Jorge Javier Romero Vadillo
¡Por fin, la educación!
14/05/2026 - 12:02 am
"El Secretario de Educación Pública se ha revelado como un genio de la competencia, donde lo que se premia es la lealtad lacayuna".

De entre todos los desastres de este malhadado nuevo régimen, ninguno alcanza la gravedad del educativo. Sin embargo, la crítica apenas había mirado de soslayo el tamaño del retroceso desde que López Obrador cumplió su consigna, repetida hasta el hartazgo en sus cansinos discursos de campaña, de echar atrás “la mal llamada reforma educativa”. Tuvo que hacerse evidente la inepcia arbitraria de un gobierno de incapaces para que la opinión pública y la publicada saltaran y reclamaran de consumo frente a la decisión “unánime” de las autoridades educativas del país de adelantar el final del año escolar.
El Secretario de Educación Pública, conocido por sus habilidades miméticas, se ha revelado como un genio de la competencia adaptativa, donde lo que se premia es, cuando menos, un noventa por ciento de lealtad lacayuna y, cuando mucho, un diez por ciento de capacidad. Mario Delgado ha construido una carrera en la que lo mismo ha dicho Diego que digo. En algún momento de esa versátil trayectoria política coincidimos en la causa de la reforma educativa, exitosa al grado de influir sustancialmente en el proceso que condujo a la reforma constitucional de 2013, la cual no sólo aprobó con su voto, sino que promovió y en cuya elaboración participó como Senador de la República. También estuvimos cerca cuando se puso la camiseta de la regulación de la mariguana.
No es que fuera un líder que planteara ideas propias y tuviera convicciones sólidas. Lo suyo consistía en olfatear las causas que le dieran visibilidad, acercarse a quienes habían construido las ideas y las demandas y sumarse, balbuceante y titubeante, a su defensa legislativa. Claro, cuando López Obrador lo descubrió y lo resarció de los agravios recibidos por quienes lo despreciaban, Mario se convirtió en la voz de su amo y repitió las frases hechas, los latiguillos y las simplezas del líder iluminado, con la ventaja de que esas sí sabía operarlas de manera obsecuente.
Valga la memoria personal para enmarcar el sainete escenificado la última semana por el Secretario de Educación, el cual, insisto, ha tenido la enorme virtud de volver a colocar el foco público sobre una de las mayores catástrofes del contrahecho Estado mexicano, que empezaba a enderezarse con la reforma de 2013, pero que la retranca reaccionaria encabezada por López Obrador y los delirios de pedagogía del oprimido de Marx el pequeño acabaron por hundir en la miseria.
Por supuesto que ha habido críticos persistentes del delirio proletario revolucionario de Marx Arriaga y analistas acuciosos de las políticas públicas —es un decir— en materia educativa del anterior gobierno y de este. Desde el principio de la “transformación” hubo voces críticas que analizaron todos los palos de ciego de los sucesivos secretarios. Gilberto Guevara Niebla, Eduardo Backhoff, Alma Maldonado, editora del estupendo blog “Distancia por tiempos” de Nexos, Germán Álvarez Mendiola y muchos más han insistido en que lo que se ha hecho y se está haciendo en educación constituye un atentado contra la viabilidad del país.
Pero uno de los críticos más acres de las tomaduras de pelo de la Nueva Escuela Mexicana y de su apóstol —al que ha llamado con vitriolo comprensible ya sólo para los proyectos boomers que somos “mi marxiano favorito”— ha sido Guillermo Sheridan. Un escritor satírico y erudito sólo equiparable, en el último medio siglo, con Jorge Ibargüengoitia, pero con un empeño de mosca cojonera para desenmascarar farsantes, plagiarios y vociferantes. Por lo demás, un historiador impecable al que, sin embargo, acaba de escapársele un gazapo.
En su último artículo en El Universal, Sheridan replica una publicación de X sobre la inteligencia de los más conspicuos secretarios de Educación del régimen del PRI frente a la franca bobaliconería del actual. El tuit enlistaba entre las grandes mentes de la educación mexicana, por supuesto, a Vasconcelos, a Bassols, a Torres Bodet y hasta a Agustín Yáñez. Sheridan le pone pegas a la inteligencia de Bassols, en lo cual creo que tiene razón, pero su principal argumento para cuestionar las luces de don Narciso es que impuso la educación socialista, y en eso yerra la memoria del erudito.
La tontería de Bassols tuvo muchas manifestaciones a lo largo de una biografía que terminó con la muerte de un ciclista. La principal fue su cerril estalinismo, del cual su revista Combate constituye prueba contundente. Propagandista bastante vulgar, su fidelidad fue premiada con la Embajada de México en Moscú cuando se restablecieron las relaciones diplomáticas con la URSS, en 1943, pero no es correcto endilgarle el engendro de la educación socialista, llevado a la Constitución en septiembre de 1934, cuando Bassols ya había dejado la Secretaría de Educación.
De hecho, Bassols fue cesado por Abelardo Rodríguez por haber impulsado una buena causa en el sistema educativo: la educación sexual. Su introducción en el currículo de primaria provocó la indignación de las damas de la vela perpetua y de otras organizaciones católicas de padres de familia, y Bassols renunció a finales de 1933. La ocurrencia sin pies ni cabeza de la educación socialista fue de Manlio Fabio Altamirano, prócer veracruzano asesinado dos años después cuando era candidato del PNR al Gobierno de Veracruz, durante la convención de ese partido que aprobó el primer Plan Sexenal. Seguramente Bassols simpatizó con la idea, como también defendió en 1933 la andanada de Lombardo Toledano para imponer el marxismo como filosofía rectora de la Universidad Nacional. La resistencia encabezada por Antonio Caso, Manuel Gómez Morín y los jóvenes de la Unión Nacional de Estudiantes Católicos condujo a la segunda ley de autonomía y a que Bassols espetara con desdén: “esta ha dejado de ser la Universidad Nacional. Ahora es la Universidad Autónoma de México”. Ya no tuvo nada que ver con la puesta en marcha del experimento socialista, el cual nadie supo nunca bien a bien qué significaba.
En fin, las babosadas de Mario Delgado han tenido la virtud de hacer que se vuelva a hablar de educación fuera del círculo de quienes hemos sido observadores asiduos del tema. Mucho más que de Bassols habría que hablar de Torres Bodet, auténtico artífice del sistema educativo posrevolucionario y también de su principal tara: el control corporativo del SNTE. Sheridan lo cita con largueza en su artículo, pero no menciona que fue él el autor del decreto de 1946 del Reglamento de las Condiciones generales de Trabajo de los Trabajadores de la Secretaría de Educación Pública, con el cual el régimen le entregó el control de la carrera docente al SNTE. Habrá que seguir con el tema, ya que se ha abierto una nueva ventana crítica.
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