Para la gente es importante decir de parte de quién está, y explicar por qué y en qué medida esa postura puede condicionar su opinión. Una declaración de intereses, por así decirlo. Así que voy a habla de la lectura. Voy a explicar que las bibliotecas son esencia­les. Voy a defender que leer libros de ficción, leer por placer, es una de las cosas más importantes que se pueden hacer. Voy a hacer un ferviente alegato a favor de las bibliotecas y de los bibliotecarios, para que la gente entienda por qué es necesario protegerlos. Por qué nuestro futuro depende de las bibliotecas, la lectura y los sueños.

Ciudad de México, 12 de mayo (SinEmbargo).- Y mi opinión está condicionada, inmensa y evidentemente con­dicionada: soy escritor y suelo escribir obras de ficción. Escribo para niños y adultos. Llevo unos treinta años ganándome la vida con las palabras; me dedico, sobre todo, a inventarme cosas y a es­cribirlas. Está claro que me interesa que la gente lea y que lea lite­ratura de ficción, y que existan bibliotecas y bibliotecarios que ayuden a fomentar el amor por la lectura y a proteger los lugares en los que la lectura puede tener lugar.

De modo que mi opinión está condicionada como escritor. Pero aún lo está más, mucho más, como lector. Y más, incluso, como ciudadano británico.

Y esta noche estoy aquí para pronunciar esta conferencia auspi­ciada por la Reading Agency, una organización benéfica cuya misión es ayudar a la gente a convertirse en lectores competentes y entusiastas, para que todo el mundo pueda tener igualdad de opor­tunidades. La Reading Agency financia programas de alfabetiza­ción, apoya a las bibliotecas y a los individuos, y promueve abier­ta y deliberadamente el acto de la lectura. Porque, según ellos, todo cambia cuando leemos.

Y quiero hablar precisamente de ese cambio y del acto de la lectura. Quiero hablar de los efectos de la lectura. De sus efectos positivos.

Una vez, en Nueva York, escuché a alguien hablar de las prisio­nes privadas, una industria que está experimentando un enorme crecimiento en Estados Unidos. La industria carcelaria debe plani­ficar su crecimiento futuro: ¿cuántas celdas van a necesitar ¿cuántos reclusos habrá dentro de quince años? Y han descubierto que pueden predecirlo de una manera muy sencilla con ayuda de un algoritmo bastante elemental que se basa en averiguar el por­ centaje de niños de diez y once años que no saben leer. Y que, por descontado, no pueden leer por placer.

No es una relación directa: no se puede asegurar que en una so­ciedad alfabetizada el crimen desaparecería para siempre. Pero sí se pueden establecer algunas conexiones profundamente reales.

Y estoy convencido de que algunas de esas correlaciones, las más sencillas, se deben a algo increíblemente simple. La gente que sabe leer y escribir lee obras de ficción, y la literatura de ficción tie­ne dos usos. En primer lugar, es una droga blanda que permite ac­ceder a la droga dura de la lectura. El impulso de saber qué sucede­rá después, de querer pasar la página, la necesidad de seguir leyendo, a pesar de las dificultades, porque hay alguien que está en apuros y quieres conocer el desenlace final…

… es un impulso profundamente real. Y te obliga a aprender nue­vas palabras, a pensar nuevas ideas, a seguir avanzando. A descu­brir que la lectura es placentera de por sí. Una vez que has apren­dido eso, ya estás en condiciones de poder leerlo todo. Y leer es esencial. Hace algunos años, durante un tiempo, empezó a decirse que vivíamos en un mundo pos-alfabetizado, en el que la capacidad de comprender las palabras escritas era en cierto modo superflua; pero hoy en día ya nadie defiende esa idea: las palabras son más im­ portantes que nunca. Nos movemos por el mundo gracias a las pa­labras, y ahora que el mundo se ha colado en internet, necesitamos seguir, comunicar y comprender lo que leemos.

La gente que no es capaz de entenderse no puede intercambiar ideas, no se puede comunicar y los programas de traducción son li­mitados.

