La figura de un alebrije tuneado a su medida es la imagen entre espiritual y filosófica que ha encontrado el guitarrista y compositor Alejandro Marcovich para manifestar sus ganas de vivir y de estar en el mundo haciendo música.

Entrevistarlo implica tomar contacto con la historia viva y encendida del mejor rock mexicano, de la siempre movilizadora canción en español al que el artista argentino que vive en nuestro país desde hace 39 años le rinde culto y pleitesía.

Canta en su nuevo disco Alebrije y no puede decirse en tal sentido que haya nacido para un destino de cantor. Sin embargo, hay en su voz la sustancia de una verdad creativa y de un compromiso con lo más hondo de su corazón, un órgano al que ha decidido prestarle atención, él siempre tan mental, tan “cerebrito”.

A los 55 años de edad, el ex miembro de Caifanes, factótum junto a Saúl Hernández del disco legendario El nervio del volcán, deslumbra con su serenidad y lucidez en esta entrevista donde no se guarda nada.

Alejandro Marcovich, la vida después del éxito masivo y la enfermedad casi terminal. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

Ciudad de México, 6 de septiembre (SinEmbargo).- A los 55 años, vestido con unos soberbios pantalones rojos y una camisa de seda multicolor, el guitarrista argentino Alejandro Marcovich luce imponente.

Es, a qué negarlo, un tipo atractivo que ha perdido el pelo pero no las maneras delicadas de un artista sensible y un hombre construido por la escena física del rock: moverse allá, tomar la guitarra así, esos gestos tribales de una misa que sobre la tarima renueva y otra vez su poderío.

Bueno, no tanto poderío. Para el ex miembro de Caifanes, el rock ya no es esa tromba hechicera que lo cooptó cuando apenas tenía 7 años y cobró vida en un disco de vinilo con la cara de los cuatro Beatles en la portada.

Dice disco y hace un círculo en el aire, porque el nacido el 3 de junio de 1960 en Buenos Aires, viene de esa época en donde la música se aprendía mirando los créditos de la portada.

Y él, en honor a esa época, pero también honrando sus propios principios morales, ha hecho un disco en solitario, Alebrije, que no es de ninguna manera un disco realizado en soledad. Después de todo, nada, ni siquiera la lluvia, como dice E.E. Cummings en un famoso poema “tiene manos tan pequeñas”.

Nada, ni siquiera la muerte o sobre todo la muerte, es deudora total de la soledad.

Aunque en el caso de Marcovich, la soledad quiso disfrazarse de muerte un día de junio de 2010, en Kansas, cuando un zumbido en el cerebro lo dejó tumbado en el lobby del hotel.

A ver. Primero fue el zumbido y luego, más tronador, más milagroso, el instinto de supervivencia. Ese que le permitió salir de la habitación, cuidarse de que quedara cerrada porque a pesar de que se estaba muriendo no quería que nadie robara su guitarra y su computadora, llegar al lobby y caer redondo, sangrante, en el piso, para luego olvidar todo lo que pasó después.

Cuenta la historia del tumor en su cerebro, de cómo un médico de apellido Arellano del impresionante Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía de México, lo operó durante 10 horas, cinco de las cuales tuvo que estar despierto para que los dedos mágicos del cirujano tejieran la urdimbre fantástica que le permitiera seguir tocando la guitarra a su paciente.

“Podía vivir después de la operación, pero quedar sin funcionalidades como tocar la guitarra”, dice con cara de desesperación. No concibe la vida sin la guitarra y por ello no tiene guitarristas favoritos. Atahualpa Yupanqui, Thelonious Monk, Bela Bartok, Stéphane Grappelli, que tocó durante casi 100 años y magistralmente el violín, son sus modelos, sus paradigmas.

Igual, no es Alejandro Marcovich un hombre de seguir a otros. Dice excusándose por su rareza que sus padres lo mandaron cuando apenas tenía 10 años al psicoanalista. A él y no a ninguno de sus tres hermanos, los otros miembros de la familia que viven en México desde 1976, cuando sus padres –ya fallecidos-, sobre todo su madre, anticiparon lo que sería la dictadura argentina que dio el Golpe de Estado el 24 de marzo de ese año y decidieron poner a salvo a sus hijos.

