Hay un lugar en el futbol mexicano en el que los clichés no significan nada. Esta es la liga gay de Azcapotzalco, donde el pellejo no se rifa a lo “macho”.

La liga ubicada en el norte del DF reúne a 12 equipos. Foto: VICE Media

La liga ubicada en el norte del DF reúne a 12 equipos. Foto: VICE Media

Por Mariano Mangas

Ciudad de México, 22 de octubre (SinEmbargo/VICEmedia).- Se escuchó un balonazo que viajaba directo a la zona que me tocaba cubrir. En ese momento jugaba una cáscara como defensa en la única cancha donde el pellejo no se rifa “a lo macho”. Si en el futbol llanero se puede humillar al rival diciéndole que es un marica, aquí de hecho “ser niña” para nada significa rajarse a los trallazos del balón.

Hace unas horas una parte de morbo me hacía imaginar un espectáculo multicolor donde el maquillaje, los peinados o pelucas, el travestismo o cualquier etiqueta de “loca” aparecerían de inmediato.

—Muchos piensan que un jugador gay tiene que ser afeminado y no es cierto. La gente ve a un chavo muy varonil que juega futbol y no cree que sea homosexual —me decía Michel Arzate, delegado del equipo Argentina Gay, su corpulencia y altura cercana a los 1.80 metros contrastaba con la suavidad con la que hablaba.

Cuando llegué a la cancha de futbol rápido ubicada en la avenida 22 de Febrero, centro de la delegación Azcapotzalco, no vi uniformes con los colores del arcoíris. Era domingo, poco antes de las 5 de la tarde. Daba la impresión de que había varios equipos de pamboleros heterosexuales. Al acercarme a los jugadores del equipo Capital, saludé a varios jóvenes de entre 18 y 26 años de edad, todos ejercitados y vestidos como futbolistas profesionales con el uniforme del Arsenal. Calentaban para su partido en una de las mitades del terreno asfaltado. Dominaban el balón, disparaban a la portería y cimbraban la malla ciclónica detrás del portero. Me fue muy difícil percibir sus rasgos amanerados. Sólo al acercarme a Jesse Abissait —el entrenador del equipo— pude ver sus cejas perfectamente delineadas y un suave movimiento de sus manos, los únicos indicios que me permitieron notar su lado femenino.

La liga no tiene "cachirules" heterosexuales, aseguran sus integrantes. Foto: VICE Media

La liga no tiene “cachirules” heterosexuales, aseguran sus integrantes. Foto: VICE Media

—¿No tienen algún cachirul hetero? —pregunté. Hasta ese momento dudaba que todos en su equipo fueran gays.

—Todos son chicos homosexuales y en la liga también. Aunque algunos no lo parezcan, son igual de rudos en la cancha, aquí adentro se transforman —me respondió—. A lo mejor hay algunos que son más afeminados, pero ya adentro no se nota: pegan fuerte, llegan fuerte, y si se pudieran barrer, se barrerían.

Antes de que me dieran chance de cascarear, Rafael Martín Martínez, el administrador de la Organización de Futbol Rápido de barrios de Azcapotzalco, me relató que por allá de 1998 esto era un terreno baldío rodeado de vecindades. Ese mismo año se construyó, con cemento y asfalto, este espacio de aires buñuelescos: “Los olvidados”, donde el deporte ayudaría a combatir las adicciones. Lo único de lo que carece “Los olvidados” es el pasto sintético prometido una y otra vez por las autoridades delegacionales. Fue en el año 2011 cuando varios integrantes de organizaciones homosexuales, entre ellos Michel Arzate y Noel Arzate Miranda, pidieron que se les dejara jugar en la liga femenil. Ocho chicos fueron los primeros en formar parte de los equipos de mujeres.

—Era bien chistoso porque teníamos que jugar con las chicas y pues por más afeminados que fuéramos, siempre se tiene la fuerza de un hombre y no se compara —recordaba Michel Arzate.

En México la comunidad de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Transexuales (LGBT) suma alrededor de 5.2 millones de personas, pero ligas de soccer 100 por ciento homosexuales sólo existen en Tecámac, Estado de México y otra en el estado de Guerrero. Actualmente la liga de Azcapotzalco cuenta con 12 equipos, integrados por jugadores que viven en zonas como Tepito, Xochimilco, Santa Fe, Iztapalapa, por mencionar algunas.

