El cuerpo de Scott Carey sufre un extraño fenómeno: cada día pierde peso sin parar pero no se vuelve más delgado. El misterio de su insólita enfermedad causará efectos inesperados en la convivencia de la pequeña ciudad y sacará a la luz lo mejor de la gente que le rodea. Una historia que sirve de antídoto contra nuestra cultura individualista.

Ciudad de México, 23 de mayo (SinEmbargo).- El cuerpo de Scott Carey sufre un extraño fenómeno: pierde peso sin parar pero no se vuelve más delgado, su báscula le dice que cada día es un poco más ligero, sin importar si lleva o no ropa o cómo de pesada sea esta.

Castle Rock es una ciudad pequeña en la que las noticias vuelan y Scott no quiere ser sometido a pruebas y experimentos, así que solo confía su secreto a su amigo el doctor Ellis. Sin embargo, el misterio de su insólita enfermedad causará efectos inesperados en la convivencia de la pequeña ciudad y sacará a la luz lo mejor de la gente que le rodea. Esta historia es un antídoto contra nuestra cultura individualista.

A continuación, SinEmbargo comparte, en exclusiva para sus lectores, un fragmento de Elevación, una historia fascinante y conmovedora del maestro del suspenso Stephen King, autor de más de cincuenta libros, todos ellos best sellers internacionales. Cortesía otorgada bajo el permiso de Penguin Random House.

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1
Pérdida de peso

Scott Carey tocó a la puerta de los Ellis, y el doctor Bob (que era como los residentes de Highland Acres seguían llamando a Bob Ellis a pesar de que llevaba cinco años reti­rado) le invitó a entrar.
—Bueno, Scott, pues aquí estás. A las diez en punto. Dime, ¿en qué puedo ayudarte?
Scott era un hombre corpulento, de metro noventa y tres descalzo, que había empezado a echar barriga.

—No estoy seguro. A lo mejor no es nada, pero… Ten­go un problema. Espero que no sea grave, pero pudiera ser.
—Y no quieres hablarlo con tu médico de cabecera, ¿no? —Ellis tenía setenta y cuatro años, cabellos plateados que raleaban y una leve cojera que no le entorpecía en la pista de tenis. Que era donde él y Scott se habían conocido y donde se habían hecho amigos. Quizá no íntimos, pero ami­gos al fin y al cabo.
—Bueno, ya fui a verlo —replicó Scott— y me hizo un chequeo que llevaba un tiempo postergando. Análisis de san­gre, de orina, de próstata…, el paquete completo, vamos. Todo bien. Tengo un poco alto el colesterol, pero dentro del límite normal. Era la diabetes lo que me preocupaba. El por­tal médico online WebMD sugería que era lo más probable.

Hasta que descubrió lo que sucedía con la ropa, claro. Lo de la ropa no aparecía en ninguna web, ni médica ni de ningún otro tipo. Desde luego, no tenía nada que ver con la diabetes.

Ellis lo guio a la sala de estar, donde un gran ventanal dominaba el green del hoyo catorce de la comunidad privada de Castle Rock en la que su mujer y él vivían ahora. El doc­tor Bob hacía el circuito de vez en cuando, pero prefería so­bre todo el tenis. La mujer de Ellis, por el contrario, disfrutaba jugando al golf, y Scott sospechaba que ese era el motivo por el que residían allí, cuando no pasaban los invier­nos en una urbanización similar de Florida, de aquellas do­tadas de instalaciones deportivas.

—Si buscas a Myra —dijo Ellis—, está en una reunión del grupo de Mujeres Metodistas. O eso creo, porque podría ser uno de los comités municipales de los que forma parte. Y mañana viaja a Portland a una conferencia de la Sociedad Micológica de Nueva Inglaterra. Esa mujer para menos que un pollo en una parrilla caliente. En fin, quítate el abrigo, siéntate y cuéntame qué te ronda por la cabeza.

Aunque estaban a principios de octubre y el tiempo no era particularmente frío, Scott llevaba una parka North Face. Al despojarse de ella y dejarla a su lado en el sofá, los bolsillos tintinearon.

