Susan Crowley

Mahagonny pone de cabeza a Bellas Artes

04/04/2026 - 12:03 am

"Bellas Artes puede llegar a ser el gran teatro acorde con su bellísima arquitectura y quitarnos la condena de tener que ir al Auditorio nacional".

Cualquier tiempo pasado fue mejor, dice el refrán. Pero no queda muy claro cómo una época de crisis mundial, de violencia, pobreza y guerra, puede generarnos nostalgia. Será porque las cosas hoy en día están siendo más difíciles de lo que nadie hubiera imaginado. La ópera Auge y Caída de la ciudad de Mahagonny, (Aufstieg und Fall der Stadt Mahagonny)provoca querer brincar al escenario e incluso transportarse a los años de locura y fugacidad entreguerras en Alemania; una de las más terribles de la historia. Es sorprendente y muy estimulante que la Compañía Nacional de Ópera tome el riesgo de presentar una obra tan contemporánea y, con poco presupuesto y recursos, hacer mucho. Después de las bien logradas representaciones de Lady Macbeth de Mtsensk y Elektra, la ópera con música de Kurt Weill y el guion de Bertolt Brecht, bien producida, dirigida, cantada y orquestada, marca una vuelta a los grandes momentos, que los hubo, para la ópera nacional. Excelente adaptación, nos transporta a la ficción de un pueblo en el que todo está permitido menos no tener dinero, reflejo de cualquier sociedad capitalista.

Los años veinte son conocidos como la era dorada de Berlín; también de locura e incertidumbre. En las calles deambulaban comunistas, nazis, socialdemócratas, nacionalistas, nuevos objetivistas, expresionistas, dadaístas y románticos trasnochados. El arte vivía una drástica transición. Desde la efervescencia vanguardista de la República de Weimar a la censura y el arte oficial impuesto por el régimen nacionalsocialista de 1933, en el que los más grandes artistas fueron considerados “degenerados”. El deseo, el vicio y las ganas de vivir quedaron capturadas por la genial obra pictórica de Otto Dix, George Grosz, Ernst Ludwig Kirchner y Max Beckmann. Colores estridentes, escenas crudas de pobreza, enfermedad y hambre; y, sin embargo, de sensualidad y gozo. Un espíritu inquebrantable que marcó una era. En la música los avances de la Segunda Escuela de Viena, aportaron nuevas composiciones con la intención de romper con el pasado y la tradición wagneriana. La literatura con escritores como Thomas Mann, o Robert Musil, presagiaba los tiempos oscuros que se acercaban. Difícilmente la cultura habría tocado una cúspide tan elevada para anunciar su estrepitosa caída, que culminaría en la barbarie del poderío nazi, los campos de concentración y la Segunda Guerra Mundial.

Dos protagonistas del momento fueron el compositor Kurt Weill de origen judío provinciano y el dramaturgo; y Bertolt Brecht, poeta y radical de izquierda. Unidos, Weill en la música, Brecht en los textos, crearon dos de las más significativas obras de la época: La ópera de los tres centavos y Auge y Caída de la ciudad de Mahagonny.

Weil, admirador de Mahler, Schoenberg y Stravinsky, estudió con Ferruccio Busoni composición y contrapunto. En contraste con su vida burguesa, fascinado por la música popular y los ambientes mundanos. Brecht, creía en un teatro militante y actual que eliminaba la tensión y el suspenso de las obras del siglo XIX y a cambio parodiaba a la incipiente sociedad de consumo. La combinación de talentos creó una de las críticas más potentes al capitalismo y su inexorable decadencia. Por Brecht, Weill conoce a la que sería su musa y compañera de vida, la actriz Lotte Lenia que le abrió un mundo de claroscuros y desgracia, de deleite y placer. Weill es considerado uno de los más importantes compositores del siglo XX; Brecht, el más grande dramaturgo después de Shakespeare.

La ópera-satírica Auge y Caída de la ciudad de Mahagonny se estrenó en 1930. Lotte en el papel de Jenny. Sin saber leer música ni tener una gran voz, dejó perplejos a todos por su interpretación de Alabama song que posteriormente ha sido inmortalizada por los más grandes cantantes: Frank Sinatra, Ute Lemper, David Bowie, Ella Fitzgerald, Nina Simone, Jim Morrison. A pesar de que su presentación fue violentamente atacada por los grupos nazis, fue un éxito rotundo y no sólo eso, fue y sigue siendo celebrada por los que han sido ridiculizados en ella.

