Las hormigas son una bendición. Foto: Margarito Pérez Retana, Cuartoscuro.

Justo cuando me disponía a juntar algunas letras para un texto sobre la tentación autoritaria que persigue irremediablemente a los hombres del poder y levanté la vista en ademán reflexivo descubrí la caravana negra que avanzaba interminable por el dintel de la ventana. Su presencia, ciertamente inesperada, me alejó de tajo de mis pensamientos acerca del desmantelamiento del estado democrático, la ruptura del estado de derecho, la descalificación del árbitro electoral, el retorno a un régimen autocrático y otras ideas parásitas que por estos días me agobian. Lo dejé todo a un lado para seguir con la vista la trayectoria de las diminutas criaturas negras, que en rigurosa fila india circulaban en ambas direcciones.

Hacía días que había descubierto la presencia de algunas de ellas en el interior de mi departamento de planta baja, lo que no es común. En el patio trasero del edificio, al que tengo acceso exclusivo pese a ser un espacio común, es en cambio prácticamente permanente la presencia y el tráfico constante e intenso de las hormigas, que forman listones oscuros sobre la pared, suben, bajan, van y vienen en busca de suministros indispensables para su vida. En ese espacio, mi única preocupación es que no trepen al bebedero donde coloco el néctar secreto que obsequio a los colibríes, lo que constituye por cierto una de mis más caras aficiones y entretenciones.

He platicado aquí acerca de mi admiración absoluta a las hormigas, nacida hace quizá cinco o seis décadas de mi lectura del ensayo de Maurice Maeterlinck (1862-1949) sobre La vida de las hormigas, uno de los que junto con La vida de las abejas y La vida de las termes integran las trilogía prodigiosa de ese poeta belga metido accidentalmente a estudioso de los insectos y cuya obra mereció el Premio Nobel de Literatura en 1911.

En ese texto aprendí no solamente la forma de organización y el funcionamiento de los hormigueros, auténticos organismos colectivos, sociales, en los que cada uno de sus miembros cumple una función predeterminada por la naturaleza, sino también a amar a esos seres minúsculos de los que tenemos mucho que aprender y que cumplen una función vital para el ecosistema global.

A partir de eso, mi relación con la colonia que habita en un rincón de la parte superior del muro de mi patio ha sido siempre respetuosa. La única prohibición expresa, como he aclarado, es la de no invadir el bebedero de los colibrís. Fuera de eso, pueden hacer y deshacer en toda la azotehuela, incluidas las plantas de ornato que ahí mantengo y de cuyas hojas pueden disponer para su alimentación sin cortapisa alguna. A cambio, ellas respetan el interior de la casa, al que definitivamente no tienen acceso, compromiso que generalmente cumplen a cabalidad.

Por eso mi extrañeza, primero por la aparición de una que otra scout en diferentes lugares de mi modesto hábitat y, después, la larga caravana que descubrí cuando me disponía a pergeñar mi texto semanal. Como platicaba, interrumpí toda elucubración sobre las calamidades que como nación nos aquejan para seguir el trayecto de mis amigas hormigas, hoy intrusas. Observé entonces que aunque pareciera increíble, la hilera se iniciaba efectivamente allá en el patio, donde tienen su guarida, y recorría a través de paredes y pasillos la cocina, atravesaba el baño, la sala y entraba a esta habitación que ocupo como estudio.

Se me encendieron las luces de alarma. Si esta caravana era capaz de recorrer al menos entre quince y veinte metros lineales para llegar a su, para mí misterioso objetivo, era muy probable que otro contingente estuviera ya en mi alacena, dando cuenta de mi modesto avituallamiento de cuarentena pandémica. Recordé que en una ocasión, hace años, sencillamente se apropiaron de mi despensa y se despacharon a sus anchas con el azúcar, un paquete de galletas saladitas y una bolsa de carne seca tipo machaca que por lo visto las volvió locas.

Con el alma en vilo, como se dice, corrí a confirmar tan dramática posibilidad… y no, no había rastro de las invasoras. Tampoco en la caja de galletas que tengo sobre el refrigerador, ni en el frutero donde maduro un par de peras y cuatro manzanas. Encontré una pequeña brigada en el lavabo del baño, pero no atiné a definir la razón de su presencia ahí, un lugar limpio por naturaleza, donde no hay ni rastro de alimentos.

Obviamente, mi primera reacción ante la indebida intromisión de mis supuestas aliadas en mi vida privada fue tomar el insecticida de Casa y Jardín y, como dirían los de la autollamada 4T, exterminarlas. De plano. Me contuve, por supuesto: jamás sería capaz de ese semejante genocidio. Busqué entonces remedios para ahuyentar a las hormigas y encontré una lista interminable de consejos: jugo de limón, polvo de talco, agua con vinagre, gis chino, bicarbonato con azúcar, ramitas de menta, granos de café, cáscaras de pepino, harina de maíz…

Desistí. Mejor localicé en el librero atiborrado mi ejemplar amarillento de La vida de las hormigas, en una edición de aquellos inolvidables Populibros La Prensa de 1978, y me puse a leer el capítulo que Maeterlinck dedica al “secreto del hormiguero”, que me llevó a una reconciliación inmediata con ellas: son una bendición.

Trascribo unas líneas: “Las hormigas son, indiscutiblemente, los seres más nobles, más animosos, más caritativos, más abnegados, más generosos, más altruistas que existen en el mundo. No tienen de ello mérito alguno, como no lo tenemos nosotros al considerarnos, con justicia, como los fenómenos más inteligentes que se agitan sobre nuestro planeta…”  Válgame.

DE LA LIBRE-TA

MIL 400 MUERTES MENOS CADA SEMANA. Mientras observo el ir y venir de las hormigas que atraviesan tan campantes la habitación me entero por el portal de Libre en el Sur que por ignorar las recomendaciones de su propio Grupo Técnico Asesor de Vacunación COVID-19 (GTAV), el Gobierno de Andrés Manuel López Obrador habría desperdiciado la oportunidad de evitar entre 15 y 20 por ciento de muertes por COVID-19 durante las primeras semanas de vacunación. Ello significaba evitar hasta mil 400 muertes adicionales ¡por semana! Sin embargo, la autoridad federal desatendió las opiniones del GTAV  al priorizar la “ruralidad” y las regiones retiradas, con baja mortalidad, en vez de priorizar los lugares donde se han concentrado las muertes, que en esencia son las grandes urbes del país, particularmente Ciudad de México y su zona metropolitana. Los datos están en un informe oficial del propio Grupo, en el portal del Instituto Nacional de Salud Pública. Grave.

@fopinchetti