Desde la falta de estrategia como Presidente, los peores casos de corrupción, el enriquecimiento ilícito, los favores a sus familiares y amigos, hasta su protección al Cártel de Sinaloa y a los actos criminales de Genaro García Luna, la periodista Olga Wornat presenta a detalle la historia de un fracaso: el sexenio de Felipe Calderón.

También detalla la intimidad de su frágil relación con Margarita Zavala, sus problemas con el alcohol y el miedo constante a ser el Presidente más odiado por los mexicanos. Como nadie lo había logrado, Wornat revela la mejor investigación del calderonato.

Ciudad de México, 28 de agosto (SinEmbargo).- La periodista Olga Wornat presenta a detalle la historia de un fracaso: el sexenio de Felipe Calderón. Desde la falta de estrategia como Presidente, los peores casos de corrupción, el enriquecimiento ilícito, los favores a sus familiares y amigos, hasta su protección al Cártel de Sinaloa y a los actos criminales de Genaro García Luna.

También detalla la intimidad de su frágil relación con Margarita Zavala, sus problemas con el alcohol y el miedo constante a ser el Presidente más odiado por los mexicanos. Como nadie lo había logrado, Wornat revela la mejor investigación del calderonato.

A continuación, SinEmbargo comparte, en exclusiva para sus lectores, un fragmento de Felipe, el oscuro, de la periodista y escritora argentina Olga Wornat. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

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EL TOPO

De modo que cabe sospechar que existe una constitución
no escrita cuyo primer artículo rezaría: la seguridad del poder
se basa en la inseguridad de los ciudadanos […] De todos los
ciudadanos: incluidos los que, al difundir la inseguridad, se creen
seguros… y ahí está la estupidez de que le hablaba. […]
Así que estamos atrapados en una farsa…
Leonardo Sciascia, El caballero y la muerte

Sucedió años antes del desplome. Mucho antes de que la impunidad que marcó su comportamiento delictivo y el blindaje que lo protegió durante dos décadas se desintegraran la madrugada del 10 de diciembre de 2019, en Grapevine, Texas, cuando agentes de la DEA lo ubicaron y lo llevaron detenido, acusado de conspiración en el tráfico de cocaína y falso testimonio.

Sucedió mucho antes. Cuando era jefe de Inteligencia de la Policía Federal Preventiva (pfp) y venía del Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen); era un tipo de apariencia gris, retraído, con mirada de reptil, que ansiaba saltar a las grandes ligas del poder.

La llegada de Vicente Fox a Los Pinos fue una oportunidad que no iba a desaprovechar y no iba a permitir que nadie se interpusiera en su camino. Quienes lo conocieron lo describen como un típico producto del hampa, uno más del sistema, de esos que se reciclan en cada sexenio y se acoplan a los devaneos de los inquilinos del poder político que siempre supieron sacar provecho de estas productivas tareas.

El espionaje a políticos y empresarios, las extorsiones y el secuestro, los asesinatos por encargo y los vínculos con el capo del cártel en turno eran parte de un universo personal de conspiraciones, mentiras y traiciones cuyo denominador común es la muerte. Era como otros tantos. Ni mejor ni peor.

Rechazado por la Academia de Policía, sin formación intelectual ni profesional y con problemas de dicción que le impedían completar una frase o trasmitir una idea, provocaba que a sus espaldas compañeros y subordinados lo bautizaran «Metralleta» o «Tarta», alias que conocía y que acrecentaron sus resentimientos.

Desde que ingresó al Cisen en 1989 sin título universitario —más tarde se recibiría de ingeniero mecánico—, aprendió de memoria la teoría y la logística de los ilícitos y tuvo el privilegio de tener maestros excepcionales en estas lides: el contralmirante Wilfrido Robledo Madrid —a quien le cargaba el maletín—, el ingeniero Jorge Tello Peón, el general Jorge Carrillo Olea y el comandante Alberto Pliego Fuentes —exguardaespaldas del corrupto policía Arturo Durazo Moreno—, quien trabajó con García Luna en la captura de Daniel Arizmendi y luego terminó en la cárcel acusado de proteger a bandas de secuestradores y narcotraficantes.