La manera más sencilla de culturizar a los niños es enseñarles a leer y demostrarles que la lectura es una actividad placentera. Y eso es tan sencillo como encontrar libros que les gusten, facilitarles el acceso a esos libros y dejarles que los lean.

NUESTRO FUTURO DEPENDE DE LAS BIBLIOTECAS

No creo que haya libros malos para los niños. De vez en cuando, se pone de moda entre los adultos señalar un tipo de libros infan­tiles, un género, quizá, o un autor, y declarar que no son buenos, que los niños deberían dejar de leer esos libros. Lo he visto una y otra vez; se decía que Enid Blyton era una escritora mala, al igual que R. L. Stine y muchos otros. Los cómics se censuran porque se dice que favorecen el analfabetismo.

Eso es una chorrada, un esnobismo y una estupidez.

No se puede decir que un autor sea malo para los niños si a ellos les gusta, si quieren leerlo y lo buscan, porque cada niño es diferente. Ellos encuentran las historias que necesitan y se meten en ellas. Una idea trillada, manida, deja de serlo para alguien que la encuentra por primera vez. No debéis impedir que los niños lean porque consideréis que no leen los libros adecuados. La literatura de ficción que a vosotros no os gusta es la droga blanda que les permitirá acceder a los libros que preferís que lean. Y no todo el mundo tiene los mismos gustos que vosotros.

Un adulto bien intencionado puede arruinar con facilidad la pa­sión por la lectura de un niño: basta con prohibirle leer los libros con los que disfruta, o con ofrecerle libros didácticos pero aburri­dos, los equivalentes actuales a la literatura “edificante” de la época victoriana. Así se consigue que la siguiente generación pien­se que leer es aburrido y, lo que es peor, que es desagradable.

Necesitamos que nuestros niños empiecen a subir por la escale­ ra de la lectura; cualquier libro que les haga disfrutar los ayudará a ascender, peldaño a peldaño, hasta llegar a la cultura.

(Tampoco se os ocurra hacer lo que hice yo con mi hija de once años cuando observé que le gustaban los libros de R. L. Stine. Con­ seguí un ejemplar de Carrie de Stephen King y le dije: “¡Si te gus­tan esos libros, seguro que te encanta esto!”. Holly no volvió a leer otra cosa que apacibles historias de colonos de las praderas duran­te el resto de su adolescencia, y todavía me fulmina con la mirada cada vez que pronuncio el nombre de Stephen King.)

En segundo lugar, la ficción fomenta la empatía. Cuando veis la tele o vais al cine, observáis lo que les sucede a otras personas.

En las obras de ficción en prosa tenéis que construir algo con veinti­siete letras y unos cuantos signos de puntuación y sois vosotros y solo vosotros, quienes, con ayuda de la imaginación, creáis un mundo, lo pobláis de personajes y lo veis a través de sus ojos. Sen­tís cosas, visitáis lugares y mundos que nunca conoceríais de otra manera. Aprendéis que el resto de la gente también posee su pro­pia individualidad. Os metéis en la piel de otra persona y, cuando regresáis a vuestro mundo, habéis cambiado un poco.

La empatía es una herramienta que ayuda a integrarse en un gru­po y de esa manera dejamos de comportarnos como individuos obsesionados con nosotros mismos.

A través de la lectura, además, podéis descubrir algo muy im­portante para abriros camino en la vida. Y es esto: el mundo no tiene por qué ser así. las cosas pueden ser diferentes. La literatura de ficción puede mostraros un mundo diferente.

Puede llevaros a lugares en los que nunca habéis estado. Una vez que habéis visitado otros mundos, al igual que las personas que han probado los frutos del País de las Hadas, no podéis sentiros satisfe­chos del todo con el mundo en el que habéis crecido. Y la insatis­facción es buena: la gente insatisfecha puede modificar y mejorar el mundo en el que vive, perfeccionarlo, cambiarlo.

