Jorge Alberto Gudiño Hernández
Recorte al calendario escolar
10/05/2026 - 12:01 am
"El pretexto de la ola de calor es malo, el del Mundial es peor. ¿Por qué algún partido sería más importante que la educación?"

Salvo que hubiera una emergencia (como la pandemia de COVID), recortar el calendario escolar suena absurdo. Incluso, si las razones enarboladas fueran válidas.
Los ciclos escolares son, evidentemente, periódicos y están diseñados para impartir determinados temas a lo largo de un número establecido de semanas. Quitar cinco de golpe, en medio de un proceso de renovación educativa, digamos, para 2030, alzaría las cejas de muchos. No sólo porque, en efecto, los niños tendrían más vacaciones y hay que ver a qué se dedican en ese tiempo, sino porque, de forma más importante, se tendría que justificar esa pérdida de sesiones en el aula. Podría hacerse, si el diseño de los programas lo permite, si se demuestra que la reducción de la carga escolar mejora las habilidades de los alumnos, si se suman formas alternas de impartir clases (días en diferentes lugares, visitas a empresas, salidas recreativas, deportes organizados y demás), si se demuestra que en esas cinco semanas extra no se aprendía nada.
Este escenario hipotético funcionaría, insisto, pese a la suspicacia de algunos expertos si se planeara con años de antelación. Y habría que analizar los resultados. Nunca, si se avisa diecisiete días antes de la suspensión anticipada.
De nuevo, no sólo porque las logísticas familiares tendrán que reconfigurarse. También hay muchas dinámicas económicas y de otros tipos que merecen ser consideradas. El problema real, sin embargo, es qué va a pasar con los aprendizajes de esas cinco semanas, con la planeación de los maestros, con las evaluaciones programadas, con los objetivos que se deben alcanzar cuando se finalice el año escolar.
El aviso es casi una motivación para las improvisaciones. Directores y maestros ahora saben que deben hacer en poco más de una quincena lo que correspondía a seis. Así que lo primero será ponerse de acuerdo. Y eso lleva tiempo. Da igual si el alumno sabe multiplicar, el nombre de los próceres de la Patria, el método Redox de balanceo en las reacciones químicas o las funciones de la mitocondria. Es imposible, con esta premura, ajustar los programas para que se abarque lo que se tenía considerado.
El pretexto de la ola de calor es malo. Cualquier meteorólogo puede dar fe de la dificultad de predecir el clima a varias semanas de distancia. El pretexto del Mundial es peor. ¿Por qué razón algún partido de las primeras fases (e, incluso, la final, aunque será en día no laboral) sería más importante que la educación? Suponerlo es evidenciar la relevancia que se le está dando al sistema educativo de nuestro país. Eso no significa que no se vean los partidos en la escuela (quienes estudiábamos en 1986 recordamos la experiencia), pero suspender las clases cuarenta días antes con ese pretexto no sólo es absurdo sino ridículo.
La Ciudad de México está hecha un caos. Contundente. Y todos quienes transitamos por ella podemos atestiguar que, cuando no hay clases, el tránsito es más amable. No es por pensar mal, pero ésa también podría ser una de las razones del término anticipado del curso escolar: evitar las eternas horas de embotellamiento. No vaya a ser que los extranjeros nos critiquen. Da igual que sólo vayan a ser unos cuantos partidos en nuestro país, en únicamente tres ciudades. Hay que pararlo todo.
Cierro como comencé: salvo casos excepcionales en que la salud, seguridad e integridad de las comunidades educativas estén en riesgo, no hay nada más importante que la educación para un país. Más, si, como bien sabemos, nuestro nivel educativo va en picada.
Es inevitable pensar en aquel decir romano: panem et circenses, de Juvenal, traducido como “Al pueblo pan y circo”. Ahora no habrá gladiadores peleando con bestias, sino multimillonarios jugando a la pelota. Está bien que nos guste y entretenga, pero no a costa de la educación.
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