Adriane, una chica de 17 años, es detenida y enviada a los años 50 luego de dar un subversivo discurso frente a sus compañeros. Con un nuevo nombre, la joven es exiliada para aprender a comportarse, ser una buena ciudadana y seguir ciertas normas si es que quiere volver a casa con sus padres.

Al margen de la distopía que plantea la novela, también hay una crítica de la autora hacia los gobiernos actuales, lo medios, las redes sociales, la memoria y la existencia: ¿Quiénes somos en realidad si nuestros recuerdos se van borrando?

Por Fernanda Álvarez

Ciudad de México, 19 de octubre (LangostaLiteraria).- Enfrentarse a la escritura de Joyce Carol Oates siempre es un deleite. El mundo narrativo que consigue construir gracias a su pluma, impide que el lector quiera detenerse sino es hasta el final de ese universo, que no necesariamente implica su cierre. Riesgos de los viajes en el tiempo no es la excepción.

Esta novela distópica trata la historia de Adriane Strohl, una chica de 17 años que está por terminar el instituto para entrar a la universidad. Su logro: ser la mejor estudiante de su generación; su condena: llamar demasiado la atención en una sociedad en la que está prohibido pensar.

Por ello, por el deseo y la curiosidad de plantear preguntas a todos los estudiantes en el discurso de cierre de año escolar, es detenida durante el ensayo y enviada a los años cincuenta. Después de haber habitado el siglo XXI con todos los avances tecnológicos, de un momento a otro su castigo es llegar a una sociedad de Wisconsin (llamada Zona Nueve por el gobierno de Estados de América del Norte), en la Universidad de Wainscotia.

Se salvó de ser “vaporizada”, pero es exiliada durante cuatro años para que aprenda a comportarse y a ser una buena ciudadana como se espera de ella. Dejó de llamarse Adriane para construirse un nuevo nombre dado por alguien más: Mary Ellen.

En este paisaje con una mirada omnipotente persecutora y castigadora, como George Orwell y su 1984 o Truman Show y la mentira de una vida, Mary Ellen tiene que seguir ciertas normas que le dieron antes de viajar en el tiempo si es que quiere volver a casa con sus padres y con sus amigos. No puede confiar en nadie.

Sin embargo, la novela va más allá de la frustración que siente ella por no entender este nuevo mundo a la que ha sido arrojada: nuevo, pero viejo; con ideas que en su otra realidad jamás hubiesen sido factibles como el hecho de que las mujeres estaban condenadas al hogar y los hombres a la producción… o la existencia de la máquina de escribir y la inexistencia del mundo virtual:

“Daba qué pensar el hecho de que aquella máquina tan torpe no se conectara con ninguna realidad más allá de ella misma. No era más que eso… Una máquina. /Estabas atrapada en ti misma, con una máquina de escribir.”

Al margen de la distopía que plantea, de la crítica a los gobiernos actuales que en realidad son dictaduras que nos manejan a través de los medios, de las redes sociales, también trata un tema sobre la memoria y la existencia: ¿quiénes somos en realidad si nuestros recuerdos se van borrando? O, como la propia Adriane-Mary Ellen dice:

Uno de los hechos más llamativos sobre el conocimiento de uno mismo es que tal vez no exista. Había algo aterrador allí. Y, sin embargo, extraordinariamente clarificador. Si no me podía conocer, no podía conocer nada: si la lente está manchada, la visión siempre será borrosa”.

Con este temblor en nuestra lectura, Joyce Carol Oates demuestra una vez más por qué siempre está nominada para el Nobel de Literatura.

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