—¿Quieres un café? ¿O un té? Me parece que ha sobra­do algún bollo del desayuno, si…
—Estoy perdiendo peso —lo interrumpió Scott de so­petón—. Eso es lo que me preocupa. ¿Sabes lo gracioso? Que antes ni me acercaba a la báscula del baño, porque en los últi­mos diez años o así las noticias que me daba no es que me entusiasmaran demasiado. Y ahora todas las mañanas me subo a ella nada más levantarme.

Ellis asintió con la cabeza.
—Entiendo.

Para él sí que no había ninguna razón para evitar la báscula, pensó Scott; el doctor era lo que su abuela habría llamado «una ristra de huesos». Si no se veía sorprendido por algún acontecimiento imprevisto, contaba con muchas bazas para vivir otros veinte años. Quizá incluso rebasara el siglo.

—Comprendo perfectamente esa fobia a la báscula, es un síndrome que veía a diario cuando ejercía. También vi lo contrario: personas con bulimia o anorexia que se pesaban de forma compulsiva. Pero tú no das el tipo. —Se inclinó hacia delante, con las manos entrelazadas entre unos muslos flacu­chos—. Entiendes que ya estoy jubilado, ¿no? Conque pue­do aconsejarte, pero no extender recetas. Y lo más probable es que te aconseje que vuelvas a la consulta de tu médico y le expongas todo.

Scott esbozó una sonrisa.

—Mi médico me ingresaría en el hospital en el acto para someterme a pruebas, y el mes pasado recibí un encargo im­portante, diseñar una serie de sitios web interconectados para una cadena de grandes almacenes. No entraré en detalles, pero es un chollo. Tuve suerte de conseguirlo. Es una gran oportunidad para mí y, además, no hace falta que me mude de Castle Rock. Son las ventajas de la era de la informática.

—Pero no podrás trabajar si te pones enfermo —repli­có Ellis—. Eres un tipo listo, Scott, y estoy seguro de que sabes que la pérdida de peso no solo es un indicador de dia­betes, sino también de cáncer. Entre otras cosas. ¿De cuánto peso estamos hablando?

—Casi trece kilos. —Scott miró por la ventana y ob­servó los carritos blancos de golf que circulaban sobre la hierba verde bajo un cielo azul. Una fotografía de esa imagen habría encajado bien en el sitio web de Highland Acres. Es­taba seguro de que tendrían uno, todo el mundo estaba en internet en esos tiempos, hasta los tenderetes de carretera que vendían maíz y manzanas, pero él no lo había creado; él ha­bía progresado y no se ocupaba de minucias—. De momento.

Bob Ellis sonrió, enseñando unos dientes que aún eran los suyos propios.

—Es una pérdida apreciable, vale, pero me parece que podrás encajarlo. Te mueves bien en la pista de tenis para un hombre de tu tamaño y pasas tiempo en las máquinas del gim­nasio, pero el exceso de kilos obliga a hacer un sobresfuerzo no solo al corazón, sino a todo el organismo, de la cabeza a los pies —explicó. Y luego—: Como seguro que ya sabes. Por WebMD. —Enfatizó las últimas palabras poniendo los ojos en blanco, y Scott sonrió—. ¿En cuánto estás ahora?

—Adivínalo —le retó Scott.
Bob se echó a reír.

—¿Qué te crees que es esto, la feria del condado? Pues se me han agotado los peluches.
—¿Cuánto tiempo ejerciste como médico de familia? ¿Treinta y cinco años?
—Cuarenta y dos.
—Pues no seas modesto, habrás pesado a miles de pa­cientes miles de veces. —Scott se levantó, un hombre alto de complexión robusta que llevaba vaqueros, camisa de fra­nela y unas botas Georgia Giant raspadas. Presentaba más aspecto de leñador o de domador de caballos que de diseña­dor de webs—. Adivina primero cuánto peso y ya trataremos mi destino después.