Sucedió mucho antes, cuando aún no avizoraba la profundidad del precipicio. Apadrinado por Rafael Macedo de la Concha —al que conoció vía su amigo Luis Cárdenas Palomino—, llegó hasta Vicente Fox con un ambicioso plan de seguridad. Sin embargo, tenía un competidor: Juan Pablo de Tavira, respetado criminólogo, creador de los modelos de prisiones de alta seguridad y exdirector del penal de Almoloya. Durante el gobierno de Ernesto Zedillo, el procurador Antonio Lozano lo había nombrado al frente de la Policía Judicial Federal (pjf), donde permaneció apenas 20 días: el 23 de diciembre de 1994, Tavira estuvo a punto de morir por un escape de gas en su casa, episodio que para muchos fue un atentado intencional, pues ya había recibido amenazas. Tavira permaneció internado en grave estado hasta 1995, cuando se recuperó y retomó actividades.

El 14 de agosto de 2000, se reunió con Marta Sahagún y le presentó un proyecto de seguridad y prisiones. Según revela un testigo del encuentro, «Marta quedó encantada» y organizaron una junta con el presidente electo, frente al que Tavira se explayó sobre su proyecto.

Sin embargo, el 20 de noviembre, tres meses después, Tavira fue asesinado por un pistolero solitario que le descargó cuatro balazos calibre .38 en la cabeza, en el restaurante del Centro de Extensión Universitaria de la Universidad Autónoma de Hidalgo, donde se encontraba cenando. Extraño porque, salvo alumnos o profesores, nadie podía ingresar al lugar.

Nunca se supo qué pasó con el documento que Juan Pablo de Tavira entregó en el cónclave realizado en las oficinas de Fox, en Paseo de la Reforma. Sin embargo, inmediatamente después del crimen, el tipo gris y sin preparación al que llamaban Metralleta logró lo que anhelaba. Lo nombraron coordinador de Inteligencia para la Prevención de la pfp y el primero de septiembre de 2001, durante su primer informe de gobierno, Vicente Fox anunció la creación de la Agencia Federal de Investigación (AFI); confió la dirección de esta a Genaro García Luna, quien a partir de entonces comienza a desarrollar un poder que ejerció con absoluta impunidad durante 12 años de panismo.

Protegido por Vicente Fox y Felipe Calderón, cómplices de sus crímenes, se convirtió en amo y señor del Mal. Para lograrlo se rodeó de sus primigenios compinches del viejo Cisen, los tipos pesados con los que aprendió y ejerció sus primeras tropelías. Jorge Tello Peón fue nombrado subsecretario de Seguridad Pública, bajo la jefatura de Alejandro Gertz Manero, y Wilfrido Robledo acompañó a su pupilo en la construcción de un superproyecto que, según alardeaban, sería un símil del FBI.

El crimen de Juan Pablo de Tavira nunca fue esclarecido, pero las sospechas sobre su autoría —según fuentes militares y amigos del difunto— tienen un destinatario que lleva su nombre.

DURMIENDO CON EL ENEMIGO

Es prepotente y violento. Durante el tiempo que trabajé en México tuvimos fugas de información de operaciones importantes. Cuando llegábamos al lugar, alguien había dado el «pitazo», y era García Luna, porque estaba al tanto de nuestras operaciones, intervenía nuestros teléfonos y los que trabajaban con él eran delincuentes. Una noche casi sucede un desastre. Estábamos en Cancún, detrás de un pesado del PRI que estaba prófugo y trabajaba para Amado Carrillo. Desconfiábamos de los mexicanos y, para evitar un fracaso, decidimos no entregarles toda la información. Cuando llegamos a la casa donde estaba, el tipo se había escapado; comenzó una balacera, y de pronto aparece desde la oscuridad García Luna. Nunca pudo explicar qué hacía ahí. En ese momento estaba en el Cisen y tenía su gente en Cancún, que nos seguía todo el tiempo. García Luna le avisó al personaje que escapara, estoy seguro. Fue muy difícil trabajar con él, sentíamos que teníamos el enemigo adentro permanentemente.

Un jefe de la DEA me relató esta historia a finales de 2011, en un restaurante de las afueras de Miami. Con acento cubano y toda una vida en Estados Unidos, no apeló a eufemismos para describir al entonces poderoso titular de la Secretaría de Seguridad Pública (SSP).

