“Me conmoverán tu risa y tus gestos de niña mimada”. Foto: Ian Parker

Minimizarás los bichos que te recorren el estómago. Dirás que no son mariposas. Incluso dirás lo contrario. “Es algo que me punza las entrañas, pero nah, nada serio”, dirás. Yo por mi parte diré una cosa similar, como que no era algo extraordinario a pesar de ser extraordinario. “Nada del otro mundo, nada delirante, nada caótico”, diré armoniosa y dizque elocuente, pero me morderé la lengua a escondidas.

Nos habremos conocido en tiempos de guerra pero cuando nos pregunten diremos que más bien fue aquella temporada de calor. Nuestro romance habrá comenzado por comentarios intencionados. Yo te retaré. Tú responderás. Yo te retaré. Tú responderás. Así muchas veces. Pero un día te dire: “A ver, pruébame eso de que no existe la miel sobre hojuelas”. Entonces harás tus maletas y te irás adonde yo.

Me conmoverán tu risa y tus gestos de niña mimada. Te estudiaré toda, mujer, y con detalle obsceno. “Tus pecas descontroladas”, diré de pronto, sin rodeos ni razones aparentes. Aunque quizá para provocarte bulla en los intestinos, lujuria en toda la lengua. Y te morderé las cejas. Soplaré tus lumbares. Te chuparé la yugular.

Me hablarás de tus ansiedades y otros trastornos: “Yo estoy loca así”, y te dejarás caer desde lo alto y sin paracaídas. Y yo te contestaré algo como: “Pues yo así”, y me dejaré caer también. Pero al término de nuestras confesiones no vendrán besos sino pláticas honestas. Después llanto. Desprendimiento. Sosiego. Dulzura.

Con paciencia me explicarás el milagro de los retoños que se expanden con los destellos de la luna creciente. Además habrá mañanas de bosques y murciélagos. Con cuidado me hablarás del Códice sobre el vuelo de las aves, de fórmulas matemáticas, suerte y caricias aerodinámicas. Incluso dirás que no importa no conocer la luz de los cuerpos celestes que nunca jamás llegaremos a ver porque si actuamos desde el silencio sabremos que los llevamos dentro.

Viviremos bien. Seremos felices y, como es natural, algunos días no tanto. En días alegres hablaremos de mangos y de flores, y en los no tanto de hierbas-secas-naturaleza-cuasimuerta. Pelearemos. Probarás el punto aquel que empezó nuestro embrollo, ese de que la miel sobre hojuelas ni era eterna ni algo de eso, sino momentos y discusiones reales adentro de algo más grande. Dolerá. Sentiremos pinchazos en el pecho que terminarán siendo benignos porque no habrá veneno ni malas intenciones. Lo arreglaremos con frutas y agua salada. Iremos al mar y nos tocaremos de repente para traernos de vuelta al centro de nuestra tierra.

Y a pesar de todo, no mentiremos ni hurgaremos en el pasado (poquito en todo caso y cuando hablemos de honrar a las mujeres que nos amaron).

En las noches nos acariciaremos las manos hasta quedarnos dormidas. Y ya cuando pase un poco de tiempo y la enredadera de nuestras piernas sea de verdad, hablaré de ti al mundo con garra y ternura aunque sienta miedo. Y tú también de mí. Vamos a pasarla bien.