Cuentan que un grupo de mujeres, autonombradas Las Divas, crearon en los ochenta una asociación de artistas que se escribían, dirigían, actuaban y exponían temas un tanto polémicos. Respingaba la derecha y los mochos no sabían si morderse la moral o arrancarse la cabeza al sentirse provocados por estas mujeres, hijas de la noche. Entre ellas estaban tres que todavía están: Jesusa Rodríguez, Astrid Hadad y Liliana Felipe. Chicas al borde de un ataque de risas, quienes revivieron un género teatral netamente mexicano: el cabaret.

El Hábito fue más que un centro nocturno o un cabaret… era la casa de la sátira y las noches recuperaron la risa y la reflexión, más allá del chiste blanco o machista. Cualquier evento, aunado a la crisis eterna del país, era motivo para representar una crítica al sistema.

El cabaret, para muchos, es el hijo tardío de la Carpa y el Teatro de Revista. Sin embargo, la propia Astrid Hadad lo define así: “El cabaret es el conjunto de muchas disciplinas”. Cuenta la actriz y cantante que ella misma lo bautizó así  “porque no tenía nombre. Le llamaban farsa política, otros performance, pero yo siempre creí que teníamos afinidad con lo que pasaba en Europa, en el periodo de entreguerras, con el kabaret alemán y francés”. Hadad es una mujer de media noche que ha estudiado el género y lo ha reinventado. En ella, dice el crítico teatral Gastón Alzate, su cuerpo es el escenario donde pasa todo.

Y aunque nacen nuevas camadas de cabareteros, para Astrid Hadad hay mucho que cuestionar del cabaret actual. Por ejemplo: “Muchos lo confunden con el burlesque, que es otra cosa; pero lo que más me preocupa es que se polarice la postura, los discursos. Si somos de derecha o de izquierda; buenos o malos. Y creo que ni todos en el PAN y el PRI son corruptos, ni todos en el PRD son liberales. Falta profundizar”.

Carlos Pascual, quien fuera alumno de Jesusa Rodríguez y logró hacerse una carrera independiente con el cabaret un medio para volcar su indignación, considera que el error “es que muchas veces hacen un espectáculo desde la vísera. Con Jesusa aprendí que el cabaret lleva tiempo, investigación y reflexión. No sólo mentar madres”. Hoy, Carlos Pascual se ha alejado del cabaret. Trabaja como guionista de “Mujeres Asesinas”, escribe novelas históricas y “no encuentro ya nada qué decir en el cabaret. Ya no me gusta la inmediatez del género”, dice.

 

El cabaret que milita

La primera vez que Tito Vasconcelos se travistió y encontró en sus personajes femeninos la posibilidad de manifestar su inconformidad con el mundo, “sentí que por ahí debía explorar”. Y sí, exploró todo. Estudió al cabaret y encontró su propio medio de llegar a él. En la actualidad es maestro de varios jóvenes cabareteros. Para Tito: “El cabaret florece en tiempos de crisis”.

Por eso, en medio de la guerra calderonista y las próximas elecciones en 2012 se le pregunta a Vasconcelos hacia dónde mira el cabaret mexicano. “Hacia un humor inteligente y crítico, que ojalá hicieran los Mascabrothers o Eugenio Derbez”. Para Carlos Pascual tendría que estar junto a la sociedad, sin coqueteos a ningún partido político.

Tito se remonta en la cúspide del Teatro de revista, justo en tiempos de la Revolución. Entonces algunas compañías escribían a favor de Francisco Villa o Venustiano Carranza. “Eso era muy común y tenían una postura clara. En la actualidad, el PAN, si tuviera sentido del humor, seguramente haría buen cabaret. Por eso la izquierda lo ha aprovechado más”.

Con todo y esto, Astrid Hadad piensa que tampoco el cabaret puede cambiar el mundo. A veces pincha las conciencias, los hace reír a través del humor y reflexionar lo que en la televisión comercial sería un sueño guajiro.

El villano principal es Felipe Calderón. De él se han hecho docenas de caricaturas y cientos de referencias en el cabaret. Tras él, Enrique Peña Nieto y Elba Esther Gordillo. Son los protagonistas de lo amoral. “Pero también Andrés Manuel López Obrador paró durante años Sociedades de Convivencia, leyes que apoyaban el derecho de las mujeres a decidir sobre sus cuerpos. Es muy mocho. Yo la verdad estoy muy preocupada porque no confío en los políticos. Han hecho un negocio a costa de nosotros como sociedad. Me preocupa qué piensa la gente. Apenas revisé unas encuestas cuando ganó Peña Nieto y quienes votaron por él eran mujeres y jóvenes. Votan por él porque es guapo. Eso es preocupante”, reflexiona Hadad.

