Podríamos imaginarnos a un escritor que acude a las cantinas y bares. Se toma un tequila, mientras observa. No apunta, para no hacerse notar; registra en su cabeza como si llevara una cámara incluida. Un periodista o cualquier investigador haría una entrevista en forma, pensaría en el dato, en la noticia. Pero un escritor de ficción no. Al menos a Élmer Mendoza no le importa la realidad al momento de sentarse a escribir cuentos y novelas. Sus historias comienzan con la imaginación. Sus personajes son los pedazos juntos de esas voces que escuchó, allá en el norte.

Hoy por hoy , el autor de Balas de plata es considerado un escritor serio, recién ingresado en las filas de la Academia Mexicana de la Lengua y precursor de la llamada “Narconovela”. Fotógrafo y escritor de aventuras e incidentes, no del narco en sí, sino de un ambiente de violencia, traición y amor que se respira en Sinaloa, que exhala todo el país.

El narcotráfico en México, aunado a los más de 40 mil muertos, desapariciones, levantones, torturas y zozobra generalizada, también es material para el arte. Y la narrativa no se ha quedado atrás. “Me emociona que tengamos cada vez más presencia con nuestras novelas. Demostrar que sí se escribe con seriedad, con un lenguaje bien hecho”, comenta Élmer Mendoza.

Lo dice, porque por una parte las ventas de estos libros, si bien no son millonarias en la mayoría de los casos, sí forman parte de las novedades en las librerías y las editoriales piden más y más temas, las reeditan y publican en varios formatos. “Aunque no somos escritores tópicos. No nos interesan los temas, sino los personajes. Nos acusan de todo (a los escritores que tocan o acarician el tema del narcotráfico). Nos tildan de realistas, cuando gracias al realismo se escribieron grandes novelas”, advierte el también catedrático.

Uno de sus libros más conocidos, El amante de Janis Joplin, ha vendido más de 10 mil ejemplares. Frente a otros títulos mexicanos, el suyo ya podría considerarse un éxito editorial.

–¿Fue el tema del narco el que lo hizo famoso?

–Yo quiero suponer que fue la historia que cuento. Es imposible no escribir sobre lo que uno respira en su ambiente.

Y agrega: “Ojalá en algunos años logremos ser un género literario o una corriente, como lo fueron los escritores de novela policíaca en los años treinta, en Estados Unidos. Con esa fuerza y esas repercusiones”.

 

Que el tiempo lo decida

Detrás de una guerra, las heridas quedan más expuestas. ¿Qué habrían escrito Mauricio Magdaleno, Martín Luis Guzmán, Nellie Campobello sin la Revolución? Los testigos de las debacles en algún momento llegan a gritar su dolor. Para algunos, la ficción es una pronunciada vociferación. ¿Podría, en algún momento hablarse de la “Narcoliteratura” como de la novela de la Revolución?

“Creo que son acontecimientos muy distintos. De entrada, en aquel tiempo no había ni medios audiovisuales, ni tanto periodismo como hoy. Los motivos de un hecho y otro son por motivos diferentes. Yo creo que lo más importante en la novela de la Revolución no fue el tema sino el lenguaje, las formas de narrar. Ahí tienen a Martín Luis Guzmán con La sombra del Caudillo”, habla Mario González Suárez, escritor y coordinador de talleres sobre narrativa. Sus novelas, además, emanan un aliento a violencia, con un lenguaje ensordecedor. Sabe de lo que habla.

Años antes de que Élmer Mendoza comenzara a tener el reconocimiento del que ahora goza, Paco Ignacio Taibo II comenzaría a escribir y a reinaugurar la novela negra en Latinoamérica. Y a mediados de los ochenta publicaría Bajando la frontera, donde toca el tema del narcotráfico. “Pero yo no me lo propuse. Al momento de escribir, lo único que pienso en contar buenas historias. Yo inauguré eso que hoy llaman “Narconovelas”, y que no es otra cosa que un cuento de las editoriales. Después mi compadre (Élmer Mendoza) dignificaría esas historias”, asevera Taibo II con esa vehemencia que lo caracteriza.

Descarta que la “Narconovela” deje un precedente como lo hizo la novela de la Revolución. Aunque también confiesa que no le interesan las novedades que abordan el tema. Para el autor de la serie Belescoarán, el narcotráfico le interesa más en algunas investigaciones periodísticas que en la ficción. “Hay que tomar en cuenta que la mayoría de los escritores de la Revolución, crearon sus obras muchos años después de las batallas”. Rechaza hablar sobre el tema de las “Narconovelas”. “Tengo muchos buenos autores que leer”, y se ríe socarronamente.

Respecto al tiempo en que escritores como Martín Luis Guzmán, Nellie Campobello o Mariano Azuela escribirían sus obras, los dos primeros lo hicieron ocho años y una década después, respectivamente. Azuela no, escribiría Los de abajo en 1915, a mitad de la Revolución. Ahora, escritores como Eduardo Antonio Parra, Yuri Herrera, Martín Solares, David Toscana o Édgar Chías, por citar algunos ejemplos, no sólo retratan parte del dolor que deja el crimen organizado, sino que exhuman las consecuencias de una guerra que no tiene cabida. Élmer Mendoza lo explica así:

“Yo, en lo particular, no escribo para explicar algo en concreto. Eso es material periodístico. Yo imagino, recreo. Voy a los lugares a escuchar. Soy un cazador de mitos y leyendas. Ojalá trascienda mi trabajo al paso del tiempo. No sé si pase lo mismo que con la novela de la Revolución, espero que sí. Que el tiempo lo decida. Lo que estoy seguro es que hay muchos escritores que le apuestan, no al tema del narcotráfico, sino a los personajes que provienen de él”.