Y, siguiendo con este tema, me gustaría decir unas palabras acer­ca de la evasión. Se dice por ahí que la literatura de evasión no es buena. Como si fuera el opio barato de los ignorantes, los estúpidos y los ilusos; como si la única ficción que mereciera la pena, tanto en el caso de los adultos como en el de los niños, fuera la ficción mimética, que refleja los males del mundo en el que el lector se en­cuentra inmerso.

Muchas cosas a conseguir en la vida mediante la lectura. Foto: Shutterstock

Si estuvierais atrapados en una situación imposible, en un lugar hostil, con personas que os desean el mal, y alguien os ofreciera una evasión temporal, ¿por qué no aceptarla? Y las obras de evasión no son más que eso: obras que abren una puerta, muestran la luz del sol que hay en el exterior, un lugar donde todo está bajo control y en compañía de personas con las que queréis estar (y los libros son lugares reales, no os confundáis). Y lo más importante es que, mientras os evadís, los libros os pueden ayudar además a conocer el mundo en el que vivís y la difícil situación en la que os encontráis; pueden ofreceros armas, una armadura, cosas reales que podréis llevaros a vuestra prisión cuando regreséis. Destrezas, conocimien­tos y herramientas que podréis utilizar para evadiros de verdad.

Como decía C. S. Lewis, las únicas personas que despotrican contra la evasión son los carceleros.

Otra manera de destruir el amor de los niños por la lectura es, por supuesto, asegurarse de que no haya un solo libro a su alcance. Y, en el caso de que los haya, no proporcionarles un espacio donde puedan leerlos.

Yo tuve mucha suerte. Cuando era niño, había una biblioteca magnífica cerca de casa. Y no me costaba convencer a mis padres de que me dejaran en la biblioteca camino del trabajo durante las vacaciones de verano, y a los bibliotecarios no les importó que un niño pequeño, solo, se metiera todas las mañanas en la biblioteca infantil y se abriera camino hasta los ficheros en busca de libros de fantasmas, de magos o del espacio exterior, libros de vampiros o de detectives o de brujas o de prodigios. Y cuando acabé con todos los libros de la biblioteca infantil, empecé con los de la de adultos. Eran buenos bibliotecarios. Les encantaban los libros y les gus­taba que la gente los leyera. Me enseñaron a pedir libros de otras bibliotecas con el servicio de préstamo interbibliotecario. No juzga­ban con esnobismo ninguno de los libros que leía. Simplemente, parecía que les caía bien ese niño de grandes ojos que amaba la lec­tura, y me hablaban de los libros que yo leía, me buscaban otros de las mismas colecciones, me ayudaban. Me trataban como a cual­quier otro lector —ni más ni menos—, lo que quiere decir que me trataban con respeto. Yo, que era un niño de ocho años, no estaba acostumbrado a que me trataran con respeto.

Las bibliotecas son espacios de libertad. Libertad para leer, li­bertad de ideas, libertad de comunicación. Son espacios de educación (un proceso que no termina el día que dejamos el colegio o la universidad), de entretenimiento, de seguridad y de acceso a la in­ formación.

Me preocupa que hoy, en el siglo XXI, la gente no sepa entender qué son las bibliotecas y cuál es su finalidad. Podrían parecer algo anticuado o pasado de moda si se conciben como lugares con es­tanterías llenas de libros en un mundo en el que la mayoría de los libros que se publican, aunque no todos, tienen versión digital. Pero quien piense así se olvida de lo más importante.

La información es valiosa, y la información correcta, mucho más. Foto: Shutterstock

Creo que tiene que ver con la naturaleza de la información.

La información es valiosa, y la información correcta, mucho más. A lo largo de la historia de la humanidad la información siempre ha escaseado, y disponer de la información necesaria era im­portante y siempre tenía una utilidad: había que saber cuándo plantar las cosechas, dónde se encontraban las cosas —los mapas, las historias y los relatos— para obtener alimento y compañía. La información era algo valioso, y quienes la tenían o podían obtener­ la podían cobrar por ese servicio.