Fue escrita fuera de las reglas de la ópera, para un conjunto de música de cámara o bandas de jazz, que la hacen sonar mucho más cruda. Hoy se interpreta en grandes teatros con orquesta monumentales. Mahagonny es la ciudad inventada para vivir el pecado y los placeres. Todo se permite ahí, menos no tener dinero.

El primer éxito Brecht -Weil había sido La ópera de los tres centavos, en la que rateros, proxenetas y prostitutas son héroes. Mack the Knife es una de las más populares canciones de todas las épocas.  Cuatro mil representaciones y traducciones en 18 lenguas para mostrar que no hay diferencia entre ladrones y hombres “decentes”. Brecht decía: hay dos tipos de ladrones, los que roban bancos y los que los fundan.

Pero mientras Brecht era un alemán marxista convencido, Weill estaba fascinado con la vida americana. Las diferencias entre ambos terminaron en una áspera separación. La situación de Alemania empeoraba con el nacional socialismo. Hitler pedía que Weill fuera exterminado, lo que lo obligó a huir. Las ideas de izquierda de Brecht terminaron en su fuga. Su llegada a California fue un desastre. Interrogado por la comisión anticomunista, abjuró de sus ideas huyendo al día siguiente. Abrazado por la RDA regresa a Berlín y crea el Berlín Ensamble Theatre. En 1955 recibe el premio Stalin de la paz. El final de su vida fue atroz: interrogatorios, infiltraciones en su teatro por las constantes sospechas de desviaciones política- ideológicas y la presión y muerte de muchos colaboradores por parte de la STASI. Muere en 1956; no queda muy claro si después de un infarto sufrido, en realidad fue eliminado por el sistema.

Para Weill los años del nazismo tampoco fueron mejores. Ante la situación política y después del abandono de Lotte, huye a París. A pesar de ser famoso vive en soledad y pobreza por no conocer el idioma. El antisemitismo en Francia se vuelve insoportable. En 1937 Lotte decide regresar con él. La pareja escapa a Estados Unidos. Weill abraza a la cultura americana y produce cualquier cantidad de canciones, himnos y musicales. Su capacidad para combinar ritmos, culturas y formas profundas con una musicalidad única, le permitieron ser aceptado por la crítica y el gran público norteamericano. Murió en Nueva York en 1950, como una celebridad.

La representación de Mahagonny en México nos permite evocar ese mundo detrás de los telones. La música, la interpretación, el montaje estuvieron a la altura de los grandes teatros; cabe decir, que la misma producción ya fue un éxito en Buenos Aires y Colombia. El jueves 29 de abril el público respondió emocionado y muy cálido a pesar de la cantidad de butacas vacías.

Merece un aplauso el director de la compañía nacional de ópera, Marcelo Lombardero por su empeño y carácter. Soportar un sindicato complicado y a directivos indiferentes a la sensibilidad necesaria para realizar un montaje de la magnitud de Mahagonny requiere de un espíritu enorme. Pero lo ha logrado. La orquesta aceptó el reto y mantuvo en equilibrio y con energía, la compleja tradición del singspiel, un género que incluye canto y diálogos demandantes en alemán, y en el que se escucha igual rag- time, jazz, foxtrot y contrapunto. La escenografía con recursos mínimos, usando de manera ingeniosa el video, logra una efectividad increíble. Los solistas con un nivel de calidad tan alto merecen un aplauso. Hildelisa Hangis (Jenny) con un timbre aceptable y muy buena actuación. El gran actor y experimentado cantante Gustavo López Manzitti, domina el papel de Jim Mahoney.  Pero la ovación de la noche fue para Rosa Muñoz (Leokadia Begbick).

Todos los cantantes agregaron a sus voces una actuación impecable, además de las bailarinas de tubo y desnudos muy bien logrados. Andrés Sarre, excelente como el pianista drag queen. De primera, el coro del Teatro de Bellas Artes, dirigido por Luis Manuel Sánchez.

Esta experiencia nos muestra que las cosas se pueden hacer muy bien en México y que Bellas Artes puede llegar a ser el gran teatro acorde con su bellísima arquitectura y quitarnos la condena de tener que ir al Auditorio nacional a escuchar transmisiones. Aún falta mucho por hacer, de acuerdo, todo es perfectible; pero el empeño de Lombardero y su espíritu, denotan una nueva forma de entender el escenario en México. @suscrowley

Susan Crowley

Nació en México el 5 de marzo de 1965 y estudió Historia del Arte con especialidad en Arte Ruso, Medieval y Contemporáneo. Ha coordinado y curado exposiciones de arte y es investigadora independiente.... Ver más

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