“Tu piel se estremece y parece congelarse. Tus piernas están entumecidas, igual que tus brazos. Comienzas a temblar y a agitarte, como si así fueras a desatarte de las sogas que tu propia mente creó. Tu cabeza golpea contra el mueble; la jarra se cae y se rompe sobre los pedazos del vaso. Volteas a ver ese pájaro de madera que te acusa con la mirada”, escribe Miguel Ángel Santos Ramírez. Aquí Síndrome de abstinencia, el texto completo. 

Por Miguel Ángel Santos Ramírez

Ciudad de México, 29 de junio (SinEmbargo).– Comienza con un leve paro cardiaco, tu mirada se mantiene estática mientras tus labios intentan negarlo todo. Corre un río helado por tus venas que llega hasta tu garganta. Las palabras que estaban a punto de salir se congelaron y perdieron cualquier sentido que hubieras querido darles. Tienes un hueco en algún lugar entre tus pulmones y tus costillas. Oyes esa voz que rebota en las paredes del hueco: “Ceci, ¿estás bien?”. Pero no estás bien, eso lo piensas antes de desmayarte.

Despiertas en una cama grande, como para dos personas, pero ahí la única persona eres tú. Lo único que te acompaña es una artesanía de madera que parece ser un pájaro. Llaman a la puerta, la miras, es de madera y tiene pegado un poster de un koala. La puerta se abre y entra una de tus amigas, Carolina, con una jarra de vidrio y un vaso. Los coloca en el mueble de al lado.

—¿Te sientes mejor?

Asientes con la cabeza, aunque no sabes exactamente qué pasó. Lo último que recuerdas es que estabas en el andén del metro leyendo un mensaje en tu celular y…

            —Ya casi está la comida. En un rato te traeré un poco.

Vuelves a asentir. Caro sale y cierra la puerta. Un sonido muy agudo resuena en tu mente y en el… hueco. Tienes un hueco cerca de tus pulmones, como si faltara algo ahí. Estiras tu mano para tomar el vaso, pero lo alzas y se resbala de tu palma. El sonido de vidrio roto te hace ver tu mano. Estás sudando. Tienes la garganta seca, pero ya no hay vaso, y tu madre te enseñó a no beber de la jarra.

Recuerdas que tu madre está muerta, igual que tu padre. Fuiste la única sobreviviente de aquel incendio. “Salvan a niña de tres años de incendio en Tlalpan, Ciudad de México, sin quemaduras graves”, ese fue el titular del diario local, según te contó tu tía Irma.

Tu piel se estremece y parece congelarse. Tus piernas están entumecidas, igual que tus brazos. Comienzas a temblar y a agitarte, como si así fueras a desatarte de las sogas que tu propia mente creó. Tu cabeza golpea contra el mueble; la jarra se cae y se rompe sobre los pedazos del vaso. Volteas a ver ese pájaro de madera que te acusa con la mirada.

            Estabas viendo ese mensaje cuando te desmayaste. El celular cayó a las vías y ya no hay pruebas. Pero sabes bien lo que decía el mensaje, aunque tu mente intente negarlo.

Hace tres meses terminaste con Rogelio y nunca supiste por qué. Pensaste, quizá, que a la larga morirías de amor por todo ese flujo de oxitocina, serotonina y dopamina que tu cerebro producía al estar enamorada. Pero ahora estás sufriendo la ausencia de esas drogas. Tu cuerpo te exige más.

Logras mover un brazo y lo estiras hacia el pájaro, ese que te regaló Rogelio cuando cumplieron dos años de noviazgo. “Lo hice para ti”, te dijo antes de que lo besaras como si ese fuera el último beso que le darías; y quizá así fue.

            Y ayer llegó ese mensaje de la madre de Rogelio: “Mi hijo está muerto, él te quiso demasiado y le hubiera gustado que asistieras a su funeral”.

Lo único que puedes hacer es preguntarte si eso que sientes lo sentiría un adicto a la cocaína si le dijeran que se han acabado todas las drogas en el mundo.

Miras el rostro del pájaro de madera. Te asomas hacia el piso para ver el montón de pedazos de vidrio y sonríes. Ya lo has decidido.