—Un gay que juega futbol era lo que no había, era raro —me comentó Rafael Villanueva, director general de la Organización Didesex (Diversidad, Deporte y Sexualidad), mientras veíamos a los jugadores hacer dribles—. No teníamos ni el espacio ni los medios para practicar porque en equipos heterosexuales sabíamos que si aceptábamos nuestra orientación, éramos objeto de burla, de golpes, de muchas cosas.

Villanueva me decía que aunque han buscado acercamiento con los institutos del deporte del DF y los estados, el tema se ha tratado pero aún no ha sido relevante para las autoridades.

El estilo no se pierde a pesar de las patadas. Foto: VICE Media

El estilo no se pierde a pesar de las patadas. Foto: VICE Media

Afuera del enrejado se mezclaba el olor de las palomitas y frituras con el ungüento de árnica. Adentro de la cancha correr tras uno de los jugadores al disputar el esférico era seguir el aroma a perfume o loción que dejaban tras de sí. Podían perder un regate, pero no el estilo. Me distraía con los movimientos estrafalarios de alguno de los pamboleros que aprovechaba para burlarme y tirar a gol. Tras detener el balón, algunos de ellos giraban como una bailarina y luego corrían sin soltar lo que me parecía una bolsa imaginaria. Otros le aventaban las nalgas al rival para así proteger el esférico, pero no era como en los partidos hetero donde cualquiera cree vulnerada su hombría al sentir las partes íntimas cerca del cuerpo del contrario. Aquí esas mañas no funcionaban al intimidar al rival. Había jugadores como Coco o Alcopla, quienes olvidaban su lado femenino y dejaban libre la hombría natural para disputar el esférico: no se achicaban a las patadas. A diferencia del ambiente en campos llaneros donde la testosterona debía ser lo esencial, la agresión el primer recurso, y el festejo desaforado de un gol debería raspar la garganta, aquí el grito de anotación a veces era suave y un tanto delicado aunque sin perder la pasión que conlleva superar al portero.

—En la cancha heterosexual son muy serios, se malmiran entre los equipos o se insultan. En la liga, a pesar de que hay muy buen nivel de juego, fuera de la cancha hay mucho convivio y todos se hablan —mencionaba Jesse Abissait.

Del otro lado de la reja alcancé a ver a una pareja de lesbianas que se besaban; una niña que venía a apoyar a su tío también las miraba con naturalidad. Las mamás aplaudían las jugadas de sus hijos; una de ellas me dijo, antes de empezar la reta, que rara vez llegaba a ocurrir un altercado durante el partido. Como reportero hace unos años cubrí una noticia donde en un partido llanero uno de los jugadores le disparó a su rival sólo porque se burló de su derrota. Aquí en “Los olvidados” no se llega a la tragedia: si dos de los jugadores se hacen de palabras, esperan a que acabe el partido, se alejan unas cuantas calles y resuelven la bronca.

Si alguno de los peatones o conductores que pasan frente al lugar llega a gritarles “pinches maricones”, “váyanse a jugar con muñecas”, “putos”, no pasa del mero insulto facilón; esa es gente sin criterio ni educación, me dijo otra mujer de unos 50 años que cada domingo disfruta los partidos. Su hijo es heterosexual y a veces también le entra a las cáscaras de fucho que se organizan con los de la liga. Es herrero y no tiene problema, pues al fin sólo es un juego más.