Alejandro Marcovich, en entrevista para SinEmbargo, habla de su enfermedad, de su conflictiva relación –o no relación– con sus ex compañeros de Caifanes (lo perdió todo: un juicio por el nombre, que ahora pertenece íntegramente a Saúl Hernández, las regalías de intérprete, las de autor) y jura y perjura que no es el malo de la historia.

“Siempre fui menos que mi reputación”, dice una canción de Los Redondos de Ricota. Él, mirando a la cámara se excusa menos poéticamente: Si soy un pan de dios, clama.

Angelito o no, Marcovich es un milagro viviente. Ha pasado por mucho y lo más fue aquel episodio del 2010, donde increíblemente volvió a sentirse hermano astral de Gustavo Cerati, su congénere, su compatriota, su colega, con el que sin haber mantenido una amistad cercana, compartió muchísimas coincidencias del azar.

Alejandro ahora presenta, como dijimos, Alebrije, su segundo disco en solitario, con la participación entre otros del tacvbo “Meme” del Real y el ex La Barranca Federico Fong. En el tema “El elefante” cuenta con la participación estela de Manuel “El loco” Valdés.

En la portada, una figura entre monstruosa y salvaje, que es él mismo “tuneado” por el artista oaxaqueño Daniel Soto, pretende ser la imagen de un artista inclaudicable. Y lo logra.

–Cuando tuve en mis manos por primera vez un alebrije no logré entenderlo del todo…

–Pues hay ciertos mitos, leyendas alrededor de los alebrijes. Finamente, lo bonito es el resultado. Dicen que un artesano de Oaxaca tuvo una pesadilla, vaya a saber por qué… y que se imaginó esto y lo convirtió en un objeto. Hay maestros en todo el país, incluso de esos mega alebrijes que se ponen en Reforma. Para mi disco reciente, me acerqué al taller de Daniel Soto, un maestro muy importante que ha expuesto sus alebrijes en Europa y otras partes del mundo.  Hablamos de hacer un “Ale”brije, un monstruo en donde estuviera yo incluido, pues soy un animal y tengo derecho a estar entre animales. Finalmente quedó la portada, con alas de libélula bonitas e independientes entre ellas, patas de otra criatura y para el buen observador hay detalles de mí, como el hecho de traer una armadura pero que tiene rajada la parte donde va el corazón, que queda así expuesto…la guitarra, además, tiene aire y tiene fuego. Pues trata de representar cosas de mi espíritu como guitarrista, pero también tiene que ver con la música que hago desde poco tiempo después de haber llegado a México, a los 16 años, cuando me empecé a reconocer orgullosamente latinoamericano. Me pareció que el alebrije es algo que puede representar qué soy como músico.

–¿Necesitas en estos momentos de tu vida encontrar símbolos que te representen?

–No lo sé. Esto fue como algo casual, una cosa llevó a la otra. En el momento que se me dio la oportunidad de interactuar con Daniel Soto y pedirle una cosa “custom”, por encargo, vi los símbolos, pero no soy creyente de nada, crecí un poco silvestre.

–Como silvestre, nunca ignoraste de todos modos la carga icónica que tiene el rock

–Sí, claro, hay cosas que uno absorbió en la adolescencia. A los 6 años tenía un disco de Los Beatles, de esos compilados de éxitos. Todavía lo tengo. En la portada aparecen estáticos esos artistas que nunca iba a ver en persona. Escuchaba esas canciones que me forjaron y me quedaba perplejo mirándolos. Lo mismo me pasó con Luis Alberto Spinetta. No lo pude ver en vivo hasta muchos años después y por única vez durante un viaje que hice a Argentina. Yo veía al Flaco en revistas como Mordisko, Pelo, Expreso Imaginario…tenía ciertos modismos para tomar la guitarra y cantar en el escenario. Yo me imaginaba esos personajes y repetía esas figuras un poco teatrales. El rock tiene esa cosa plástica y me hacía pensar en lo que sería estar frente a un público… pero poco a poco mi real interés fue la música. Los símbolos, si existen en la música, tiene que ver con épocas, con géneros, con sonidos de instrumentos, timbres, colores…y ahí me muevo como pez en el agua. Pero la simbología del rock, como la protesta, ya caducó. Porque crecí entre gente que en los ’70 realmente protestaba a través de la música y a uno incluso le cortaron las manos por protestar (N.de R.: cantautor chileno Víctor Jara). La posibilidad de que el rock proteste por algo caducó hace muchas décadas.