El doctor Bob escrutó de arriba abajo los casi dos me­tros, contando las botas, de Scott Carey. Con ojo clínico, prestó especial atención a la curva de la barriga que le sobre­salía sobre el cinturón y a los muslos, largos y gruesos, escul­pidos por las prensas de piernas y las máquinas de sentadillas que Bob Ellis evitaba ahora.

—Desabróchate la camisa y mantenla abierta.

Scott obedeció y dejó al descubierto una camiseta gris con la leyenda: «universidad de maine – sección de atle­tismo». Bob vio un pecho ancho, musculoso, pero que ya acumulaba esos depósitos adiposos que los críos listillos lla­maban «tetas de hombre».

—Voy a decir… —Ellis hizo una pausa, de pronto in­teresado en el desafío—. Voy a decir ciento siete. Como mu­cho ciento nueve. Por lo que debías de estar por encima de los ciento veinte antes de empezar a adelgazar. Con lo bien que te desenvolvías en la pista de tenis, he de confesar que no se te notaban. Jamás lo habría imaginado.

Scott se acordó de la alegría que sintió cuando, a princi­pios de mes, por fin se armó de valor para subirse a la báscu­la. Puro deleite, en realidad. El ritmo constante con que per­día peso desde entonces era preocupante, sí, pero solo un poco. Fue el asunto de la ropa lo que transformó la preocupa
ción en miedo. No tenía que consultar WebMD para saber que lo relativo a la ropa era más que extraño; era una anomalía de cojones.

En el exterior, un carrito de golf circulaba al trantrán. Iban montados en él dos hombres de mediana edad, con pan­talones de color rosa uno y verde el otro, los dos con sobrepe­so. Scott pensó que a ambos les habría beneficiado prescindir del vehículo y hacer el recorrido a pie.

—¿Scott? —llamó el doctor Bob—. ¿Sigues ahí o has desconectado?
—Sigo aquí —contestó el otro—. La última vez que ju­gamos al tenis sí que estaba en ciento nueve. Lo sé porque fue cuando me atreví a subirme a la báscula. Decidí que había llegado el momento de perder unos kilos, porque en el tercer set ya me faltaba el aliento. Y esta mañana he pesado noventa y seis coma dos.

Volvió a sentarse junto a la parka (de la que surgió otro tintineo). Bob lo observaba con atención.

—A mí no me lo parece, Scott. Perdona que te lo diga, pero das la impresión de estar más gordo.
—Pero ¿parezco sano?
—Sí.
—No estoy enfermo.
—No. Al menos no a simple vista, pero…
—¿Tienes báscula? Apuesto a que sí. Vamos a compro­barlo.

El doctor Bob lo meditó por un instante, preguntán­dose si el verdadero problema de Scott no radicaría en la materia gris por encima de las cejas. En su experiencia, eran sobre todo las mujeres las que tendían a desarrollar neu­rosis relacionadas con el peso, pero también les ocurría a los hombres.

—De acuerdo, lo confirmaremos. Ven conmigo.

Bob lo condujo a un estudio poblado de estanterías. Había una lámina de anatomía enmarcada en una pared y una hilera de diplomas en otra, pero Scott no apartaba los ojos del pisapapeles que reposaba entre el ordenador de Ellis y la impresora. Bob siguió su mirada y se echó a reír. Cogió la calavera de la mesa y se la lanzó a Scott.

—Es más de plástico que de hueso, así que no te preo­cupes si se te cae. Fue un regalo de mi nieto, el mayor. Tiene trece años, la que considero la edad de los regalos de mal gusto. Ven por aquí, a ver qué tenemos.

En el rincón había una báscula mecánica de columna, con un brazo metálico y dos pesas deslizantes, una de mayor tamaño que la otra. Ellis dio una palmadita al aparato.