 

La realidad de la ficción

Durante la entrevista, Mario González Suárez habla sobre los grandes escritores de la Revolución. “La novela de la Revolución tiene que ser un punto obligado para todos. Son novelas épicas, es el regreso de La Ilíada, la lucha de los héroes, la guerra de Troya en otros tiempos. Si la novela que habla sobre narcotráfico llega a ser importante, tiene que ser porque se cuenten buenas historias, con un rico lenguaje, pero sobre todo… que sea un libro de aventuras”, dice. Y también confiesa haber leído más periodismo de investigación y narrativo sobre temas del narco, que ficción.

Entre una pregunta y otra, opina sobre el arte de la escritura. Menciona que algunos libros sobre narcotráfico están bien escritos e investigados. Se le pregunta si tienen más calidad literaria que la llamada “Narconovela”: “No todo el periodismo. Yo creo que hay buenos periodistas que escriben muy bien. Las editoriales piden esos materiales. Pero los fines de la literatura son otros”, opina, al momento en que pasa por ahí el periodista Marco Lara Klahr, quien por cierto, tiene entre sus investigaciones temas como el crimen organizado y el narcotráfico. González Suárez lo refiere y éste, quien ha escuchado un trozo de su comentario, interviene:

“El periodismo que se publica en libros tiene mejor calidad que lo que se ha publicado en materia de ficción, pero tampoco todo es de calidad. No hay que generalizar. Mario (González Suárez) hace una distinción entre periodistas y escritores. Muchos escritores no habrían concebido sus historias sin el trabajo periodístico que tuvieron. Ahí tienes el caso de Hemingway, por ejemplo”.

Menciona a Truman Capote, Honore de Balzac, Gabriel García Márquez, cuenta anécdotas de ellos y asegura que la realidad que da el periodismo también contribuye a ensanchar la imaginación que requiere la ficción. “Lo que pasa con la llamada “Narcoliteratura”, no sólo con la novela, sino con los libros sobre narcotráfico, es que se trata de un cliché por parte de las editoriales y de varios autores. Y los clichés reducen la realidad. No nos ayudan a comprenderla”. Mario González, autor de A webo, padrino insiste en que la ficción va más allá de la realidad y que la apuesta vendría con el lenguaje, sostén de las historias.

“Yo creo que se necesitan, más o menos, 20 años para saber si este tipo de novelas serán reconocidas. Veremos en ese tiempo qué autores quedan, más allá de los caprichos y exigencias editoriales”, afirma González Suárez.

 

–¿Cuánto tiempo tendríamos que esperar para saber si la llamada “Narconovela” repercute en la literatura mexicana o no?

La pregunta se le plantea ahora a Élmer Mendoza. El autor de Firmando un klínex responde:

–Sí, en 20 años quizá. Pero insisto, ya repercute.

 

El capricho editorial

Lo cierto es que la llamada “Narcoliteratura” se vende, en algunas partes, como pan caliente. En Colombia, escritores como Fernando Vallejo o Laura Restrepo; en Italia con la polémica que suscitó el libro de Gomorra, de Roberto Saviano, a propósito de las mafias en Nápoles… este tipo de literatura abrió un nuevo mercado editorial.

Un escritor, reacio frente a los libros de consumo o best sellers, es Daniel Sada. Autor de libros situados en provincia, sobre todo en el desierto. En sus novelas, el lenguaje le regatea la atención al lector. Sada ha puesto el dedo en el renglón respecto a los mandamientos editoriales: “Escribir un best seller tampoco es sencillo. Hay reglas y eso lo saben muy bien las editoriales”, explicaría en su taller de novela hace algunos años.

Este tipo de autores, en primera, deben prescindir de muchos adjetivos, emplear palabras convencionales, escribir capítulos cortos, escoger un tema de amor o que cause indignación: “Es la indignación lo que hace que el lector no deje la novela. No es el lenguaje, ni los personajes, sino la excitación que causen las historias. Por ejemplo, si uno mata a un niño o a un anciano al inicio de la historia o de una capítulo, el lector no se va”, explica el autor de Porque parece mentira la verdad nunca se sabe. Y enuncia más requisitos: intriga, no abusar de conjeturas, además de que las editoriales piden novelas de muchas páginas. En conclusión: “Estas novelas no durarán más de 10 años en el imaginario de la gente. Porque las grandes historias son y serán aquellas donde jamás se olvidan los personajes”, concluye.

 

Grandes ventas y reediciones

El narcotráfico, además de muertos y cifras, también es material para autores y sellos editoriales. Pero no es para menos. Por ejemplo, la editorial Alfaguara tiene en su catálogo la novela más famosa sobre narco: La Reina del sur. Famosa en un principio y más en la actualidad, cuando se llevó a la pantalla chica. Hasta febrero de este año, la historia escrita por el español Arturo Pérez-Reverte lleva más de 800 mil ejemplares vendidos y fue traducida a más de 34 idiomas.

Está el caso de otro sinaloense, que tras cambiar de residencia en Baja California, pasó de ser un capataz en una maquiladora a ser el escritor de una trilogía donde el tema es el crimen y la violencia. Hilario Peña comenzó con Malasuerte en Tijuana, y hoy regala autógrafos a sus lectores. En la actualidad, lo consiente su editorial, aunque muchos jóvenes, como él, tendrán que esperar a que el tiempo le dé buena cara.

“Más allá de las editoriales, uno como escritor tiene la necesidad de hablar sobre su entorno. Que el tiempo lo decida, entonces. Yo seguiré escribiendo”, afirma Mendoza. Y Paco Ignacio Taibo II remata: “Para que una generación o movimiento literario trascienda, no se necesitan etiquetas, sino escritores talentosos. Y para eso, hay que ponerse a escribir con rigor”.