En los últimos años, hemos pasado de la economía de la escasez de información a la del empacho de información. Según Eric Sch­midt, el director ejecutivo de Google, en el momento actual la raza humana crea cada dos días la misma cantidad de información que la civilización había generado desde sus comienzos hasta el año 2003. Estoy hablando de unos cinco exabytes de datos al día, para que me entiendan los que se dedican a llevar las cuentas. El reto ya no consiste en encontrar una planta poco común que crece en el desierto, sino una planta determinada que crece en la selva. Vamos a necesitar que nos ayuden a manejar esa información para poder encontrar lo que realmente necesitamos.

Las bibliotecas son lugares adonde se acude en busca de infor­mación. Los libros no son más que la punta del iceberg de la información: se guardan allí, y las bibliotecas os los pueden propor­cionar gratis y legalmente. Los niños sacan más libros que nunca de las bibliotecas, todo tipo de libros: en papel, en soporte digital y audiolibros. Pero también acude allí la gente que no tiene ordena­dor, por ejemplo, que no puede conectarse a internet; allí acceden a la red sin pagar: algo enormemente importante ahora que los tra­bajos y los subsidios se solicitan casi exclusivamente en línea. Los bibliotecarios ayudan a estas personas a manejarse en ese mundo. No creo que todos los libros puedan o deban trasladarse a una pantalla: como me dijo Douglas Adams en cierta ocasión, más de veinte años antes de que se inventara el Kindle, los libros físicos son como los tiburones. Los tiburones son animales muy antiguos: ya nadaban en los océanos antes de que aparecieran los dinosau­rios. Y la razón de que siga habiendo tiburones por ahí es que a na­die se le da tan bien ser un tiburón como a los propios tiburones. Los libros físicos son resistentes, difíciles de destruir, se pueden mojar, funcionan con energía solar, tienen un tacto agradable: se les da bien ser libros, y siempre habrá un lugar para ellos. Su lugar natural es la biblioteca, y las bibliotecas se han convertido además en espacios donde se puede acceder a los ebooks, a los audiolibros, a los DVD y a la información de la red.

Una biblioteca es un almacén de información al que, además, pueden acceder todos los ciudadanos por igual. Eso incluye la información sobre la salud. Y sobre la salud mental. Es un espacio co­ munitario. Un espacio seguro, un lugar donde refugiarse del mun­ do. Un lugar donde hay bibliotecarios. Deberíamos empezar a imaginar ahora cómo serán las bibliotecas del futuro.

La alfabetización es más importante que nunca, en este mundo de textos y correos electrónicos, un mundo de información escri­ ta. Tenemos que aprender a leer y a escribir, necesitamos ciudada­ nos globales que puedan leer sin problemas, que comprendan lo que leen, que entiendan los diferentes matices y sepan hacerse en­ tender.

En verdad, las bibliotecas son las puertas que conducen hacia el futuro. Por eso es una pena ver que, en todo el mundo, las autori­ dades locales aprovechan cualquier oportunidad para cerrarlas, una manera sencilla de ahorrar dinero, sin darse cuenta de que es­ tán comiéndose el pan de mañana. Cierran las puertas que debe­ rían mantener abiertas.

Según un estudio reciente de la Organisation for Economic Co­operation and Development, Inglaterra es “el único país en el que el grupo de edad más avanzada tiene un nivel de aptitud más ele­vado, tanto en alfabetización como en matemáticas, que el grupo de menor edad, después de tener en cuenta otros factores, como el sexo, el entorno socioeconómico y la profesión”.

En otras palabras, nuestros hijos y nietos tienen un grado de al­fabetización y de competencia matemática menor que el nuestro. Están menos capacitados que nosotros para moverse en este mun­do, para entenderlo y solucionar problemas. Se les puede mentir y engañar con mayor facilidad, están menos capacitados para cam­biar el entorno en el que viven, les va a resultar más difícil encon­trar un trabajo. Todas estas cosas. Y, como país, Inglaterra se va a quedar rezagada respecto de otras naciones desarrolladas porque carece de mano de obra especializada. Y, por mucho que los políti­cos culpen a los partidos rivales de estos resultados, lo cierto es que es necesario que enseñemos a nuestros hijos a leer y a disfrutar de la lectura.