—Lo único que conservé cuando cerré la consulta fue la lámina de anatomía y esto. Es una Seca, la báscula médica de más calidad que se ha fabricado nunca. Me la regaló mi esposa, hace muchos años, y créeme cuando te digo que a ella nadie la ha acusado jamás de tener mal gusto. Ni de ser tacaña.
—¿Es precisa?
—Pongámoslo así: si comprara un saco de harina de diez kilos y la báscula me indicara que son nueve y tres cuar­tos, volvería a la tienda y exigiría que me devolvieran el di­nero. Deberías quitarte las botas si quieres algo próximo a tu peso real. ¿Y por qué te has traído el abrigo?

—Ya lo verás. —En vez de descalzarse, Scott se puso también la parka, al son del tintineo que surgía de sus bolsi­llos. Entonces, no solo completamente vestido, sino ataviado para aventurarse en un día mucho más frío que el que hacía, se subió a la báscula—. Métele caña.

Bob desplazó el contrapeso hasta el valor máximo de la escala para dejar margen a las botas y el abrigo, y luego procedió a deslizarlo en sentido contrario, empujándolo poco a poco con el dedo. La aguja no se movía, encallada en los 120, y en los 110, y en los 100, cosa que el doctor Bob habría creído imposible. La ropa y el calzado carecían ya de importancia; Scott Carey sen­cillamente parecía pesar más. Ellis podría haberse equivocado por dos o tres kilos, pero había tratado a demasiados hombres y mujeres con sobrepeso para cometer un error tan grave.Por fin, la barra se niveló en 96,2 kilos.

—¡Que me aspen! —exclamó el doctor Bob—. Voy a tener que recalibrar este trasto.
—Yo creo que no —dijo Scott. Se bajó de la báscula y metió las manos en los bolsillos del abrigo. De cada uno de ellos sacó un puñado de monedas de veinticinco centavos—. Me he tirado años guardándolos en un orinal antiguo. Cuando Nora se marchó, estaba casi lleno. Debo de tener como mínimo dos kilos de metal en cada bolsillo, quizá más.

Ellis permaneció callado. No encontraba las palabras.
—¿Comprendes ahora por qué no quería ir a la consul­ta del doctor Adams? —Scott devolvió las monedas a los bolsillos, que emitieron el alegre tintineo habitual.
—Quiero asegurarme de que lo he entendido bien —di­jo Ellis cuando recobró la voz—. ¿Obtuviste la misma lectura en casa?

—Hasta la última décima de kilo. Tengo una báscula de baño Ozeri, puede que no tan buena como esta belleza, pero la he calibrado y da medidas precisas. Ahora, mira esto. Normalmente me gusta algo de música sensual cuando me desnudo, pero, ya que nos hemos desvestido juntos en los vestuarios del club, supongo que podré pasar sin ella.

Scott se quitó la parka y la colgó en el respaldo de una silla. Luego, apoyándose primero con una mano y luego con la otra en el escritorio del doctor Bob para no perder el equilibrio, se sacó las botas. Después siguió con la cami­sa de franela. Se desabrochó el cinturón, se quitó los pan­talones y se plantó de pie en calzoncillos, camiseta y calcetines.

—Podría quedarme en pelotas —dijo—, pero creo que así bastará para enseñarte lo que quiero enseñarte. Porque, verás, esto es lo que me asusta. Lo que sucede con la ropa. Por eso quería hablar con un amigo que sepa mantener la boca cerrada y no con mi médico de cabecera. —Señaló las prendas y las botas en el suelo, luego la parka de bolsillos abultados—. ¿Cuánto calculas que pesa todo eso?

—¿Con las monedas? Siete kilos por lo menos. Puede que ocho o nueve. ¿Quieres que las pese?
—No —respondió Scott.
Se subió de nuevo a la báscula. No hubo necesidad de ajustar las pesas. La barra no se desniveló; continuaba mar­cando 96,2 kilos.

Scott se vistió y regresaron a la sala de estar. El doctor Bob sirvió una copa de Woodford Reserva para cada uno y, aun­que eran poco más de las diez de la mañana, Scott no la re­chazó. Se la tomó de un solo trago y el whisky le encendió un fuego reconfortante en el estómago. Ellis le dio dos deli­cados sorbitos, a modo de pájaro, como para catar su calidad, y luego se trasegó el resto.