No importa que tan tranquilos sean afuera de las canchas, adentro todos juegan como si fuera el último partido. Foto: VICE Media

No importa que tan tranquilos sean afuera de las canchas, adentro todos juegan como si fuera el último partido. Foto: VICE Media

El portero del equipo que se armó para la reta era malísimo, parecía más preocupado por echar desmadre que por detener los tiros de los contrarios. Me hubiera gustado que con nosotros estuviera Angie de portera. En el primero de los partidos de la tarde ella había jugado con el equipo Capital. La primera mitad de su contienda, Angie se había rifado el físico, uno que no rebasaba el 1.60 de estatura y presumió su resistencia a los trallazos. Sus compañeros anotaron al minuto 18, luego al 26 uno de sus delanteros se aventó un bonito gol de tacón. Aunque una llovizna afectó el desempeño de su equipo y Angie terminó vapuleada con seis goles. Ella vino desde la colonia Caracoles, municipio de Tlalnepantla, y perdió en la cancha. No todo fue derrota en la vida de Angie. Desde los 15 años aceptó plenamente que era lesbiana. Ocultó mucho tiempo sus preferencias a su padre, quien era demasiado machista.

—Al principio sí era un poquito feo porque te dicen: ¿cómo crees, cómo tú? —relató.

—¿Eso te lo dijeron tus hermanos o tus papás? —le pregunté.

—Hubo golpes, maltratos de mi papá que no aceptaba; pero al final me dijo: ni con golpes ni con lo que haga se te va a quitar, yo te voy a apoyar.

—¿Con los años se disculpó?

—Sí, me pidió que lo perdonara porque yo era toda su vida y a él sí le había dolido.

Aquello ocurrió seis años atrás porque quizá el padre de Angie en el fondo expresaba un temor hacia un concepto desconocido o una educación basada en los conceptos del macho mexicano. Su papá aún no ha cambiado las reuniones familiares de los domingos para ver un partido de su hija, aunque ella no ha dejado de creer que un día de estos la verá lucirse en la portería.

La liga es pequeña, pero es un ejemplo de que el futbol puede ser incluyente. Foto: VICE Media

La liga es pequeña, pero es un ejemplo de que el futbol puede ser incluyente. Foto: VICE Media

Alexander no se hallaba en ninguna posición. Corría de un lado a otro los aproximadamente 20 metros de la cancha. Tocaba pocos balones y los que llegaba a retener, acababan en pases erráticos. Cualquiera se sentiría frustrado al debutar así, pero a él no se le desdibujaba la sonrisa. Tal vez su alegría era el reflejo de hallar un espacio en el cual no era necesario ocultarse ni sentirse fuera del cuadro.

Aquel chico de 18 años pertenecía al Argentina Gay, uno de los equipos fuertes de la competencia en la que también resaltaron Azcapotzalco Gay, Real Divas, seguido del Zorros. Alexander, originario de Cuautepec, delegación Gustavo A. Madero, llevaba en la playera el número 15, el que portó el defensa central argentino Martín Demichelis en el Mundial Brasil 2014. Del cabello castaño oscuro de Alexander destacaba un mechón dorado que se hizo en la estética de sus tías.

—Me gusta ayudarles y aprender de ellas, mi papá cree que lo hago para tener un ingreso extra —me comentaba Alexander antes de su partido—, él es homofóbico y me da un poco de miedo cómo vaya a reaccionar si se entera.

El resto de la familia de Alexander se percató de sus preferencias y han tratado de ocultárselo a su padre para evitar que lo rechace.

—Aquí vienen vestidas o travestis a jugar futbol y juegan muy bien —fue el comentario del capitán de Alexis, Michel Arzate—. Hay muchos compañeros a los que obviamente en sus casas no los aceptan y también tenemos compañeros jugadores que su familia no sabe que son gays.

Mientras era superado por los delanteros en la cáscara que me aventé, lo único bueno que hice fue detener un balonazo con la parte interna del muslo. La pierna se me adormeció y me quedó marcada la huella del balón con puntitos violáceos que se intensificaron con el paso de las horas. Recordé los minutos que estuvo Alexander en el partido con Argentina Gay. Su pasión y ganas de jugar soccer superaban por mucho mis mediocres intentos por controlar el balón. Con un poco de entrenamiento y esfuerzo, quizás Alexander podría formar parte del seleccionado armado por la Organización Didesex que acudirá a los International Gay Games que se realizarán el 2018 en París.

Durante la reta no escuché a bugas que hacen alarde de su hombría a la hora de llegar con fuerza al balón con insultos del futbol llanero como ¡no seas puto! o ¡no le pegues como niña! En “Los olvidados” se grita: ¡No seas macho, pégale como puto!

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