El miembro de la agencia antidrogas llevaba largo tiempo investigando al exgobernador de Quintana Roo, Mario Villanueva Madrid, quien fue gobernador de 1993 a 1999 y era acusado por las agencias de Estados Unidos de lavar dinero del Cártel de Juárez. Permaneció prófugo desde diciembre de 1999 hasta el 24 de mayo de 2001, año en que fue apresado en Cancún por agentes de la DEA y de la PGR. Desde 1995, Villanueva Madrid enviaba dinero sucio a cuentas bancarias en Bahamas, Panamá, Suiza y Estados Unidos. Por cada cargamento de drogas que dejaba pasar, recibía 500 mil dólares, según informes de la DEA. En 2010 fue extraditado a Estados Unidos, donde, a cambio de protección, el exgobernador se declaró culpable de recibir dinero del Cártel de Juárez.

De acuerdo al relato del agente, desde que García Luna estaba en el Cisen, la DEA sospechaba de sus manejos y lo tenía bajo su radar. En ese tiempo, Amado Carrillo Fuentes era uno de los capos más poderosos de México y pagaba millones a políticos, policías, militares y jueces.

Jorge Carrillo Olea fue un pilar importante en la formación del entonces joven de 21 años que ingresó a trabajar al Cisen en 1989. Quienes conocieron a García Luna en ese tiempo aseguran que fue bajo la gestión del exgobernador de Morelos cuando aprendió las prácticas de la policía mexicana, en un periodo dominado por la industria del secuestro. Esa añeja relación parasitaria entre policías y criminales marcó las acciones de García Luna y moldeó su personalidad delictiva, misma que desde el poder lo llevó más tarde a la construcción de un complejo entramado de ilícitos con la tolerancia y complicidad de gobiernos, empresarios y jueces que se vieron beneficiados.

De 1994 a 1998, Morelos fue el paraíso del secuestro. Los colaboradores del gobernador Carrillo Olea, Jesús Miyazawa —coordinador de la Policía Judicial del estado y expolicía de la Dirección Federal de Seguridad del Distrito Federal—, y Armando Martínez Salgado —jefe del Grupo Antisecuestros—, se dedicaban a secuestrar y hacer desaparecer los cadáveres de las víctimas.

En 1996, miles de morelenses marcharon por las calles exigiendo seguridad, pero fue recién cuando secuestraron a la hermana de Bill Richardson, embajador de Estados Unidos en la onu, que el presidente Ernesto Zedillo presionó a Carrillo Olea, aterrado por la trascendencia internacional. La familia pagó el rescate y la mujer fue liberada. Como dato curioso, Daniel Arizmendi, el Mochaorejas, era dueño de una mansión en Cuernavaca, ubicada a pocos metros de la casa de Carrillo Olea, lo mismo que Amado Carrillo Fuentes y Juan José Esparragoza Moreno, el Azul, capos del Cártel de Juárez que vivían muy cerquita del gobernador y andaban tranquilos por Cuernavaca.

En agosto de 1998, el contralmirante Wilfrido Robledo y «su asistente» Genaro García Luna, en colaboración con el comandante Alberto Pliego Fuentes, fueron los directores de la trama que conduciría a la captura de Arizmendi. Parecía el comienzo de un capítulo que garantizaría algo de justicia y seguridad a los mexicanos, pero, 15 años después, aquello es una quimera y la continuidad de una tragedia sin fin.

MALAS COMPAÑÍAS

«He’s just a police», me responde Tony Garza, exembajador de Estados Unidos en México, cuando le pregunto por el secretario de Seguridad Pública, protegido del presidente.

Compartimos un café una mañana de sol a mediados de 2011, en sus lujosas oficinas ubicadas sobre Paseo de la Reforma, con una vista deslumbrante de la Ciudad de México.

Sonrío frente a su respuesta, ciertamente irónica, y él también sonríe. El exembajador conoce México muy bien; simpático y de alto perfil mediático, es amigo personal de George Bush hijo y estuvo casado con María Asunción Aramburuzabala, Mariasun, la mujer empresaria mas rica de México. Le expongo algunos elementos de mis investigaciones sobre García Luna y de otras más publicadas por varios periodistas mexicanos. Se forma un silencio incómodo. Tony Garza no quiere hablar del policía y tampoco de Felipe Calderón y su guerra. Suena lógico: fue el primer diplomático extranjero en reunirse con Calderón después de ser presidente electo, en las oficinas de la colonia del Valle, y también lo visitó con frecuencia en su sexenio. Sin embargo, es el mismo diplomático que el 25 de noviembre de 2008, después de un encuentro con Paola Holguín, su par en la embajada de Colombia en México, dijo que «la funcionaria le comentó que el director de la Policía Nacional de Colombia le había dicho que si Genaro García Luna no mejoraba la investigación de los antecedentes de los agentes que reciben entrenamiento en Colombia, iban a considerar cerrar el programa», según información de WikiLeaks.