Un ALEbrije en la portada del nuevo disco. Foto: Especial

Un ALEbrije en la portada del nuevo disco. Foto: Especial

–Entonces para ti el rock ha perdido ya toda la rebeldía.

–No tengo idea, yo sólo toco la guitarra. Hago vibrar las cuerdas y el amplificador y eso es un mundo, lo demás no me interesa. Es como si fueras a ver una película o una obra de teatro, donde priman las palabras. Pero yo crecí como un niño solitario, silencioso, al que le costaba decir lo que sentía. Entonces la guitarra fue mi vehículo de comunicación no verbal. No me gusta el que se sube al escenario a hacer algo más que música, y en ese sentido me gustan más la orquesta sinfónica o la música instrumental. Hay canciones en inglés que canto hace 30 años, por ejemplo, y nunca supe de qué se trataba, porque no me interesa la letra, sólo me interesa la música.

–Gustavo decía eso… casi con las mismas palabras

–Ahora que mencionas a Gustavo, hay algo misterioso entre la vida mía y de él. Somos prácticamente del mismo año. Me acaban de regalar un libro sobre él, lo abrí al azar y el título dice: Sulky. Y él empieza a contar que comenzó a tocar a los 9 años, que sus maestros le enseñaban vidalas, zambas, chacareras…se me enchinó la piel. Somos iguales. ¿Qué hubiera sido de mi vida si me hubiera quedado en Buenos Aires? Al haberme venido a México, el paralelismo de nuestras vidas se dio en extremos enfrentados del continente. Tantas cosas de las que él dice de su vida, me dejan boquiabierto, porque son las mismas que viví. La primera canción que aprendí fue “Camino del indio” (Atahualpa Yupanqui) y tengo una vena folclórica importante en mi discurso guitarrístico.

–¿Conociste a Cerati?

–No tuvimos una amistad. Me topé con él unas tres o cuatro veces. Cuando vino al Auditorio con su traje de Principito, lo fui a ver al camerino, me dio su teléfono y quedamos en vernos en Buenos Aires, pero la verdad es que yo no voy a Buenos Aires.

–Es curioso que preguntes qué hubiera sido de ti si te quedabas allá, porque eso te lo tengo que preguntar yo… por lo pronto, no hubieras hecho Caifanes.

–(risas) Bueno, uno se hace muchas preguntas. Tengo que decir que la historia de Caifanes no ha sido bien contada; está la gente que dice que Las insólitas imágenes de Aurora después cambió de nombre y se convirtió en Caifanes. Eso no es así. Ese grupo no tuvo nada que ver. Cuando conocí a Saúl Hernández, él tenía un grupo que se llamaba Frac y yo venía de dejar mi grupo. Como componía Saúl cuando lo conocí no me gustaba especialmente, pero había algo en las letras que me llamaba la atención. Cuando hicimos ese grupo que luego se llamó Las insólitas imágenes de Aurora en realidad lo hicimos para una sola tocada, para dar un concierto privado a 50 personas para que mi hermano (Carlos Marcovich, cineasta) pudiera comprar más rollos de películas. Al día siguiente, llamé a Alfonso André y a Saúl para decirles que hiciéramos un grupo. Qué hubiera sido de la vida de cada uno de nosotros si no hubiéramos tenido ese reducto entre 1984 y 1986 para hacer canciones juntos y explorar la posibilidad de hacer el rock en español. Las cosas son así. De alguna manera pertenezco a esa historia, que después se volvió satelital…

–Una historia a la que regresaste.

