Alejandro De la Garza

La CdMx sufre el Mundial: exijamos cuentas

16/05/2026 - 12:02 am

"La CdMx será durante el Mundial un escenario de celebración de privilegios, mientras se externalizan los costos como el transporte público".

La CdMx sufre por el Mundial 2026
La ciudad y sus habitantes estamos a punto de padecer la “fiesta global” del Mundial de Futbol. Foto: Haaron Álvarez, Cuartoscuro

El sino del escorpión observa atento a su nieta de 11 años convertida en una futbolista de fuerza y nobleza —juega bonito y con respeto—, y se imagina así a miles de niñas, niños y adolescentes que practican esperanzados este deporte sin saber en qué negocio mafioso se ha convertido en el mundo. En México, más allá de los 18 equipos de la primera división y de otros tantos en las ligas de Expansión y Premier, hay registrados más de 500 equipos profesionales de futbol, pero amateurs debe haber miles formados por un ejército de futbolistas que en campos diversos (más precarios que lujosos) practican este juego de mineros y panaderos pobres que hoy, allá en la cima, es paradójicamente controlado por millonarios, patrocinadores y corporativos mediáticos.

El alacrán fatiga de un extremo a otro la mancha urbana de la Ciudad de México —de Naucalpan en el noroeste a Iztapalapa y Los Reyes en el sureste, y de la Zona de Hospitales en el sur profundo al aeropuerto en el noreste— y en todo punto cardinal observa el mismo caos: hoyos, inundaciones, calles y construcciones a medias; el Metro convertido en peligrosos túneles oscuros, polvorientos y a medio construir (el transbordo en Bellas Artes es criminal); el tránsito vehicular detenido hasta tres y cuatro horas en el Periférico Norte por el cierre de sus carriles centrales o laterales; la calzada de Tlalpan a vuelta de rueda del transporte público por la “modernización” imposible del Estadio Azteca, las avenidas y calles a la redonda, y por una nueva y problemática ciclopista; el Aeropuerto hecho un terregal, con andamios y encharcamientos en los pasillos, sin salas de espera mínimas y con los estacionamientos cerrados. “Mi ciudad es chinampa en un lago escondido”, ¿o cómo decía esa canción para turistas?

Y todo porque la ciudad y sus habitantes estamos a punto de padecer la “fiesta global” del Mundial de Futbol. Desde hace casi un año este fenómeno futbolístico comercial devora lo público y entorpece y dificulta la vida cotidiana de millones de personas. El alacrán insiste: lo que nos venden como “oportunidad” —estadios relucientes, turistas y derrama económica— disfraza la transferencia de recursos públicos hacia empresas y élites, al tiempo que la población local asume los costos: obras pagadas con dinero público, regulaciones suspendidas, barrios que se gentrifican por la especulación. La organizadora FIFA se presenta como una auténtica fuerza de ocupación territorial y comercial, exenta de impuestos al igual que sus socios y patrocinadores (Coca Cola en Chichén Itzá). Y el Estado es el garante de toda esta parafernalia mientras la ciudadanía es mero daño colateral.

Las obras viales y las remodelaciones prometen movilidad, pero han significado desvíos, cierres y una ciudad menos habitable durante largos meses, confirma el arácnido. Y peor aún, la presión sobre la oferta de alojamiento —hoteles y plataformas como Airbnb— eleva precios y reduce opciones para residentes (trate el lector de encontrar un departamento de renta razonable). Las regulaciones inmobiliarias detenidas “por necesidad turística”, son una privatización temporal del espacio urbano: vecinos desplazados, alquileres al alza y una red de solidaridades vecinales que se resiente. Una ciudad más cara, caótica y menos accesible para quienes la vivimos y padecemos.

Que hagamos home office, nos sugiere la Jefa de Gobierno para no afear el paisaje que verán los turistas. Hasta intentaron que los niños se quedaran sin escuela y en sus casas para no alterar a las visitas con nuestros usuales congestionamientos viales, tumultos urbanos y rituales del caos. La FIFA es una mafia vergonzosa, todos los sabemos (al igual que la Federación Mexicana de Futbol) mientras “el Mundial absorbe recursos públicos como sanguijuela y es una estafa”, escribe la analista Viridiana Ríos. Pero los gobiernos firman garantías y exenciones sin transparencia (las mañas del licenciado Peña) y las ciudades pagan por infraestructura que nadie sabe si dejará beneficios duraderos para la mayoría (recuérdense las abandonadas Utopías, los Pilares o los Faros culturales que apenas sobreviven). El venenoso atestigua cómo los contratos entre el ente organizador y las ciudades anfitrionas son opacos, suelen trasladar los riesgos al erario y concentran las ganancias en cadenas hoteleras, patrocinadores, televisoras, constructoras y concesionarios.

Y nos vienen con el cuento (“narrativa oficial”) de que habrá empleos y derrama económica, cuando en realidad son empleos temporales, mal remunerados y sin seguridad social. Gran parte del “beneficio” lo capturan allá arriba los propietarios de inmuebles, los grandes proveedores, corporativos mediáticos y empresas patrocinadoras que obtienen contratos millonarios. Y aquí a media calle, los vendedores informales —los que históricamente han dado vida a los alrededores de los estadios— enfrentan operativos y remociones a petición de la FIFA, única autorizada a vender hasta las cervezas en los estadios. La gente pierde su fuente de ingresos sin compensación y con persecución. La lógica económica dura de estos eventos se resume así: ganancias concentradas, costos socializados.

La FIFA ha forzado a México a aceptar cláusulas de exención fiscal o garantías sin auditoría, incluso, en caso de reclamo o incumplimiento, ese organismo no se sujeta a tribunales mexicanos, sino a su propia justicia corporativa. Esta es una decisión política que debe rendir cuentas. Con el aguijón en alto el escorpión exige plena transparencia: que se publiquen los contratos gubernamentales con la FIFA para conocer de las exenciones fiscales y sus beneficiarios. También auditorías independientes por parte de universidades y organizaciones civiles para saber el costo-beneficio de tanto meganegocio. Tampoco vendría mal estudiar mecanismos de protección social que garanticen compensaciones a vendedores y residentes afectados; controles de precios y de rentas para evitar la gentrificación temporal y posterior. Exijamos que cualquier inversión pública vinculada al Mundial incluya metas sociales verificables (empleo formal, vivienda accesible, programas de cuidado ambiental, mejoras urbanas reales para sus habitantes).

La ciudad será durante el Mundial un escenario de celebración de privilegios (véanse los costos de boletos, comida y bebida en los estadios, así como el problema con los usuarios de palcos y plateas del Estadio Azteca), mientras se externalizan los costos como el transporte público que por fuerza debe aportar el Gobierno de la ciudad. De no cumplirse las exigencias de transparencia contractual, auditorías y verificación, el venenoso sabe que la factura la terminaremos pagando los mismos de siempre, los que pagamos por la ciudad día a día, los que pagamos por su pintura guinda en cada esquina y sus logotipos de ajolotes en extinción.

Alejandro De la Garza

Alejandro de la Garza. Periodista cultural, crítico literario y escritor. Autor del libro Espejo de agua. Ensayos de literatura mexicana (Cal y Arena, 2011). Desde los años ochenta ha escrito ensayos... Ver más

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