—Sabes que es imposible, ¿no? —dijo mientras ponía el vaso vacío en una mesita de centro.
Scott asintió con la cabeza.
—Otro motivo por el que no quería hablar con el doc­tor Adams.
—Porque lo introduciría en el sistema —señaló Ellis—.
Tendría que figurar en tu historial. Y, sí, habría insistido en someterte a una batería de pruebas para averiguar a ciencia cierta qué te ocurre.

Aunque no lo manifestó en voz alta, Scott consideró que «insistir» era una forma muy suave de describirlo. En la consulta del doctor Adams, la expresión que había asoma­do a sus pensamientos había sido «poner bajo custodia». Fue entonces cuando decidió mantener la boca cerrada y hablar con el médico jubilado amigo suyo.

—Pareces rondar los ciento diez —comentó Ellis—. ¿Te sientes así?
—No exactamente. Cuando pesaba ciento diez, me sentía un poco…, eh…, «plomizo». Ignoro si esa palabra está bien uti­lizada así, pero no se me ocurre una forma mejor de describirlo.
—Creo que capto la idea —dijo Ellis—, tanto si el dic­cionario la recoge con esa acepción como si no.
—No se trataba solo del sobrepeso, aunque sabía que influía. Era eso, y la edad, y…
—¿El divorcio? —preguntó con delicadeza, al más puro estilo del doctor Bob.
Scott dejó escapar un suspiro.

—Claro, eso también. Me ensombreció la vida. Ahora las cosas han mejorado, yo mismo me veo mejor, pero la som­bra sigue ahí, no voy a mentirte. De todos modos, en ningún momento llegué a encontrarme mal físicamente, seguía ha­ciendo ejercicio tres veces a la semana, nunca me quedaba sin
aliento antes del tercer set, pero…, bueno…, eso: que me sentía plomizo. Ahora no. O no tanto, al menos.

—Tienes más energía.
Scott lo meditó y luego negó con la cabeza.

—No exactamente. Es más como si la misma energía me durara más.
—¿Letargos? ¿Fatiga?
—No.
—¿Inapetencia?
—Como como un caballo.
—Una última pregunta, y perdóname, pero tengo que hacértela.
—Pregunta lo que sea.
—No será ningún tipo de broma, ¿no? No estarás va­cilando a este viejo matasanos jubilado, ¿verdad?
—Por supuesto que no —replicó Scott—. Me figuro que no servirá de nada preguntarte si conoces algún caso si­milar, pero ¿has leído sobre algo que se parezca?
Ellis negó con la cabeza.
—Me pasa lo mismo que a ti, no dejo de darle vueltas a la ropa. Y a las monedas de los bolsillos.
«Bienvenido al club», pensó Scott.
—Nadie pesa lo mismo desnudo que vestido. Es un hecho establecido, como la gravedad.
—¿Conoces portales médicos que puedas visitar para ver si existen otros casos como el mío? ¿O más o menos similares?

—Sí, y los buscaré, pero ya te aseguro que no encon­traré ninguno. —Ellis titubeó por un instante—. Esto no es que escape a mi experiencia, afirmaría que escapa a cualquier experiencia humana. Joder, me gustaría decir que es imposi­ble. Siempre y cuando, claro está, tu báscula y la mía sean fiables, pero no tengo razones para creer lo contrario. ¿Te ocurrió algo, Scott? ¿Cuál fue el origen? ¿Recibiste…, qué sé yo, radiación de algún tipo? ¿Es posible que aspiraras una bocanada de insecticida barato? Piensa.

—Le he dado mil vueltas. Hasta donde recuerdo, no ha pasado nada. Pero tengo una cosa clara: me ha sentado bien contártelo y no seguir rumiándolo yo solo.
Scott se levantó y cogió su abrigo.
—¿Adónde vas?
—A casa. Tengo que trabajar en unas páginas web. Es un asunto importante. Aunque he de admitir que ya no me lo parece tanto como antes.