Lo que denunciaba este cable filtrado por Julian Assange era apenas la punta del iceberg.

A García Luna, como a algunos protagonistas de historias decimonónicas, lo condenaba su pasado. Tenía las manos manchadas y el gerenciamiento del delito estaba en su naturaleza. Sin embargo, continuó 12 años sin que los nubarrones que flotaban sobre su cabeza y los de su tropa se transformaran en un viento negro.

Genaro García Luna tenía un poder unívoco y la protección del presidente, pero la corrupción generalizada adentro de la fuerza que dirigía era motivo de conversaciones en las agencias de inteligencia que monitoreaban la guerra contra las drogas.

Algunos policías bajo su mando cayeron asesinados por estar coludidos con el narcotráfico o por venganzas internas y traiciones. Un listado interminable de «testigos protegidos», en realidad delincuentes, fue utilizado por García Luna y sus secuaces para acusar a inocentes o vengarse de enemigos. Las reiteradas persecuciones y amenazas a periodistas que denunciaban sus corruptelas, así como una caterva de secuestradores, socios en el negocio millonario del plagio que sobreviven bajo su manto protector y sus indiscutibles maniobras para borrar cualquier competencia del mapa, delineaban el perfil de una banda de facinerosos.

Cuando lo colocaron al frente de la AFI, aterrizó con los socios de los viejos tiempos del Cisen, los compadres con los que conformó una secta poderosa: Luis Cárdenas Palomino, Facundo Rosas Rosas, Édgar Eusebio Millán, Armando Espinosa de Benito, Igor Labastida Calderón, Domingo González Díaz, Mario Velarde Martínez, Ramón Pequeño García y Aristeo Martínez, entre los más cercanos. Algunos fueron asesinados, otros están detenidos, prófugos o se reciclaron en el poder político de turno.

En su mandato al frente de la AFI, sus policías sumaron 447 actos delictivos solo en los dos primeros años. Su alianza con las mafias se incrementó y la organización policiaca que presidía estaba contaminada por el narco y por la participación en secuestros célebres.

A Vicente Fox —como a sus antecesores del pri— nunca le interesó realizar un trabajo de limpieza de los cuerpos policiacos y tampoco renovó los cuerpos militares, herencia de 71 años del tricolor, preludio del infortunio que se avecinaba.

A SANGRE FRÍA

—¡Hija, se llevaron a tu hermana!
—¿Quiénes, mami?
—Un hombre entró a su carro y otro auto, manejado por dos, que estaba atrás… ¡se la llevó!
La señora se quiebra y su hija, en estado de shock, le pide que se calme. Cuelga y llama al celular de su hermana, que responde nerviosa.
—¡¿Te secuestraron?! Dime sí o no —pregunta; ella le responde afirmativamente y se corta la comunicación.

Sucedió en octubre de un agitado 2001, cuando Vicente Fox apenas estrenaba la presidencia. La hermana de la víctima trabajaba en la oficina de informática de la presidencia, organismo que dirigía Luis Alberto Bolaños. Su esposo —quien laboraba allí— se comunicó con un asesor del Estado Mayor Presidencial y le relató el episodio. El hombre llamó, a su vez, a Luis Cárdenas Palomino, quien por entonces era director general de Investigación Judicial de la AFI y mano derecha de Genaro García Luna.

—Necesitamos tu ayuda urgente. Secuestraron a la hermana de una compañera que trabaja aquí en la presidencia, y es además hija de un general de la nación.
Silencio.

—Debe ser un error…, ahora lo solucionamos —respondió Cárdenas Palomino y, en menos de 10 minutos, la joven fue liberada en la puerta de una papelería, cerca del Periférico. «Camina y no mires hacia atrás», le dijeron. Desencajada y temblorosa, ingresó al comercio y pidió ayuda con un hilo de voz. Estaba aterrada, sentía el cañón de la pistola clavado en su costilla. Llamó a su casa llorando y llegaron a recogerla.