–Sí y por eso digo satelital, porque ahora que Caifanes se propone regresar a la formación original de cuarteto, pareciera que nunca hubiera estado yo de manera arraigada en la banda. Cuando en realidad mis ideas guitarrísticas, de arreglos, fueron fundamentales para el concepto estilístico o de identidad musical de la banda. Cuando se cuentan las historias, hay muchas formas de contarlas. Por eso digo que la historia de Caifanes es difícil de contar.

–Es la historia de dos tipos llamados Saúl Hernández y Alejandro Marcovich que, como David Gilmoure y Roger Waters, no se pueden poner de acuerdo en nada…

–No, es más triste que eso. Ojalá fuera eso. Claro que nos pusimos de acuerdo musicalmente en casi todo. El problema ahora es que él se adueñó de la marca. Así que el problema es mas crudo.

–Los fans nunca dejaron de reconocer tu papel en la banda

–El tema es quién va a ser el prepotente que cuente la historia como le venga en gana. Porque es como la historia de América. La prepotencia de la palabra “descubrimiento”. A América no había que descubrirla, ya existía; es más, quizás ya la habían visto los vikingos o los asiáticos. No es lo mismo descubrir que invadir o conquistar y el tema es cómo le vas a contar a los niños la historia en los libros. Cómo tendrá que contarse la historia de Caifanes es un misterio.

–¿Pensaste en escribir un libro?

–Me gustaría. No lo hago mal. Soy de una generación en Buenos Aires que tuvo muy buenos maestros y presté atención. Además, leo buena literatura. Sé escribir. Quizás un día de estos saque un libro.

–¿Qué cosas te importan de un disco?

–Me importa que no se le niegue el crédito a los que participan. Eso me molesta mucho. Por diferentes motivos, en mis redes surgen polémicas acerca de lo que sea. Yo me convertí en un personaje polémico gracias a mis ex compañeros y por cuestiones de codicia, de mercado. En el 95 me “villanizaron” y se quedó ese estigma. El Guasón estás más chido que Batman. Así que digo ‘gracias’ (risas). El asunto que me preocupa en esto de las polémicas es la falta de crédito que se le da a los músicos, a los arreglistas, a los compositores. Ahora los chicos me escriben cosas como: “Me acabo de enterar que esa canción tan bonita de Caifanes que se llama ‘Estás dormida’ la escribiste tú”. Y le retruco: ¿Pero por qué te acabas de enterar? Y ahí inicia toda otra polémica. Por eso mis discos traen todos los créditos. A las plataformas digitales, les vale un pepino quién hizo qué en cada canción.

–La cultura del rock de todos modos tiene un problema ancestral con las separaciones de las bandas…

–Lo que pasa es que en los grupos de rock se produce una alquimia. Caifanes no hubiera sucedido sin esa alquimia. Pulsiones de un lado y del otro, un acuerdo y finalmente un resultado mágico. Eso es lo que quiere la gente, esa alquimia que suele derivar en un fenómeno masivo. La gente espera que yo vuelva y yo contesto que estoy en contra. Acabo de grabar un tema con dos bandas de Jalisco: la Banda Mach y la Banda Maguey y de ahí me voy a brincar, a mediados de septiembre, a tocar con la Filarmónica de la Ciudad de México, dirigida por el maestro José Areán, quien tocaba el bajo en mi primer grupo llamado Leviatán. ¿Qué hago en Caifanes? No me interesa. Claro, la gente tiene otra perspectiva y piensa que haga lo que haga yo como solista, nunca lograré el nivel alcanzado en Caifanes…

–Bueno, volviendo a Gustavo, su labor en solitario es más valorada que su labor en Soda Stereo…

–Me gusta mucho más el Enrique Bunbury solista que con Héroes del Silencio, pero los fans suelen ser un poco duros y no comprender las necesidades del artista, porque te ven como dentro de un paquete, donde las partes comprenden un todo, pero a veces los grupos se unen por motivos económicos…

Me expreso de una manera muy puntual en muchas circunstancias y logro muy buenas cosas. Siento que estoy con las antenas puestas. Foto: Frtancisco Cañedo, SinEmbargo

Me expreso de una manera muy puntual en muchas circunstancias y logro muy buenas cosas. Siento que estoy con las antenas puestas. Foto: Frtancisco Cañedo, SinEmbargo

–¿Hace mucho que no ves a los chicos de Caifanes?

