Y es que aunque con frecuencia los autores se quejan de ella, en muchos casos tendrían que hacerle un monumento. Foto: Shutterstock

Y es que aunque con frecuencia los autores se quejan de ella, en muchos casos tendrían que hacerle un monumento. Foto: Shutterstock

“Modificar palabras es mi pasión involuntaria”, dice la poeta Julia Santibáñez, luego de recomendar en un correo la inexistente novela de Dino Buzatti: “El despierto de los tártaros”, en lugar de la muy conocida El desierto de los tártaros. Confesiones de una lectora obsesiva. ¿Sólo la errata permanece?

Por Julia Santibáñez

Leo en la columna de un periódico: “Me interesa conocer los orificios secretos de los escritores, lo que nadie sabe de ellos”. La aseveración me hace imaginar a un laureado poeta en postura incómoda, exponiendo sus partes nobles al enguantado firmante del texto. Repaso la frase. En realidad dice: “Me interesa conocer los oficios secretos…”. La primera opción suena mejor, para qué negarlo. Se puebla de sentidos. En este caso no fue un destello de ingenio del diario, sino de mis entendederas. Igual que ayer cuando, en un correo, recomendé la novela de Dino Buzzati como El despierto de los tártaros, en vez de “el desierto”. Me da por pensar que modificar palabras es mi vocación involuntaria.

Lectora obsesiva como soy, la errata se me ha metido por los ojos y me va enriqueciendo las letras de cotidiano. Como hace poco, cuando en alguna novela en vez de leer “devanarse los sesos”, mi mente compuso un sugerente “los besos”.

O revisando la reseña de un concierto en Bellas Artes, sonreí de imaginar a la orquesta entera, de frac o vestido largo, tocando con entusiasmo la “abertura”.

Una poeta que ama las erratas. Foto: Especial

Una poeta que ama las erratas. Foto: Especial

LA VICIOSA FLORA MICROBIANA

Alfonso Reyes llamó a la errata “viciosa flora microbiana, siempre tan reacia a los tratamientos de desinfección”. Qué ingrato. Le debe un gran verso. Señala Adolfo Castañón que Reyes escribió “más adentro de tu frente”, que quién sabe por cuáles artes quedó convertido en un evocador “mar adentro de tu frente”. Todo un hallazgo causal. Digo, casual.

Y es que aunque con frecuencia los autores se quejan de ella, en muchos casos tendrían que hacerle un monumento. Por ejemplo, se cuenta que la primera edición de Arroz y tartana, novela de Vicente Blasco Ibáñez, arrancaba con este dechado de lirismo: “Aquella mañana, doña Manuela se levantó con el coño fruncido”. El original lucía un deslucido ceño. O la que contaba José Emilio Pacheco, entre fascinado y frustrado. Cuando en 1987 escribió un artículo quejándose de ella, puso: “La errata es el demonio de la lengua”, pero en la mesa de corrección de la revista Proceso decidieron publicar: “La errata es el dominio de la lengua”. La frase salió ganando.

O estas dos, consignadas por Carlos López en Sólo la errata permanece, publicado por Editorial Praxis: un poeta celebró a “la Madonna purísima” pero en el libro apareció “putísima” (visionario, el corrector) y la otra, contada por Alejo Carpentier respecto de un diario donde se informaba que una “ilustre dama había atendido con exquisitez a numerosos invitados en su mansión, a quienes prodigó con elegante entrega su aristocrático culo”. Cuánto palidece el “celo” original.

El tema me encanta. Devoradora de libros y con años de trabajo en la industria editorial, adoro esos bichos que alteran el sentido de un texto porque, me consta, suelen enriquecerlo, impregnarlo de mayor afecto. Quise decir, efecto. Como en la Biblia publicada en Inglaterra en 1631 por los impresores Robert Barker y Martin Lucas, en la que los Diez mandamientos presentaron una omisión afortunada. Por alguna razón desapareció la palabra “no” de uno de ellos, con lo que el lector devoto (más que nunca) encontraba la instrucción “Cometerás adulterio”. Faltos de humor, los jerarcas retiraron los ejemplares de la que desde entonces fue conocida como Biblia perversa (Wicked Bible).

También encuentro este otro caso: en un periódico del siglo XIX, un texto debía decir “Un oído delicado es imprescindible a todo buen poeta” y apareció “Un odio delicado es imprescindible a todo buen poeta”. Qué gran compendio de verdad.

Qué haríamos los autores sin las erratas, catalizadoras de la metáfora insólita, destrabadoras de la imaginación, enemigas acérrimas de la solemnidad. Foto: Shutterstock

Qué haríamos los autores sin las erratas, catalizadoras de la metáfora insólita, destrabadoras de la imaginación, enemigas acérrimas de la solemnidad. Foto: Shutterstock

Algunos autores no sólo no repudian el nido de erratas, sino más bien lo celebran, incorporándolo a su creación. Así, en sus Crímenes ejemplares, Max Aub jugaba así: “Donde dice: La maté porque era mía. Debe decir: La maté porque no era mía”. Y ahí está también la “Fe de erratas y advertencia final” de Augusto Monterroso, incluida en Movimiento perpetuo: “En algún lugar de la página 45 falta una coma, por voluntad consciente o inconsciente del linotipista de turno que dejó de ponerla ese día, a esa hora, en esa máquina; cualquier desequilibrio que este error ocasione al mundo es responsabilidad suya”.

La parentela de este roedor, de suyo fructífera, se ha visto multiplicada en años recientes por el contundente autocorrector de Word y/o de teléfono inteligente.

Ahora, los creadores no sólo ven sus obras mejoradas por la creatividad de una mesa de redacción: la lucidez omnisciente de la era 2.0 añade enjundia también a sus correos y mensajes de texto. Hace poco, estaba yo intercambiando WhatsApps con un hombre de letras a quien respeto por sus canas. Entusiasmada por un cuento de su libro más reciente le dije: “Es una pura belleza”. A su teléfono llegó: “Es una puta belleza”. El énfasis no vino mal. Me dio una pátina de rudeza que agradecí.

Un novelista y maestro de literatura cuenta que pidió a sus estudiantes un trabajo sobre La Odisea. Al recibir los análisis celebró que, en lugar de Menelao, el autocorrector de muchos de ellos (es decir, de sus máquinas) hubiera preferido Menéalo. Es que leer clásicos impone su dosis de ritmo. Y recuerdo también a mi amigo poeta, quien le preguntó por mensaje a su editora respetabilísima cuándo necesitaba que le mandara “el escroto”. Es decir, el escrito.

Qué haríamos los autores sin las erratas, catalizadoras de la metáfora insólita, destrabadoras de la imaginación, enemigas acérrimas de la solemnidad. Así, propongo defenderlas y celebrarlas porque, de hecho, ellas han de sobrevivir a nuestros textos, si es verdad (como creo) que “Las erratas son las últimas que abandonan el barco”, según el aforismo de Manuel Sexo. Perdón, Seco.