“os equipos de campaña deben convencer al grueso de la opinión pública de que su candidato resultó victorioso y que sus rivales exhibieron sus limitaciones o, de plano, su imbecilidad”. Fotos: Cuartoscuro

No hay duda de quién ganará la batalla inicial por el rating televisivo este domingo entre la serie biográfica sobre Luis Miguel y la presentación en sociedad de los candidatos, al menos entre los que tienen Netflix. Lo que no está tan claro es quien ganará el dichoso debate a ojos de aquellos que se dignen a asomarse. A diferencia del futbol, el resultado de un debate entre candidatos a la presidencia no arroja un marcador final. Bien a bien termina siendo un ejercicio que convalida la imagen que cada cual tiene de los aspirantes. Los argumentos que a usted le parecieron lógicos y contundentes, a su vecino le confirman que el ponente es un necio o un iluso. El ataque verbal que un expositor profirió contra un rival es visto como un portento de agudeza o un ejemplo de grosería y mal gusto, dependiendo del cristal político e ideológico con el que se mira; y ese cristal en mayor o menor medida lo tenemos todos. Por esa razón es que los debates apenas suelen impactar en la intención de voto. Salvo alguna metida de pata de tamaño épico, terminan siendo una fiesta o una carnicería para clase política y los periodistas, pero un incidente anodino para la mayor parte de los ciudadanos.

Se me dirá que los debates ofrecen una oportunidad de escuchar las propuestas reales de los que aspiran a dirigir nuestros destinos. Ojalá fuera así, pero no es el caso. Una comparecencia de cinco expositores con escaso margen para la réplica tiene todo para convertirse en un listado de buenas intenciones; total, prometer no empobrece. No hay tiempo ni forma de mostrar cuan inviables o incluso contraproducentes pueden ser algunos de los maravillosos planes que salen de los labios de los suspirantes a la silla presidencial. Y tampoco es que los contraargumentos de los rivales sirvan de mucho. Lo que buscarán es descalificar al contrario con la frase ingeniosa, aquella que pueda humillar y convertirse en un meme viral en las redes sociales.

A pesar de todo, el debate interesa a quien sigue de cerca las campañas, y no tanto por su impacto como por el morbo que inspira (y espero que por algo más que el escote de las edecanes, como fue hace seis años). Verlos en el mismo ring tirándose golpes después de tantos meses de hacer box de sombra, tiene algo de climático. Pero, al menos a mí, lo que verdaderamente resulta fascinante es la guerra mediática que arranca a partir de que finaliza el propio debate.

Primero, porque la mayor parte de la gente no sintoniza la transmisión del encuentro. Los equipos de campaña deben convencer al grueso de la opinión pública de que su candidato resultó victorioso y que sus rivales exhibieron sus limitaciones o, de plano, su imbecilidad. Cada cuarto de guerra movilizará para llevar agua a su molino a los medios de comunicación que le son afines, a los conductores de radio y televisión simpatizantes de su causa, a los columnistas allegados. Algunos medios, incluso, organizan un debate sobre el debate justo al terminar la transmisión, para dictaminar quién resultó vencedor y quién perdedor. Un pos debate que resulta tan subjetivo y parcial como el propio debate, desde luego. Pero de lo que se trata es de influir en la conversación pública a como de lugar; los cuartos de guerra de Anaya y Meade deben convencer al respetable de que lo que allí sucedió es un punto de quiebre a partir del cual su gallo comenzará el remonte histórico; el de López Obrador buscará mostrar que las tendencias siguen igual y que los cuatro echaron montón sin éxito al puntero. Por su parte los equipos de Margarita y El Bronco no tienen mayor propósito que demostrar que ambos cumplieron el papel de patiños para el que fueron traídos: enlodar sin ningún rubor al tabasqueño sabiendo que no tienen nada que perder (algo similar a lo que hizo Gabriel Quadri hace seis años).

Para el buen observador lo que sucede en las siguientes horas y días posteriores al debate resulta tan ilustrativo como contemplar un hormiguero en vitrina transparente. Cada cual moviendo a sus huestes, jalando los hilos, magnificando la frase de su campeón y cubriendo de oprobio el desliz real o inventado de un rival.

La batalla feroz que antes tenía lugar en medios tradicionales hoy se ha extendido a las redes sociales, lo cual simplemente hace exponencial la batalla del pos debate. Hace unos días nos enteramos de que Ricardo Anaya, previsor, ya había rodado los anuncios que lo declaran vencedor. En los próximos días veremos toda suerte de recursos en los que se emplearán las malas y las buenas artes. El reguetón ya hizo su aparición en los videos de la niña fresa y la rubia fifí, lo que viene será mucho menos inofensivo. Frases sacadas de contexto, gestos congelados, balbuceos editados, argumentos distorsionados e incluso calumnias e invenciones.

El debate tendría que ser un ejercicio que alimenta la cultura democrática, un puente sano entre candidatos y opinión pública a través del intercambio de ideas y propuestas. En la práctica se convierte en munición para la guerra sucia. Lo veremos en las próximas horas.

@jorgezepedap

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