–Sí. Un año y medio, más o menos. Lo que hay detrás no coincide ni remotamente con la percepción que tiene el público de Caifanes.

–¿Por qué viniste a México?

–Porque mi madre que era la que organizaba un viaje a la Patagonia en coche con mapas que sólo ella entendía y era la más sensible y ruda de la familia, olió el Golpe del Estado y dijo que se venía fuerte.

–¿Por qué lo anticipó?

–No lo sé. Yo estudiaba en el Colegio Nacional de Buenos Aires, mi hermana militaba en la FJC [Federación Juvenil Comunista], Aníbal Ibarra [ex intendente de Buenos Aires] y su hermana Vilma eran mis compañeros. Un día tomamos el colegio y nos quedamos ahí hasta que nos sacaron con pistolas. Mi papá escribía en el diario La Opinión sobre Urbanismo y Arquitectura, pero era un periódico de izquierda. De repente, un día secuestraron al director del periódico (Jacobo Timerman). Judío y de izquierda. Así que con los antecedentes de antisemitismo en Argentina, en medio de esa situación, mis padres decidieron salir del país. Escribieron y mandaron curriculums a los muchos lados, hasta que respondió la Universidad Autónoma de Puebla, diciendo que le interesaba mucho el perfil profesional de mi padre y que le ofrecían un trabajo. El 26 de marzo de 1976 se dio el Golpe de Estado y el 1 de abril de ese año ya estábamos fuera del país. No volvimos en nueve años.

–¿Cómo te sientes en este México que arde?

–Bueno, se puede pensar que ha ganado el mal. O ver la portada de Forbes, con Slim [Carlos Slim Helú] y otros más en la portada, con la leyenda que dice: Los dueños de todo. Bueno, de esta entrevista que hacemos ahora tú y yo no son dueños, de la música tampoco, aunque ellos dicen que son dueños de todo, los narcos dicen que son dueños de todo… no sé. Hace unos 15 años leí el libro Patas arriba: la escuela del mundo al revés, de Eduardo Galeano. El panorama que pintaba decía que todo era un desastre: salud, educación, polución…y no mejoran las cosas desde entonces.

Cuando se inunda una región del planeta en la otra hay sequía y cuando un tipo se adueña de todo, entonces hay muchos que no tienen nada. A estas alturas, sé que me voy a ir de este mundo profundamente triste y decepcionado. Ganan la codicia y las cosas malas. Uno tiene la obligación de navegar entre la mierda, no puedes estar deprimido, amargado o todo el tiempo proponiendo. Ahora no voy a las marchas, porque no sirven para nada. ¿O sí sirven? No es que no sea militante o politizado, mi reducto es la música y esa es mi forma de hacer política.

–¿Te sientes distinto, andas libremente por la calle?

–¿De qué se trata, de no vivir? Ando libremente por la calle, claro. En el 95 tuve un grado de exposición mediática tremendo, salía de mi casa y me paraban cada 10 metros. Agradezco mucho el cariño y la fortuna de haber sido un músico tan exitoso. Camino por la calle ahora, se toman la foto conmigo como reconocimiento a mi tarea, con respeto y sin histeria.

–¿Cómo hiciste Alebrije?

–Con muchísimo dinero. Me costó muchísimo dinero.

–¿No quieres firmar con ninguna disquera?

–No. La disquera con la que yo firmé y con la que hice ese disco tan exitoso El nervio del volcán, perdí un juicio, la disquera se quedó con el nombre de Caifanes, perdí mis regalías como intérprete y como me pusieron una multa muy fuerte, tienen también retenidas mis regalías de autor.