Necesitamos bibliotecas. Necesitamos libros. Necesitamos ciu­dadanos cultos.

Me da igual —no creo que importe demasiado— que lean libros en papel o digitales; da igual leer en un rollo de pergamino o en una pantalla. Lo importante es el contenido.

Porque un libro también es su contenido, y eso es importante. Los libros son el canal que utilizan los muertos para comunicar­se con nosotros. Nos permiten aprender las enseñanzas de los que ya no están. Gracias a los libros, la humanidad se ha ido construyendo, ha progresado, y el conocimiento se ha vuelto acumulativo para que no sea necesario aprender las cosas una y otra vez. Hay al­gunas narraciones que son más antiguas que la mayoría de las na­ciones, narraciones que han sobrevivido con creces a las culturas y a los edificios donde se contaron por primera vez.

Pienso que tenemos responsabilidades de futuro. Responsabili­dades y obligaciones con los niños, con los adultos en los que se convertirán esos niños, con el mundo en el que tendrán que vivir. Todos nosotros —como lectores, como escritores, como ciudadanos— tenemos obligaciones. Voy a intentar explicar en detalle en qué consisten algunas de esas obligaciones.

Necesitamos bibliotecas. Necesitamos libros. Necesitamos ciudadanos cultos. Foto: Shutterstock

Creo que tenemos la obligación de leer por placer, en espacios públicos y privados. Si leemos por placer, si otros nos ven leyendo, aprenderemos, ejercitaremos nuestra imaginación. Enseñaremos a los demás que leer es bueno.

Tenemos la obligación de apoyar a las bibliotecas. De usarlas, de animar a otros a que las usen, de protestar cuando cierran una. Si no valoráis las bibliotecas, es que no valoráis la información ni la cultura ni la sabiduría. Estáis acallando las voces del pasado y es­ tropeando el futuro.

Tenemos la obligación de leer en voz alta a los niños. De leerles cosas que les hagan disfrutar. De leerles historias de las que ya nos hemos cansado. De poner las voces de cada personaje, de esforzar­ nos por que resulten interesantes, y de no dejar de leerles cuando ya saben leer. Tenemos la obligación de usar la lectura en voz alta como un momento de vinculación afectiva, en el que uno no está pendiente del móvil, en el que se olvidan las distracciones del mundo.

El libro sobre los pensamientos de Neil Gaiman. Foto: Especial

Tenemos la obligación de usar el lenguaje. De exigirnos más: de averiguar lo que significan las palabras y de saber cómo emplear­ las; de comunicarnos con claridad, de decir lo que queremos decir. No debemos intentar inmovilizar el lenguaje, ni comportamos como si fuera una cosa muerta que hay que venerar, sino que tene­mos que utilizarlo como algo vivo, que fluye constantemente, que toma palabras prestadas, que permite que los significados y las ma­neras de pronunciar cambien con el paso del tiempo.

Nosotros los escritores —sobre todo los que escribimos literatu­ra infantil, pero los demás también— tenemos una obligación con nuestros lectores: la obligación de escribir cosas verdaderas, algo especialmente importante cuando inventamos historias de perso­nas que no existen, ambientadas en lugares ficticios; la obligación de comprender que la verdad no está en los hechos, sino en lo que nos revelan de nosotros mismos. La literatura de ficción es la men­tira que cuenta la verdad, después de todo. Tenemos la obligación de no aburrir a nuestros lectores, de hacer que sientan la necesi­dad de pasar la página. Uno de los mejores remedios para un lector reticente, a fin de cuentas, es una historia que no pueda parar de leer. Y aunque es cierto que debemos contar a los lectores cosas verdaderas y proporcionarles armas, y una armadura, y transmitir­ les la sabiduría que hayamos conseguido acumular en nuestra bre­ve estancia en este planeta verde, tenemos la obligación de no pre­dicar, de no pontificar, de no pretender que nuestros lectores se traguen a la fuerza mensajes morales digeridos de manera artificial, como los pájaros adultos que alimentan a sus polluelos con los gu­sanos que han masticado previamente; y tenemos la obligación de no escribir jamás, en la vida, bajo ninguna circunstancia, una his­toria infantil que no nos gustaría leer a nosotros mismos.

