El negocio de la explotación animal apesta. Foto: Cuartoscuro.

No sé si les pase a ustedes, pero rara vez nos detenemos a pensar en el olor putrefacto de los expendios de pollo, pescado y otras carnes. Incluso en los lugares donde la “higiene” parece estar más observada, como los refrigeradores de los supermercados. Un aroma acre siempre sale al abrir las puertas del frigorífico donde se encuentran los trozos de animales, aunque estén cuidadosamente envueltos en plástico.

Cuando algo se hace por costumbre, no te cuestionas por qué estás lavando el excremento de las tripas de una vaca o de las mollejas de un pollo, ni por qué te vas a comer órganos que estuvieron claramente en contacto con materia fecal. La disonancia cognitiva es evidente cuando la mayoría se negaría a comer alimentos de su propio retrete aunque lo hayan limpiado antes.

La fetidez que despiden cadáveres, orina y heces de los animales siempre perseguirán a los negocios que lucran con ellos. No importa cuánto cloro o cuánta agua desperdicien para ahuyentarlo. Justo hoy leí una noticia cuyo caso espero que sirva de precedente histórico.

Se trata de los vecinos que viven en las zonas aledañas a las granjas de cerdos Smithfield. La palabra “granja”, por supuesto, es un término demasiado generoso para referirse a las instalaciones donde mantienen hacinados a miles de animales. Estos cerdos no viven cómodos, así que riñen entre ellos y vocalizan su dolor y molestia todo el tiempo. El área en la que duermen es la misma en la que están obligados a hacer sus necesidades. Y los vecinos de esta granja pueden oler y escuchar a los cerdos, incluso a kilómetros de distancia.

En una demanda colectiva, aseguraron que su vida al lado de este lugar era insoportable. Un juez falló a favor de los habitantes que se estaban viendo afectados y además reconoció que estas condiciones en las que los cerdos vivían no tenían otra justificación que la de obtener más ganancias.

Me recuerda mucho a un caso similar en México, el de Granjas Carroll. Esta empresa dedicada a la producción masiva de cerdos también ha afectado enormemente a la gente del municipio de Perote, en Veracruz y la zona colindante con Puebla. La fetidez en el aire no es el único problema, los habitantes sufren de enfermedades respiratorias y la contaminación de mantos freáticos de agua ha afectado sus cosechas. Un dato que a nadie le sorprenderá: Smithfield es dueña de Granjas Carroll.

Ya se han presentado quejas y denuncias pero nada ha sucedido. Si bien a la gente afectada por estas granjas en Estados Unidos le tomó años recibir una compensación económica, me temo que los que sufren aquí en México no solo serán ignorados, también acosados judicialmente por estas empresas voraces.

El negocio de la explotación animal apesta, y como sociedad no deberíamos estar acostumbrados a su hedor.