Don Manuel, como lo llamaban todos, tenía 65 años cuando murió el 30 de junio de complicaciones derivadas del COVID-19. Para entonces contaba con nueve nietos, dos bisnietos y el cuerpo marcado por cicatrices de varias operaciones, incluidos dos trasplantes de riñón.

Por ANITA SNOW

Phoenix, 7 de agosto (AP).— Carlos Manuel Sandoval vivió durante décadas en Phoenix, en el borde del desierto sonorense, pero jamás dejó de escuchar el llamado de su natal Guaymas, un puerto pesquero en México.

Más de 25 años después de mudarse con su familia a Phoenix, donde se naturalizaron estadounidenses, Sandoval regresaba a Guaymas y otras poblaciones de la costa del Mar de Cortés al menos una vez al año, a veces más.

Él tenía su casa en Phoenix para su esposa, cuya madre y hermanas vivían en esa ciudad, y sus hijos, que se casaron y formaron sus propias familias.

Don Manuel, como lo llamaban todos, tenía 65 años cuando murió el 30 de junio de complicaciones derivadas del COVID-19. Para entonces contaba con nueve nietos, dos bisnietos y el cuerpo marcado por cicatrices de varias operaciones, incluidos dos trasplantes de riñón.

Rosa Sandoval, su mujer, dijo que su marido le tomaba la cara entre las manos cada vez que ingresaba al hospital y le decía: “¡eres muy bonita, me gustas mucho!”.

La última vez que Rosa Sandoval escuchó esas palabras fue a mediados de junio, cuando su esposo ingresó a la Clínica Mayo de Phoenix. Rápidamente lo internaron en cuidados intensivos con un aparato de oxígeno para ayudarle a respirar. Aguantó casi dos semanas.

Carlos Manuel Sandoval vivió durante décadas en Phoenix, en el borde del desierto sonorense, pero jamás dejó de escuchar el llamado de su natal Guaymas, un puerto pesquero en México. Foto: AP.

Sandoval y Rosa eran adolescentes cuando se conocieron en Guaymas, donde sus abuelas eran amigas íntimas. Él tenía 18 años y ella 17 cuando tuvieron su primer hijo, Carlos, y entonces se casaron. Años después tuvieron una hija, Azalia, y otro hijo, Noé.

A diferencia de su esposo, Rosa Sandoval dijo que nunca le gustó el mar y no aprendió a nadar. Por eso no echó de menos el ruido de las olas sobre la costa o los chillidos de las gaviotas cuando se radicaron en Phoenix.

Carlos Manuel Sandoval padre trabajó durante muchos años para una empresa de limpieza de ventanas. Ella laboraba en un mercado de pescado regentado por otro hombre de Guaymas. Rosa dijo que era un buen proveedor.

Pero cada vez que podía, Sandoval cargaba su equipo de pesca en el auto y se iba —a veces solo, pero usualmente con toda la familia— a visitar su ciudad u otros lugares de la costa del Mar de Cortés e incluso la costa de Baja California en el Pacífico.

Sandoval nació el 13 de febrero de 1955. Al igual que su padre, trabajó un tiempo como buzo comercial en la industria pesquera en Guaymas, en el estado mexicano de Sonora, limítrofe con Arizona.

Cuando tenía unos 40 años, descubrió que estaba enfermo de los riñones y necesitaba un trasplante. Su hermano menor le donó uno. Tuvo que hacerse otro trasplante posteriormente.

Sandoval también fue operado de diverticulitis, dijo su esposa.

“Era un guerrero”, afirmó su hija Azalia Sandoval.

La familia viajó junta los últimos cinco veranos para pasar vacaciones largas en Rosarito, Baja California, donde vive la hermana de Sandoval, y él pasaba los días capturando peces que limpiaba y cocinaba para todo el clan. Su esposa dijo que ella y sus hijos se sentían reconfortados de que el congelador de la familia estuviera lleno de los alimentos del mar que él capturó en su última visita.

“Nunca andaba de mal humor, siempre estaba muy positivo”, dijo Rosa Sandoval. “Él quería ser doctor, pero las cosas no salieron como él quiso”.

Aún así su familia dijo que Carlos Sandoval adoraba viajar a México.

Mientras las olas se estrellaban contra la playa, todos se reunían con abuelos, hermanos, primos, sobrinas y sobrinos para disfrutar los banquetes marinos que Carlos Sandoval preparaba: albóndigas de caballa, mero asado, ceviche de huachinango con limón verde y picante.

Cuando la familia esté lista, una vez que el virus que le quitó la vida a Sandoval se haya convertido en un mal recuerdo, dicen que viajarán apretados en sus coches y camionetas una última vez.

Se dirigirán hacia el oeste, luego hacia el sur, al otro lado de la frontera, para esparcir las cenizas de Sandoval en las olas frente a su adorada Guaymas.

Volverán a disfrutar otro banquete marino, esta vez preparado por alguien más, para recordar al hombre que se mudó al desierto pero que jamás pudo olvidar el mar.