“Me hablarás del mar y de cómo se ve distinto en todas partes, de cómo a pesar de ser el mismo, las olas nunca huelen igual”. Foto: Especial

Y te contaré de los cometas tejidos con estambre rojo, de los camellos y el elefante que pudo ser la fotografía más bonita del mundo. Te diré, convencida, de cuando un guajolote salvaje me enseñó a sostener la mirada. Y tú te reirás aunque yo no lo habré dicho para hacerte reír, pero no rebatiré porque preferiré tu risa ahogada, que me llames mentirosa y que no dejes de mirarme como si estuviera contándote la fantasía más tonta, a decirte que, de verdad, un guajolote me enseñó todo lo que ahora sé sobre no menear los ojos. Traerás más té. Más pan dulce. Acariciarás a tus dos perros. Te desharás la trenza. Me hablarás del mar y de cómo se ve distinto en todas partes, de cómo a pesar de ser el mismo, las olas nunca huelen igual. Me lo dirás convencida y yo no diré que no, ¿cómo podría? Te contaré de cómo me sentí una forastera en el único pueblo donde hablaban nuestra lengua. –A ver, mercenaria, hábleme del color rosa –te diré que me decían. –Mira, pégate a un árbol y sóplale la corteza con todas tus fuerzas, sin tomar aliento, y ya cuando no puedas más y sientas que te revienta el plexo solar, aléjate con cuidado. Bien, no busques el color en el árbol, ahí no está, el rosa fue lo que te quemó la tráquea cuando no podías respirar –te diré que les contestaba. Y entonces, por fin, comenzarás a creerme. Te contaré de cómo una noche las nubes fueron las branquias del cielo y tú me explicarás, con detalle obsceno, por qué crees que son las cataratas de la Tierra. Acordaremos que es la ecuación suspendida porque siempre que hablamos de las nubes le cantamos, sin darnos cuenta, alabanzas a la vida. Me contarás de cómo, cuando nos perdimos la pista y partimos nuestro camino, te enamoraste de una mujer a la que le brillaba la piel cuando dormía. Te escucharé atenta aunque me cruja el corazón. Yo te diré cuánto amé a una muchacha que, de tan libre, volaba entre montañas. De la felicidad sin motivo. Me contarás de los dragones blancos de tus sueños, de las panteras, del vientre de los tiburones y los gigantes que pasan por la Tierra caminado con cuidado para no pisarnos. Te contaré de los míos y en los que aparecías, de aquella vez donde un pantano no dejaba de tragarme, de cómo me había escupido en tu patio trasero, de cómo abrías la puerta y corrías a bañarme, ahí mismo, con agua de río. Hablaremos tanto rato de nuestros sueños. Meteré la mano en mi bolsa y tocaré el anillo que hice junto a mi madre. Habré recolectado las piedras mientras cruzaba desiertos y me sumergía en el mismo mar que rompía en tus pies y ella lo habrá diseñado mientras ganaba el mínimo en una joyería. Te contaré de dónde viene el cuarzo y dejaré que tú adivines de dónde salió la esmeralda. Servirás más té. Te morderás los labios. Gritarás ¡hey! al perro. En serio, si existiera el dios en el que mi madre cree, sabría cuánto me faltaron tus abrazos por la espalda y tus vasos de vidrio reciclado. Se me llenará la boca de cosas: te pensé aquí, te pensé allá, hasta allá. Me dirás que cuando vivías en las faldas de un volcán, te despertaba un estruendo que era su sangre caliente besándote la espalda. Te escucharé convencida. Y me dirás que también pensaste en mí: –Yo también te quise. Y aunque después lo necesite, no podré olvidarlo porque habré reconocido en tu mirada ese parpadeo que te sale cuando ya no hay nada por hacer. Se abrirá la puerta de entrada y María te saltará en la cara. María bonita. María sueño de carne. María luz. María oriente. Le habrás puesto María por aquella puesta de sol donde juramos decirle a nuestros hijos, todos los días al despertar: “hagamos de este un mundo hermoso”. ¿Te acuerdas? Comíamos piñones y los comparábamos con el color que brotaba del cielo. A María le brillará la piel aunque esté despierta, tendrá tus ojos grandes, tu cabello despeinado, tus pecas esparcidas. A medio morir saldré de ti y de tu casa, me mandarás un beso desde el pórtico pero no me dirás adiós, ya me dijiste una vez.