Por razones de seguridad, los protagonistas de esta historia me solicitaron el anonimato, pero este brevísimo episodio revela que desde el inicio del gobierno de Fox la mafia de García Luna comenzó a actuar.

«¿Por qué Cárdenas Palomino, apenas se entera de que mi cuñada trabajaba en la presidencia y era hija de un general, dijo que fue “un error” y casi inmediatamente es liberada?», se pregunta la hermana de la víctima. En una plática que mantenemos vía telefónica, remata: «Fueron Cárdenas Palomino y García Luna, todo coincide, y me provoca escalofríos». En el sexenio de Vicente Fox comenzaron los años fructíferos de García Luna y sus acólitos.

El negocio de los secuestros creció en paralelo con el del narcotráfico. José Antonio Ortega, autor de El secuestro en México, retrata así a García Luna:

En cortito es muy bueno para seducir, aunque no ya en un discurso político. No habla bien, tartamudea, no tiene una personalidad fuerte, no es un gran orador, no tiene cultura, no articula, es una gente muy limitada, no conoce más que de cómo alambrear, cómo hacer montajes, cómo hacer persecuciones, pero hasta ahí.

—¡Shhh! ¡Silencio! ¿Con quién hablas?
—Con nadie, estoy rezando —respondió el hombre, aterrado, desde la cajuela del auto donde lo encerraron. «Me pasé rezando los veinte minutos que duró el viaje», recuerda años después.

El 19 de julio de 2005, el argentino Rubén Omar Romano, técnico del equipo Cruz Azul, fue secuestrado al salir de las instalaciones del club de futbol. A las 14:20 horas, su BMW gris plata fue interceptado por dos camionetas con hombres armados en la avenida Guadalupe I. Ramírez, en Santa María Tepepan, luego de cargar gasolina. Los secuestradores lo bajaron a culatazos y lo arrastraron hasta uno de los vehículos.

Rubén Romano permaneció secuestrado 65 días en una casa precaria, ubicada detrás del Reclusorio Oriente, en Iztapalapa, un hoyo oscuro y miserable con uno de los mayores índices de delitos de la Ciudad de México. Por esa alcaldía transitaron algunos de los hombres de confianza de García Luna: Igor Labastida y Luis Cárdenas Palomino, quienes aprendieron los secretos de la convivencia entre policías y malhechores.

A la familia le exigieron cinco millones de dólares para liberarlo, y esta a su vez le pidió a Bernardo Bátiz, procurador general de Justicia del df, que no interviniera en las investigaciones del secuestro, la cual quedó en manos de la AFI.

Sorpresivamente, el 22 de septiembre Romano fue liberado por la AFI, con García Luna y Cárdenas Palomino al frente del operativo y sin disparar un solo tiro, aunque adentro encontraron armas de grueso calibre y detuvieron a cinco personas. El célebre secuestrador Luis Canchola Sánchez fue acusado de dirigir el plagio desde el reclusorio de Santa Martha Acatitla, donde había estado detenido desde 2004. Jefe de la banda de los Canchola, tenía un extenso historial de secuestros y era viejo conocido de Labastida y de Cárdenas Palomino.

La liberación del técnico argentino dejó varias dudas. García Luna dijo que desde un día antes sabían que en esa casa se encontraba Romano. Si es así, ¿por qué esperaron 24 horas? Cuando llegaron, dejaron a Romano esperando durante una hora. «Fue extraño, después me enteré de que estaban esperando a los medios», reveló el técnico.

Cuando los policías le pidieron que reconociera a los cinco detenidos, respondió que no podía, porque todo el tiempo estuvo con los ojos vendados. «Estuve 65 días tirado en un colchón en el piso, con los ojos tapados, y nunca vi la cara de los secuestradores». Raro. Si no pudo reconocerlos, ¿cómo es que la AFI estaba tan segura de la autoría del grupo?

La entrevista fue para Javier Alatorre, de Televisión Azteca, por gestión especial de Cárdenas Palomino. El montaje de la liberación fue urdido por Genaro García Luna, que necesitaba promocionar su imagen…