–Sony…

–Sí. Hoy el nombre le pertenece a Saúl Hernández y yo no entiendo nada. No puedo creer que un artista no pueda disponer de su patrimonio. Me pregunto ¿cómo pasó? Y Ahora estoy solito…

–¿Qué te gusta del proceso de grabar un disco?

–Lo que más me gusta son los ensayos, donde suelo tocar música que nunca nadie va a escuchar. Cuando estoy en el escenario y el amplificador suena bonito es una plataforma de despegue hacia un mundo fantástico. Muchas de estas cosas me las preguntan en las redes y yo les respondo, porque aprendo. Por ahí alguien preguntó qué sentía tocar frente a 70 mil personas. No se trata de números. Sé lo que siento cuando mi amplificador suena bien y yo estoy bien, si adelante hay 100 o 100 mil personas me da igual.

–Hablas mucho del corazón, pero poco de la cabeza

–Es que la batalla para conectarme con mi corazón ha sido larga y lenta. Creo que en algún momento de mi infancia debo haber bloqueado cierta conexión con el corazón, por dolor, muy probablemente. Mis sentimientos más honestos los saco con la guitarra, desde el extremo de la ternura hasta lo más grotesco. Se trata, como dijo Andrés Calamaro, de honestidad brutal. Mi inteligencia ha funcionado. Estudié física y matemática durante años. He sido un alumno sobresaliente. Terminé la Preparatoria con 9 de promedio y cuando decidí dejar física fue porque me encontré con la encrucijada de irme para el lado del corazón o de irme para el lado de la mente. Y elegí el corazón porque ahí tenía más déficit. Ese es el camino que elegí conscientemente cuando tenía 23 años y aquí estoy.

Crecí entre gente que en los ’70 realmente protestaba a través de la música y a uno incluso le cortaron las manos por protestar. Francisco Cañedo, SinEmbargo

Crecí entre gente que en los ’70 realmente protestaba a través de la música y a uno incluso le cortaron las manos por protestar. Francisco Cañedo, SinEmbargo

–Siendo tan cerebral tuviste un tumor en la cabeza…

–Sí, tengo una prima que tuvo un tumor en la cabeza y está paralizada en la mitad del cuerpo. Pinta. A lo mejor hay una raíz genética en mi tumor. No lo sé. Esa es otra cosa común entre Gustavo y yo [Cerati tuvo el ataque cerebrovascular en mayo de 2010 y Markovich sufrió su accidente cerebral un mes después del mismo año]. Estaba en Kansas por dar un concierto y tenía dos más en Chicago. De pronto me pongo a leer en Internet lo de Gustavo y no lo podía creer. Yo venía de días atrás sino de meses atrás sintiendo cosas raras. Estaba en la computadora y no podía conectar lo que quería escribir con los dedos. Me quedaba en blanco un minuto y luego pasaba. Antes de irme a Kansas me había ido a revisar y el médico me advirtió de mi conducta irregular eléctrica y me dio anticonvulsivos para poder viajar, que a mi regreso haríamos estudios más profundos. En Kansas, cuando me entero lo de Gustavo, en la habitación de hotel, solo, empiezo a sentir un zumbido en el cerebro, como si de pronto tuviera un millón de abejas en la cabeza. Estaba en el piso 16 del hotel. Me acerqué a la puerta y tuve la precaución de cerrarla para que no me robaran ni la guitarra ni la computadora, lo cual es muy bizarro. Según tú te vas a morir, pero te preocupa que no te roben la guitarra. Toqué el botón del elevador, esperé que llegara, subí, marqué Lobby y de ahí ya no me acuerdo nada más, hasta que desperté en una ambulancia lleno de sangre.

–¿Por qué la sangre?

–Porque salí del elevador caminando hacia atrás rumbo al mostrador. Estaba prácticamente inconsciente. Cuando llegué al mostrador me dio una convulsión y caí al suelo y me hice una herida de 10 centímetros. Los médicos gringos me dijeron que tenía un cuerpo extraño en la cabeza y que podía ser un tumor o cisticercos. Hablé con mi esposa, decidimos que regresara a México…

–¿Tenías seguro médico?