Jesusa Rodríguez hace un año, en una conferencia sobre performance en el Claustro de Sor Juana, dijo abiertamente ser zombi de López Obrador (se burló de sí misma). En cambio Tito Vasconcelos sabe que la izquierda partidista tiene el camino bifurcado. Él mismo, en tiempos del Peje, “viví acoso por homofobia, sobre todo cuando (Dolores) Padierna fue delegada de Cuauhtémoc”, y ahora presidenta del PRD. Antro que abría Tito era clausurado por policías, incluso con violencia.

Hadad asegura que está en la izquierda. Pero ella ha creado su propio discurso y no le interesan los personajes políticos, sino como material para cabaret. “Soy una dadora de placer. Una pobre cabaretera ilustrada”, y se ríe. Carlos Pascual, en cambio, considera que el problema de muchos cabareteros “es cuando reciben becas. Y es muy desagradable que cuando no se las dan, escriben periodicazos en vez de trabajar de manera autogestiva”.

 

¿Autocensura?

Imaginemos por un momento que los actores de la Carpa pidieran beca al gobierno para hacer su trabajo. Entonces era impensable. Eran otros tiempos. Lo cierto es que muchos escritores del también llamado “género menor” le hacían “arreglitos” a los sketches por petición de importantes políticos, entre ellos Plutarco Elías Calles, asiduo espectador de la Revista.

Cuando se le pregunta a Carlos Pascual por qué es un error pedir beca para cabaret, el escritor y actor responde: “Muchos compañeros cabareteros dicen que cuando solicitan una beca, no se lo piden al gobierno en turno, sino al Estado. Y me parece un bonito sofisma, pero lo cierto es que el cabaretero no sólo debería criticar al gobierno. Ya sabemos que el siguiente presidente hará lo mismo que el anterior. Lo que debemos criticar son a las estructuras del Estado precisamente, a las instituciones”.

Ni Astrid Hadad ni Vasconcelos están de acuerdo. En el caso de la cantante ella dice abiertamente ser becaria en el Sistema Nacional de Creadores de Arte que otorga el Consejo Nacional para las Cultura y las Artes –Conaculta–. “Yo no le veo lo malo. Ante todo porque yo no vivo de las becas. La ocupo para trabajar. A veces ni siquiera me alcanza porque tengo que grabar un disco, un video que cuesta carísimo y ya me gasté la mitad de la beca, pero en trabajo. Yo si recibo beca es para trabajar, pero siempre he sido independiente, aunque no la tenga yo necesito estar activa, pararme en el escenario a decir lo que quiero”, dice.

En el caso de Tito Vasconcelos piensa que está muy bien que muchos cabareteros puedan recibir este apoyo, siempre y cuando lo aprovechen, aunque confiesa no estar de acuerdo en la selección de los becarios. “Muchas veces no se toman en cuenta las trayectorias y no me queda claro cuál es el proceso de selección de algunos compañeros”, lo expresa pero no se refiere así mismo porque “yo tengo mis propios negocios. Siempre he sido independiente. Tengo pudor”.

Cabe resaltar que para este reportaje se intentó entrevistar a Jesusa Rodríguez. La actriz y dramaturga dijo que no sabe mucho de lo que se hace en el cabaret. Vía telefónica, se desentendió de las nuevas propuestas cabaretiles. “Yo estoy haciendo trabajo comunitario en otros lugares. No soy la indicada”. Sin embargo, minutos después regresa la llamada para hacer una acotación: “Se me pasó decir que lo único en que no estoy de acuerdo, y que es un grave error de muchos cabareteros, es que reciban becas. Ni de Consuelo Sáizar (presidenta de Conaculta) ni de Marcelo (Ebrard) ni de nadie. Uno tiene que ponerse a trabajar”, y remató: “Es un gravísimo error”, parecía un eco de su propia declaración.

Pero reapuntala Astrid Hadad: “A mí nadie me censura ni me autocensuro, así me den todo el dinero. Si eso pasara, no aceptaría ninguna beca. Pero eso sí, así como una pide, también hay que cumplir y trabajar con el proyecto que comprometimos”.

 

Cabaret en los tiempos de cólera

Durante la entrevista, Tito arregla un vestuario que utilizará en una obra de cabaret con textos de Eurípides: “Este gran dramaturgo sigue actual y nos recuerda, a través de dos grandes textos como Las Troyanas y Hécuba, que Calderón de equivocó al emprender esta guerra atroz”, explica.

