RESEÑA | El lugar donde crece la hierba, novela de 1956, reivindica a las escritoras olvidadas

06/06/2020 - 12:03 am

El canon literario, dominado por hombres durante décadas, ha provocado el olvido deliberado de plumas como la de Luisa Josefina Hernández. Por fortuna, la UNAM la rescató para reeditarla en 2019, a través de la Colección Vindictas.

Este rescate de voces femeninas que estaban fuera del alcance de los lectores, a pesar de su relevancia literaria y vigencia, es una apuesta a contracorriente de los claustros académicos y editoriales que se resisten al cambio.

Ciudad de México, 6 de junio (SinEmbargo).- El canon literario en México es eminentemente masculino y está repleto de episodios oscuros, omisiones escandalosas y arbitrariedades varias. Eso es irrebatible. Basta rememorar la polémica literaria de 1925, una lucha por definir el curso de la literatura, tras la Revolución Mexicana, protagonizada por hombres y en la que abunda un discurso con tintes machistas.

El 20 de diciembre de ese año, Julio Jiménez Rueda publicó en El Universal un artículo llamado “El afeminamiento en la literatura mexicana” (una franca alusión a la homosexualidad de algunos integrantes del grupo de Los Contemporáneos).

Y luego el 25 de diciembre, en el mismo diario, Francisco Monterde escribió una respuesta, titulada: “Existe una literatura mexicana viril”. La discusión, en la prensa de la época, se extendió hasta principios del mes de abril de 1926.

“Los enfrentamientos periodísticos se diluyeron hacia estas fechas, pero quedó en el ambiente la discusión. Estridentistas y Contemporáneos extenderán sus desacuerdos hasta su propia extinción como grupos”, como recuerda una entrada publicada en la Enciclopedia de la literatura en México, un sitio de la Fundación para las Letras Mexicanas (FLM).

Las mujeres, excluidas del campo literario, no participaron en las pugnas ni fueron contempladas en la referida polémica. No por falta de voces, sino por ausencia de espacios. Décadas más tarde, Rosario Castellanos, en su tesis Sobre cultura femenina (1950), con la que obtuvo el grado de maestra en filosofía, lo explicaría así:

“La cultura (el testimonio histórico es irrebatible) ha sido creada casi exclusivamente por hombres, por espíritus masculinos. Entre la imponente masa de nombres, arrastrada en un alud de datos, confundida, apenas perceptible, apenas notable grano de arena junto a una montaña, está la obra de la mujer, de unas cuantas mujeres que resaltan sobre todo por su rareza”.

Ese patriarcado literario, normalizado y legitimado durante décadas, que arrastra atavismos culturales (al cierre de marzo de 2020, de acuerdo a datos obtenidos por el periódico El informador, “las editoriales bajo el amparo del Gobierno han publicado 334 títulos, de los cuales sólo 68 han sido firmados por una mujer. Hay 26 en conjunto y el resto, 240, pertenecen a libros de escritores varones”), ha provocado el olvido deliberado de algunas obras.

De ahí que la novela El lugar donde crece la hierba (Ciudad de México, 2019), de Luisa Josefina Hernández, publicada en 1956, haya sido relegada, enterrada “en un fondo reservado de la biblioteca de la Ibero”, como narra la escritora Ave Barrera en el prólogo de la reedición de esta obra, a cargo de la Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial de la UNAM.

Barrera encontró un ejemplar nunca leído: “Se trataba de la edición de 1956 y el libro jamás había sido abierto, el pegamento del lomo se había cristalizado, el bloque de hojas color sepia estaba compacto y rígido, la ficha de préstamo estaba en blanco”. Una imagen triste, reflejo de un acto de negligencia editorial. Por fortuna, la UNAM le hizo justicia a la obra y la rescató del olvido a través de la Colección Vindictas, que tiene el fin de recuperar novelas escritas por mujeres “que habían quedado fuera del alcance de los lectores a pesar de su relevancia literaria y de una vigencia asombrosa”.

El lugar donde crece la hierba narra la historia de una mujer acusada de robo y confinada en casa de un extraño, llamado Eutifrón, en el cuarto de los niños. A pesar de esa circunstancia, la protagonista registra en un cuaderno, cuyo destinatario es Enrique –su primer amor–, la bitacora de su encierro. Y ese ejercicio confesional le sirve para repasar la relación que mantiene con los hombres de su vida, quienes la someten, la anulan y la cercan en una prisión real y simbólica, de la que escapa –como escriben los editores– a través de la escritura, de las palabras.

Y las claves de la relación de esa mujer, quien guarda un anonimato inquietante, con esos hombres se encuentra en la página 72, en una escena llena de sutilezas. La protagonista y Eutifrón están sentados en la sala. Miran, a través de la ventana, una explanada. Permanecen en silencio, solos en el mundo, ensimismados. Páginas adelante, Hernández escribe: «Eutifrón y yo estamos mirándonos como si fuéramos esqueletos, desollados y descarnados». Dos personas ajenas, con una vana interlocución, obligadas a compartir el encierro.

“La paradoja que la novela nos plantea, más que señalar la culpa, exculpar o esgrimir una defensa, parece cuestionar ¿en dónde realmente se encuentra la transgresión del personaje?: ¿en el crimen del que se le acusa o en el intento de aspirar a un privilegio que socialmente no le corresponde? ¿Puede una mujer –una mujer pobre– ser dueña de sí misma? ¿Puede una mujer pobre aspirar a ser dueña de su propio deseo?”, se pregunta Barrera.

En el capítulo XI, la protagonista escribe: «Esto es todo lo que se observa desde este lugar de renunciamiento donde hace años que no crece la hierba». El lugar que habita –de forma sitiada– es un claustro en el que no crece la hierba, en donde no palpita la vida. La prisión del personaje, como apunta Barrera, está construida “con miedo, precariedad, nulificación, desamor y abandono; de impiedad”.

La novela se publicó un año después de ese padre totémico literario, llamado Pedro Páramo. Si bien la obra de Rulfo eclipsó otras, estamos ante un caso de olvido deliberado. “El canon literario, ese ambiguo tamiz que decide lo que prevalece y lo que no, ha estado regido por un criterio tremendamente reducido y parcial: el de los hombres, sobre todo el de los hombres de pensamiento blanco (occidental, colonialista, capitalista)”, apunta Barrera.

En 2020 los programas de estudios de los posgrados de literatura aún no se actualizan. ¿Por qué los cursos de poesía del siglo XX omiten a figuras como Concha Urquiza o Enriqueta Ochoa? ¿Acaso la obra de Urquiza y Ochoa desmerece en comparación con la poesía de Villaurrutia o López Velarde? Una literatura monolítica, plagada de varones, empobrece a la literatura misma. De ahí que el rescate de voces femeninas que hace la UNAM, encabezada por la narradora Socorro Venegas, sea una apuesta a contracorriente de esos claustros académicos enquistados, cuyos programas de estudio y editoriales se resisten al cambio.

El canon literario, como demanda Barrera, debe replantear sus criterios y ser más incluyente. Si bien persisten resistencias, con el empuje y éxito de narradoras mexicanas como Fernanda Melchor y Valeria Luiselli, entre muchas otras, todo apunta a que la literatura mexicana de las próximas décadas no será “viril”.

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