“En cualquier país, incluso en Estados Unidos, con Trump a cargo, esto significaría muchas investigaciones inmediatas. Aquí no”. Foto: Paola Hidalgo, Cuartoscuro

Nunca me ha gustado la afirmación de que la realidad supera a la ficción. Es difícil aceptar, dedicándome al ejercicio de lo ficcional, que, en cualquier momento, la vida cotidiana demuestra que todo el esfuerzo de imaginería de un autor se queda corto. Así que me he aferrado por años a la sospecha de que las historias inventadas tienen más posibilidades que las reales.

Es claro que me he equivocado por completo. De hecho, siempre lo he sabido, pero defender mis creencias me parece esencial. Al margen de ello, hay géneros donde esto se vuelve más evidente y otros donde eso no podría pasar. Es simple: la ciencia ficción no ha sido superada por la realidad, aún no podría serlo, quizá algún día. Sin embargo, la ficción política siempre se queda corta ante lo que la realidad nos tiene preparado.

He leído con entusiasmo varias novelas de intrigas internacionales y de política interior, la mayoría de ellas norteamericanas. Aunque no es un género que me entusiasme demasiado por sus aportaciones literarias, reconozco que es entretenido y no tengo problemas a la hora de pasar algunas horas entre sus páginas. Lo que más me suele atrapar son los giros de tuerca. Ver, por ejemplo, al protagonista (un político encumbrado cuando no el presidente mismo) en una situación imposible que parece condenarlo a un futuro aciago es apenas el planteamiento. Después, bastará con que recurra a una interpretación ambigua de la ley, a una trampa puesta a sus enemigos, a un chantaje genial o a movimientos muy cuestionables para salir del paso. Eso pasa tanto en las novelas como en las series de televisión: un componente de espectacularidad resuelve la trama.

También en la realidad. Dos ejemplos. Trump acaba de cancelar el programa de los Dreamers. No sólo la noticia es pésima para más de medio millón de mexicanos que viven en Estados Unidos. También tiene algo de perversa. Cuando arrancó el programa, se ofrecieron ciertas garantías a esos jóvenes que, para fines prácticos, son norteamericanos. A cambio, se solicitó toda su información. El gobierno sabe dónde viven, en qué empresa trabajan, cuál es su lugar de estudio y más. Recabó toda esa información con buenas intenciones. Y, por un simple capricho de la voluntad, ahora está en manos enemigas. Algo casi inverosímil dentro de una novela.

Segundo ejemplo. Animal Político y el MCCI lanzaron esta semana un reportaje tremendo: el gobierno federal, durante un solo año, desvió recursos por más de siete mil millones de pesos ($ 7,000,000,000.00), de ellos, un alto porcentaje está desaparecido. Lo hizo mediante un sofisticado mecanismo que involucra a varias universidades públicas y a decenas de empresas fantasmas. Este monto, insisto, corresponde sólo a un año.

La acusación es gravísima. Están involucrados secretarios de estado y directores de paraestatales. En cualquier país, incluso en Estados Unidos, con Trump a cargo, esto significaría muchas investigaciones inmediatas. Aquí no. El giro de tuerca que salva al gobierno es el silencio. No se dice nada, no se comenta nada y se espera a que todo se difumine. Ni siquiera los noticieros más importantes del país lo mencionan. Nada de nada.

Y ahí es cuando la realidad supera a la ficción. De haber sucedido esto en una novela, sería no sólo inverosímil sino aburrida. Incongruente, cuando menos. Lejos de la realidad que podría reflejar aunque esa realidad, sea mucho peor de lo que el relato abarca.

Así que ya no me defiendo ni ataco a la aseveración. Si acaso, sumo un corolario: en estos días, sobre todo en los términos políticos, la realidad puede resultar mucho más inverosímil que la ficción.