Tenemos la obligación de entender y de reconocer que nosotros, como escritores infantiles, realizamos una labor importante, por­ que, si nos equivocamos y escribimos libros aburridos que alejan a los niños de la lectura y de los libros, habremos reducido nuestro futuro y limitado el suyo.

Todos nosotros —adultos y niños, escritores y lectores— tene­mos la obligación de soñar despiertos. Tenemos la obligación de imaginar. Es fácil pensar que nada puede cambiar, que vivimos en una sociedad enorme en la que los individuos son totalmente in­ significantes: átomos en un muro, granos de arroz en un arrozal. Pero lo cierto es que los individuos cambian el mundo una y otra vez, los individuos construyen el futuro, y lo hacen imaginando que las cosas pueden ser distintas.

Tene­mos la obligación de soñar despiertos. Foto: Shutterstock

Mirad a vuestro alrededor: lo digo en serio. Deteneos un mo­ mento. Simplemente, observad esta sala. Voy a deciros algo tan ob­ vio que tiende a olvidarse. Es esto: todo lo que podéis ver, paredes incluidas, fue, en un momento dado, imaginado. Alguien decidió que era más fácil sentarse en una silla que en el suelo. Alguien tuvo que imaginar algo para que yo pudiera dirigirme a vosotros en Londres en este preciso instante sin que la lluvia nos cale a to­ dos hasta los huesos. Esta sala y lo que contiene, y el resto de los objetos que hay en este edificio, en esta ciudad, existen porque la gente nunca ha dejado de imaginar cosas. Soñaron despiertos, pensaron, inventaron cosas que al principio no funcionaban de­ masiado bien, y se las describieron a otras personas que se rieron de ellos.

Y después, con el tiempo, lo consiguieron. Todos los movimien­tos políticos, los movimientos personales, han surgido porque había personas que imaginaron otra manera de existir.

Tenemos la obligación de hacer que las cosas sean hermosas, de no dejar un mundo más feo que el que nos encontramos. La obliga­ción de no vaciar los océanos, de no legar nuestros problemas a la próxima generación. Tenemos la obligación de dejarlo todo limpio cuando nos marchemos y de no dejar a nuestros hijos un mundo arruinado, maltratado y paralizado por falta de visión de futuro.

Tenemos la obligación de decirles a nuestros políticos lo que queremos, de votar en contra de los políticos del partido que sea que no comprenden que la lectura es importante para formar ciu­dadanos válidos, que no están dispuestos a esforzarse por preser­var y proteger el conocimiento y promover la alfabetización. No es una cuestión de partidos. Es una cuestión que afecta a todos los humanos.

En cierta ocasión, le preguntaron a Albert Einstein qué podíamos hacer para educar niños inteligentes. Su respuesta fue simple y sensata: “Si queréis que vuestros hijos sean inteligentes —dijo—leedles cuentos. Si queréis que sean muy inteligentes, leedles muchos cuentos”.

Einstein entendía el valor de la lectura y de la imaginación. Es­pero que podamos dejar a nuestros hijos un mundo en el que lean, y en el que les lean, en el que puedan desarrollar la imaginación, y comprender. Gracias por vuestra atención.

Neil Gaiman, uno de los autores más leídos del mundo. Foto: Especial

Este texto, con autorización de Malpaso Editorial, se extractó del libro La vista desde las últimas filas, de Neil Gaiman: (Portchester, Reino Unido, 1960) ha escrito novelas, cuentos, relatos gráficos, libros infantiles y guiones cinematográficos con un notable éxito de crítica y público. La serie de cómics The Sandman fue seguida con entusiasmo por millones de lectores en todo el mundo. En mayo de 2012, durante el acto de graduación de la University of Arts de Filadelfia, pronunció el memorable discurso que propició el libro Errores infalibles para (y por) el arte.