El actor ve muy saludable la proliferación de propuestas en el cabaret. Cuando se le cuestiona sobre los discursos, sobre la investigación para fundamentar un chiste, una parodia o una sátira, Vasconcelos responde: “Yo creo que los jóvenes tienen derecho a equivocarse. Ya aprenderán”. Y a diferencia de él, a Astrid le preocupa que al cabaret se le toque por encima, “sobre todo cuando el país pasa por uno de sus peores momentos. Lo que nos queda, al menos eso hago en mis espectáculos, es que la gente no se vaya peor de lo que entra”.

Días después, en una espectáculo de Hadad, donde hace un recorrido de casi toda su carrera, habla sobre los fardos en Portugal. E ironiza: “Allá se utiliza una palabra muy bonita, Saudade, que habla sobre la nostalgia de aquellos tiempos mejores. En español no existe esta palabra, quizá porque nunca ha habido tiempos mejores”.

Pareciera que los temas del Teatro de Revista y el de la Carpa se repiten como ecos en nuestra actualidad. Por ejemplo, en una obra dedicada a Elba Esther Gordillo, Jesusa Rodríguez la interpretaba diciendo: “Soy Elba Esteril. Una mujer del SNTE, pero honrada”. Recuerda a los tiempos de su tocayo, Jesús Martínez Palillo: “Nombre de arcángel, apellido de teutón, nombrado Presidente y de oficio: ¡ladrón!”, se refería ni más ni menos que al entonces presidente Miguel Alemán.  Claro, eran otros tiempos… ¿mejores?

 

Diferencias necesarias

El Teatro de Revista fue considerado el teatro nacional. Grandes compañías, sobre todo españolas, llegaron a México y cautivaron a políticos, periodistas y a un público alterno al de los teatros de sala. Las tandas de artistas que fenecía la noche. Orquestas subsidiadas, en tiempos de don Porfirio Díaz, que además eran fan… Hasta que a finales de los años treinta, el llamado “género chico” medio se achicó.

La Carpa era el teatro del pueblo. Precios populares para gente deseosa de informarse y reír. Tandas de humor rojo, pícaro y con discurso. De ahí nacieron personajes como Cantinflas, Tintán, los hermanos Soler, la Guayaba y la Tostada, Joaquín Pardavé. Todo el humor del cine, era de la Carpa sobre todo. En los cincuenta, Ernesto Uruchurtu, regente de la ciudad de México habría de quitarle a la ciudad sus centros nocturnos. Cerró el telón de un género que incitaba a la reflexión. Vinieron las ficheras y el cabaret, ya no era el espacio de la transgresión, sino el lugar donde los hombres iban a saciarse viendo a mujeres de cuerpos voluptuosos.

Ahora, en México hay hasta un Festival de Cabaret Internacional. Una asociación de cabareteros, y el gobierno del Distrito Federal, la UNAM y empresas privadas respaldan este género, que de chico sólo tiene el nombre. Pero, ¿qué parecido guarda la Carpa o la Revista con el cabaret actual?

Astrid Hadad: “La postura política, la crítica, el burlarnos de los establecido”, pero: “se dice cómo hay que hacer cabaret. Hay compañías que están cometiendo este error. Y cuidado, en el momento en que se conceptualice, el cabaret se institucionalizará”, advierte Carlos Pascual. También han cambiado los precios. El teatro del pueblo no cobraba lo mismo que ahora: “Yo en foros o teatros pequeños me presento para no perder vigencia, pero me gusta mucho ir a lugares populares o pueblos, donde la gente es cercana y entienden de lo que uno habla”, confiesa Astrid.

Es lo más raro, se habla de sectores desprotegidos de la sociedad, pero ellos mismos no podrían pagar un cover de 200 pesos y consumir lo que ahí venden. ¿El cabaret se ha aburguesado? Tito recomienda: “Por eso tenemos que buscar a nuestro público. No todos quieren ver cabaret, ni el cabaret es para todo tipo de gente. Habría que reunirnos, por lo menos cada año, y debatir sobre estos temas. Que los gobiernos no sólo nos ocupen en tiempos electorales, que trabajen con nosotros seriamente”.

Lo cierto es que ni la derecha ni el sector más conservador del país han extinguido la sátira política. Moneros, periodistas y cabareteros caricaturizan las desgracias de este país, y al final, nos reímos de aquello que tanto nos duele. El cabaret critica las villanías de los políticos, empresarios explotadores y narcos… se ríe de las hienas.