–No, porque no lo había podido pagar, estaba pasando por una crisis económica. Pedí que me dieran el alta, me fui todavía a dar los dos conciertos en Chicago, tomando eso sí, los anticonvulsivos y volví a México y un doctor chileno me mandó directamente al Hospital Nacional de Neurología. Eso fue el 10 de junio. Unos días después del ataque de Gustavo.

–Ahora salió un libro que cuenta que Gustavo no tuvo la atención adecuada cuando sufrió su accidente cerebral. No sabemos si hubiera sobrevivido…claro, eso no se puede saber…

–No sé qué es el instinto de supervivencia, pero si yo no hubiera salido de la habitación, si me hubiera quedado solo en el cuarto, podría haber caído como caí en el lobby pero golpeándome con algún mueble y podría haber muerto. Me encanta vivir. Mi vida ha sido buena. He tenido que superar muchas batallas. Tuve asma en la niñez y en el momento en que llegué a México se me quitó el asma y nunca volvió. Era un chico muy solitario. Mis padres me mandaron al psicoanalista cuando tenía 10 años, era muy conflictivo en la familia. En el psicoanálisis no hablaba con la psicóloga, sólo dibujaba monstruos.

–Alebrijes…

–Probablemente (risas) El balance es positivo. El Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía de México es lo más. El doctor Alonso Arellano tenía 37 años cuando me hizo la cirugía de 10 horas. Me despertaron en la mitad para hacer eso que se llama “cirugía funcional”. Es un compromiso muy serio, una cirugía de alto riesgo, si mueves los hilos un poquito más para allá, te jodo la vida. Yo estoy bien. Ni siquiera tuve que hacer rehabilitación. Eso sí, tomo todos los días una pastilla contra las convulsiones, porque la cicatriz que tengo en el cerebro genera epilepsia. Claro que te hace valorar cosas. No desperdicio un solo día. Siento que cambiaron cosas para bien. Mi capacidad de comunicarme amorosamente es más verbal. Me expreso de una manera muy puntual en muchas circunstancias y logro muy buenas cosas. Siento que estoy con las antenas puestas.

–Y no te enojas

–No, porque lo tengo contraindicado por mis médicos.

–¿Quiénes son tus guitarristas favoritos?

–Cada vez que me hacen esa pregunta caigo en una especie de impasse. No sé qué decir porque el rompecabezas es infinito. Está el Luis Alberto Spinetta de la época de Invisible, por esa capacidad de escribir letras tan crípticas y acompañarlas con armonías de jazz que sólo él conocía, a pesar de ser tan jovencito. David Gilmour, por esa cosa tan bluesera, emotiva y melódica. No porque yo me haya sentado a imitarlo, sino por memoria auditiva. He escuchado tanta música, he escuchado a guitarristas experimentales y muchos de los guitarristas experimentales que escucho desconcertarían a los fans. Un guitarrista que ha influido mucho en mí es el cubano Leo Brower. Seguramente los estudios de conservatorio me han dejado una huella mucho más profunda que David Gilmour y en ese sentido, es fundamental para mí música la figura de Bela Bartok. ¿Y qué decir de Atahualpa Yupanqui¿? Qué decir te Thelonious Monk, el artista más importante en mi carrera? Estudié teatro, el método de Stanislavski y en la guitarra busco animales que no son yo, que son personajes.

–¿Te gusta salir de gira?

–Sí, soy un saltimbanqui. Me gusta salir de viaje, me gusta comer, la carrera del músico es linda por eso, te puede llevar a una vida no estática, siempre en movimiento. Acabo de cumplir 55 años, estoy pleno de vida, de energía, de juventud. Gustavo Cerati habla en una entrevista de Domingo Cura, a quien yo fui a ver cuando estuve en Buenos Aires y habla de alguien que puede ser técnicamente viejo no obstante lo cual poder tocar música con gran alegría y juventud. Y en ese sentido, para cerrar la entrevista, quisiera ser como Stéphane Grappelli, que murió a los 90 y pico, tocando el violín como un niño.