvenes. Eso nos emparienta con los adolescentes. En algún momento, todos somos iguales.

–Hay una gran protesta contra el consumismo en el libro

–Para que tú puedas tener un IPhone o un Ipad tienes que trabajar más de 12 horas al día; la ropa que está de moda que se vende por toneladas y la producción de todo esto está depredando el mundo, nos hace esclavos del trabajo.

Aquí con el Mastuerzo: Botellita de Jerez cumple 35 años el 2 de abril. Foto: Cuartoscuro

–La economía además está muy ligada a la violencia

–Cada objeto que compramos hay montañas de gente explotada, hay lugares del mundo que son depredados, son vueltos paisajes muertos, los precios son bajos porque alguien paga el precio y eso es la gente trabajadora. En algún momento va a detenerse porque ya no va a haber más de dónde sacar. Un poco mi novela tiene que ver con esto, más que una advertencia es como un retrato del mundo que yo le estoy enseñando a mi hijo, no sé qué mundo le dejaremos pero nos lo imaginamos un poco en una distopía grave, mi novela es como decir así eran las cosas cuando yo era joven.

–¿Pensaste en tu hijo a la hora de escribirla?

–Sí, pensaba mucho en él. La novela está construida con cartas y tiene que ver con las cartas que le escribo a mi hijo. Por eso al principio la novela está dedicada a Andrés, mi conversador del futuro y a Chon, mi conversador del pasado, que es mi padre.

–¿Te sientes un rockero que escribe? Este es tu libro 32

–La literatura es una herramienta necesaria para poder decir cosas que me están girando en la cabeza, que me rebullen en las tripas. No tengo como ningún tipo de pretensión. Las utilizo con mucho rigor, con mucho respeto y también con la posibilidad de divertirme. Esta novela implica hacer una reflexión acerca de la temporalidad del mundo, del hombre en sus diversas edades. Soy todavía un rockero que toca con Botellita de Jerez y ahora diversifico mis tareas, hago también fotografía, periodismo de viajes, sigo tocando con la banda que amo, con la que cumplo el 2 de abril 35 años. Suena como muy ramplón decir que soy artista, pero es lo que soy, alguien que usa las herramientas de trabajo para hacer.

Fragmento de Ritual del lagarto, de Armando Vega Gil, con autorización de Ediciones B y Penguin Random House

Me caga que los adultos siempre tengan la razón.

Me pudre y repatea el hígado que, cuando confirman sus cochinas predicciones, alcen el índice, lo dirijan hacia el centro de tu cara de idiota y te restrieguen su frase célebre de “¿Ves?, te lo dije”. Juntan las cejas, tuercen la boca, triunfantes, y te clavan la mirada como dos picahielos que te obligan a arrastrar los ojos por el piso: ojos de gusano insano, ojos de cucaracha gacha; entonces, no queda más remedio que bajar la cabeza con los dientes apretados y el rostro hirviendo de vergüenza.

Pero, ¡qué te digo! Debes de recordarlo, ¿no? ¡Lo tendrás que recordar! Yo y esta maldita manía de ponerme rojo por cualquier estupidez; por ejemplo, cuando me descubren en una mentira o saco un seis en el examen de álgebra; cuando una chava que me gusta hace gesto de asco luego de invitarla a dar una vuelta a la Alameda.

Y es que, ahí te va: apenas siento un ligero rastro de sangre coloreándome las mejillas, un calorcito que me sube como quien no quiere la cosa a la azotea (mercurio en un termómetro avergonzado), no hay fuerza humana ni Alka-Seltzer que eviten ponerme más y más colorado. Ruborizarme me sonroja. Sonrojarme me ruboriza. Los bordes de las orejas se me ponen como rondanas a fuego lento y duelen. ¡Ufa!, a veces creo que la maceta va a tronarme en un círculo vicioso de tepalcates craneanos y vueltas coloradas ascendentes (una peor de roja que la otra), pero el rubor se detiene para mi perra suerte en una máscara de comezón sudorosa, cachete brilloso, ojo inyectado, y el silencio pone en evidencia lo que soy: un debilucho avergonzado de todo y de nada, un agachón.

Ese semáforo en rojo de mi cara es la señal de “Siga” (no de “Alto”) para que la momiza —como se les dice en estos días a los ñores, aludiendo a las momias de Guanajuato y Tutankamón—, para que los mayores se avoracen con mi derrota, me avergüencen y, ¡pisoteen! Bueno, tampoco tan así de que me pisoteen o escupan sobre mi tumba; pero sé que revientan de ganas de burlarse de mí, juzgarme y, ¡grrrr!, demostrarme que son más sabios e inteligentes que yo, de humillarme como cuando el delantero guapo del equipo contrario le mete gol a nuestro feo portero en un tiro penal. Pero como lo que ellos pretenden —según sus escrúpulos didácticos— es darte una Inolvidable Lección de Vida, los señores y sus señoras se tragan su mal disimulada fiesta y comienzan la cantaleta didáctica: “Blablablá”.

Y no, no es que siempre tengan la razón, para nada; de hecho, tiro por viaje se equivocan, mienten, exageran y opinan muy seguritos de lo que ignoran: pero si los cuestionas hasta arrinconarlos, arman tremendo escándalo con tal de tapar con ruido sus fallas: “¡Blablablá!”. Cuando se dan cuenta de que la cagaron, creen que tienen (más bien, lo tienen, a secas, sin creeres de por medio) el derecho de manosear la verdad, igual que masa para tortillas, que harina para bolillos, hasta salirse con la suya; de lo contrario, si insistes en ponerlos en evidencia, en cuestionarlos, se acaban los permisos para salir a jugar futbol con Ramoncito y el Gus, o ensayar con los babosos de tu conjunto, el Güevo y Mota. Si tus calificaciones bajan de ocho a menos seis y te mandan a exámenes extraordinarios, de castigo se pudren los chances de comer en casa de los cuates y te quedas sin cenar; súmale las cero oportunidades de ir al cine que, de cualquier manera, estaban anuladas porque, desde que eres adolescente, se acabaron los domingos, ¡para los pinches diez pesos que me dan cada fin de fin semana!, ese billete seboso con la cara de un cura senil, con su mirada de Padre de la Patria que parece atravesarte —como lo hacen los ojos de rayos equis de Supermán— y se pierde en un vacío de astigmatismo bizco. ¿Así miraría el subversivo cura pelón al pelotón de fusilamiento? En sus marcas, apunten, listos… ¡tómala, barbón! ¡Bang! Como en la rola de Jim Morrison y los Doors, “The Unknown Soldier”. Dime tú, en el futuro, ¿los billetes de diez pesotes seguirán teniendo al soldado desconocido, Miguel Hidalgo y Costilla, en su portada?